“La poesía es la posibilidad de actuar en el mundo”: Alberto Ruy Sánchez


Por

Enrique Mendoza





Este libro (‘El silencio del gato) es un diálogo con aquellos que atacan y defienden al gato; es como un casting de autores para ponerlos en esta obra de teatro gatuna”, refirió a ZETA el autor sobre su más reciente poemario

 

El poeta Alberto Ruy Sánchez recientemente estuvo en Tijuana para participar en la cuadragésima edición de la Feria del Libro de la ciudad fronteriza, en la que formó parte de diversas actividades, además de presentar su más reciente poemario, “El silencio del gato”, publicado este año por Ediciones Era.


Desde Mérida hasta Tijuana, su poemario ha sido elogiado en diversos escenarios literarios, no sólo por los amantes de los gatos, sino también por los lectores sobre todo de poesía. En ese sentido, Ruy Sánchez reconoció el recibimiento de su obra:

“Para mi sorpresa, hay muchos amantes de los gatos y lo que a mí me alegra no es tanto que les interese ‘El silencio del gato’, sino que en poemas muy específicos cada persona toma algo de lo que tiene que ver con sus propios gatos. Es muy curioso, no solamente porque sea un público para el libro, sino porque la gente se engancha muchísimo con poemas muy específicos. La gente lo lee y me dice: ‘Yo ya lo leí, lo que me gustó es esto, porque mi gato hace lo mismo o no, mi gato hace lo contrario’”, valoró Ruy Sánchez en entrevista con ZETAdurante la XL Feria del Libro de Tijuana.


“El hecho de que este libro esté exteriorizado en el gato, hace tal vez que sea más fácil de mencionar y de seguir; porque si tú estás hablando del deseo, del amor, la gente dice: ‘Yo me identifico con tal cosa, me identifico con esta escena’. Es mucho más íntimo todavía que si mencionas a un tercero que es el gato. Entonces ahí va creciendo en mi conciencia durante todas estas presentaciones, sobre la idea del gato como tercero en presencia, de un tercero no en discordia, sino en concordia, entre el autor, el libro y los lectores”, apostilló.


“PRIMERO ES LA CONVIVENCIA CON EL GATO”

Como escenas gatunas, el gato se pasea por “El silencio del gato” a través de cinco secciones con el felino, obviamente como protagonista: “Digo gato y se me esconde”; “Los cuerpos del gato”; “El mismo gato es otro”; “Un gato es un gato, es un gato, es un gato”; y “Gatos con misterio y sin misterio”.

Claro, al escribir sobre los gatos, como de los colibríes (“Luz del colibrí”; Era, 2016) o las jacarandas (“Dicen las jacarandas”; Era, 2019),  Alberto Ruy Sánchez discurre en torno a la poesía o el proceso de creación:

— ¿Cómo es el proceso de escritura de un poema? ¿O qué es primero: el primer verso, la imagen, una escena, una idea, una metáfora?

“Lo primero es la convivencia con el gato, y ya que estás en la convivencia de pronto surge la observación de algo; y el verso no viene forzado, sino que viene naturalmente, como un arranque. A veces el arranque queda después de escribir, queda al final o no, pero vienen las palabras. Cuando eres un trabajador de las palabras, las palabras están ahí todo el tiempo y vienen en esta forma que es como un impulso rítmico, que alienta a seguir escribiendo y a seguir observando”.

— ¿Qué tan importante es el primer verso en un poema?

“En este libro en especial hay una especie de enumeración, de tipologías, de tipos de gatos, pero sobre todo cada poema es una entrada en escena; o sea, cada uno de los poemas es una escena distinta. Quise con mucha conciencia que no fuera la casa nada más, sino dentro de la casa, por ejemplo, en la mesa donde estoy leyendo el periódico, viene y se sienta encima. Entonces, no sólo la primera línea, sino las primeras cuatro líneas, cinco líneas, describen esta situación en que todos los días el gato viene y se sienta en el periódico. El primer verso tiene una función de abrir el telón y que tú veas el escenario donde sucede la cosa; no siempre con perspectiva, a veces estás en primer plano y luego se va creando toda la escena”.

— Así como el primero, ¿cuál es la función del último verso de la escena que resuelve el poema?

“El último verso a veces sirve para concluir, a veces sirve para lo contrario, para decir que no hay conclusión… tiene utilidades muy diversas. Las líneas que separan cada uno de los fragmentos también tienen una función, los espacios en blanco también hablan. Lo interesante es que todo se vuelve significativo, como una composición de cosas físicas que tú estás armando. Cuando estás haciendo un collage y sientes que ya quedó bien, puedes admitir un no o mover una pieza, pero en realidad, el comienzo, el final, el desarrollo, todo tiene una idea de composición que cuando ya lo publica, uno siente que hasta ahí llegó”.

 

“UN DIÁLOGO CON AQUELLOS QUE ATACAN Y DEFIENDEN AL GATO”

Leer “El silencio del gato” es como entablar un diálogo con diversos autores que se han aproximado a los gatos a través de las palabras a lo largo de la historia de la literatura, como T.S. Eliot, Mark Twain, Pablo Neruda, Darío Jaramillo, y muy específicamente Quevedo y Lope, históricamente, opuestos.

“Este libro es un diálogo con aquellos que atacan y defienden al gato, es como un casting de autores para ponerlos en esta obra de teatro gatuna, de defensa y ataque del gato. Este tercero en concordia, no en discordia, crea la confluencia de la gente más inesperada y más disímbola. No me hubiera imaginado que gente tan distinta concordara en un gato. Me imagino que en los perros sucedería también algo similar, pero no lo sé, habrá que experimentarlo. Entonces, más allá de las diferencias entre cada uno de los autores, de pronto encuentran en el gato algo que los une, a veces sin saberlo ellos”, reconoció.

— La sección “El mismo gato es otro” suena como a “Yo es otro” de Rimbaud. Es decir, escribir o leer poesía es también como un acercamiento a la otredad…

“En ‘El silencio del gato’ hay un diálogo con muchos poetas. Por ejemplo, hay un diálogo con Gertrude Stein, autora del poema que dice: ‘Una rosa es una rosa, es una rosa, es una rosa’; y entonces yo pongo: ‘Un gato es un gato, es un gato, es un gato’, pero es lúdico y al mismo tiempo reflexivo porque la sección que comienza con ‘Rituales’ tiene la función de examinar los rituales, después la anatomía. La sección que se ocupa de la esencia del gato es una pregunta sobre qué es el gato, cuál es su naturaleza. Entonces ahí puedes dialogar con gente que ha visto al gato como una otredad viva, que te cuestiona y que te obliga a una humildad; otra que te empuja a pensar tus propias limitaciones”.

 

“RIMAR SÓLO CUANDO ES NECESARIO”

Escrito en verso libre, donde predominan los octosílabos, en “El silencio del gato” el autor también recurre a la rima para presentar escenas o momentos.

“Thor es pelirrojo fuego, / y al salir el sol / lee el periódico conmigo. / Es un temible lector”; “Aunque nada nunca es lo que parece / ni se ajusta tanto a su rima, / un corazón de tambor / le da todo al gato Thor: / humor, candor, frescor, / olor, rigor y pasos de vapor”, se lee en el poema “El gato, dios sin pudor”.

— ¿Por qué es importante la forma de un poema?

“En este caso, en ‘El silencio del gato’ el tipo de experiencia, que era la observación de cada situación del gato, era muy breve; no tenía la característica de un minicuento o de una estampa, sino tenía la característica de un poema, de una pequeña ironía a veces, de una pequeña canción. O sea, la parte lúdica de este libro y de esta observación continua, observación atenta sobre los gatos, exigía una forma más cercana al poema en octosílabos, que ése es el recurso que utilizo aquí”.

— Algunos autores desechan el recurso de la rima, a veces con el argumento de que no tiene nada que ver con poesía. ¿Por qué recurres a la rima en tu obra poética? 

“Justamente por jugar con la posibilidad de una rima excesiva. Por ejemplo, hay un poema que critica la rima excesiva (El gato, dios sin pudor) que es sobre ‘Thor, destructor’. Es un poema que está rimando todo lo que hace el gato con el nombre del gato. Todo lo demás rima con Thor y entonces lo describe, pero al mismo tiempo no es poético en el sentido en que es cacofonía, o sea, es una rima excesiva, se vuelve una rima no vacía, pero en realidad se nota la facilidad de hacerlo. Al final, por eso dice que a lo único que no tiene derecho es a tanta cacofonía. Ese poema, que es híper rimado, es una crítica justamente de la rima excesiva y a veces innecesaria. Entonces, ves ahí una ironía y una reflexión sobre el ejercicio poético. Es una postura ante el rigor de rimar sólo cuando es necesario, cuando realmente es necesario. Cuando ya es excesivo, te sirve para criticar eso”.

 

EL LENGUAJE DE LOS GATOS

Sobre todo en ciencia, hay quienes alegan que el lenguaje es exclusivo de lo humanos, pero en “El silencio del gato” el autor constantemente hace alusión al poder de comunicación de los gatos.

“Mi gato me mira y dice / con su silencio elocuente: / ‘Los señores tristes y grises, / que hacen estos diccionarios, / de seguro no tienen gato / ni quieren que alguien los mire / en su manera banal / como miramos los gatos / a los humanos pasar”.

— ¿Por qué propones que los gatos poseen lenguaje?

“Es un tema muy interesante que tiene que ver con todos los animales; hay animales que se comunican más o que los humanos hemos aprendido que se comunican más, o hemos aprendido a descifrar en comunicaciones. Por ejemplo, algo muy asombroso es la hiena; la gente que la estudia ha identificado hasta 12 sonidos distintos. Entonces, eso que parece la risa de la hiena, que es lo más conocido, pues no es tal, es uno de los muchos recursos. Algo que tiene la hiena es que puede imitar a los humanos, como los pericos; puede copiar las voces humanas y la usan a veces para tender trampas a los pastores. En Kenia hay una tribu que tiene una especie de fortaleza con muros de espinas y abren la puerta cuando viene el vaquero con las vacas para entrar; antes de llegar hace un canto especial para que le abran, y las hienas han aprendido a reproducir ese canto. Ya les pasó una vez que abrieron y se metieron las hienas”.

“Entonces, los gatos desarrollan con cada persona un lenguaje increíble. El otro día vi un video de un gato que vive con un sordomudo: como se dio cuenta que los maullidos no son lo que lo comunica con el humano, es muy curioso porque lo toca con la patita, le dice ‘Dame de comer’. Entonces, no solamente tienen un lenguaje vocal, tienen un lenguaje de señas. Se publican con frecuencia tratados científicos sobre el lenguaje de los animales, se sabe que las ballenas y los delfines se comunican de cierta manera. Y los gatos también”.

“David Olguín cuenta la anécdota de los últimos días de Gerardo Deniz, en Laberinto, en un artículo que se llama ‘El señor de los gatos’. Cuenta cómo Juan Almela, cuyo seudónimo era Gerardo Deniz, estaba muy inquieto, decía que ya había que irse a su casa; estaba conectado con sueros, estaba muy desesperado, muy intranquilo, muy ansioso. Hasta que llegó la nieta, le puso la cabeza en el pecho y él empezó a maullarle a la nieta, porque era un lenguaje con el que él se comunicaba con los gatos que él amaba, pero también se lo enseñó a la nieta. Lo maravilloso es que Deniz era políglota extremo, de esas personas que aprendió nueve lenguas vivas y muertas, que además se preocupó por el lenguaje de los gatos. No es una inocentada, es alguien que conoce los mecanismos de los lenguajes y la diferencia de lenguas. Eso a mí me pareció muy conmovedor y muy interesante”.

 

“EL PRIMER RECURSO QUE TENEMOS ES POÉTICO”

Hacia el desenlace de la entrevista para ZETA, Alberto Ruy Sánchez también estuvo dispuesto a discurrir algunas otras ideas sobre poesía. Para empezar, advirtió. “Yo creo que primero existió la poesía, y que después, cuando ya formamos las cosas y las volvemos más artificiales, la volvemos prosa”,

Luego argumentó: “Para empezar, no hay un sólo comienzo de los lenguajes. En diferentes lugares y en diferentes momentos de la historia se crearon las maneras de hablar. Lo más importante, creo yo, no es solamente ver qué fue primero, sino pensar que el lenguaje tiene una música. El hecho de que tanto en japonés como en español tengamos cinco sílabas y tengamos consonantes que son duras y blandas, habla de una música. Entonces, lo primero que hacemos es cantar como con esa música. Cuando los niños dicen palabras muy elementales, están cantando, y repiten a veces la misma sílaba dentro de la palabra: papá, mamá; o monosílabos: flor”.

“El primer recurso que tenemos es poético: son formas poéticas, son formas mesuradas y cantadas; y después viene otra cosa que es la lengua de los notarios, o sea, lo que se escribe en la escritura que están hablando de fechas, de reinados, de cosas muy específicas que tienen que ver como con una prosa notarial. Después, la introducción del asombro poético en esa prosa es lo que hace que pueda existir la narración y la exploración narrativa de otras realidades. Pero yo no creo que haya sido primero la contabilidad de los ganados; fue lo primero que se anotó por utilidad tal vez, pero antes existía la posibilidad de decir cosas cantadas”.

— ¿Qué es la poesía para Alberto Ruy Sánchez?

“Curiosamente, en Mérida me pidieron que hiciera una antología breve de mis escritos, que está en acceso libre en línea (titulada ‘Urdimbre. Breve antología’). Revisando el conjunto de diferentes géneros, recuperé un poema que escribí en los 70 cuando yo viajé como hippie a Oaxaca; es mi primer viaje transformador para mí. Era yo solo descubriendo un mundo. Entonces me doy cuenta ahora que ese poema escrito en 1970 es como un manifiesto; se llama ‘Soy el camino que tomo’. Es como un manifiesto del viaje; está hecho de ocho fragmentos, de ocho líneas cada uno y de ocho sílabas cada línea. Es una manera de ir cantando lo que yo estaba viviendo, pero al mismo tiempo darle una forma muy precisa que es una composición. Lo primero que hacía era maravillarme ante el paisaje y el camino; y lo segundo, cuando ya me levantaba alguien, era la empatía con esa persona. Entonces, pues soy la persona que me levanta, soy sus preocupaciones”.

Lapidó el poeta en su paso por Tijuana: “La poesía es muchas cosas, pero sobre todo es una relación con el mundo que no es el reflejo del mundo, sino que la poesía es la posibilidad de actuar en el mundo”.


DOS GATOS
EL ENSAYO, LA INVENCIÓN INDÓMITA Alberto Ruy Sánchez
Ante un entorno de posturas confrontadas, cuyo encono degrada el diálogo público, este ensayo privilegia la razón como vía para ejercer en plenitud la libertad individual y de conciencia, fundamento básicode la democracia. Un espacio para cultivarla es, precisamente, el ensayo: esa invención de Michel de Montaigne que Alfonso Reyes denominó “el centauro de los géneros literarios”. Contra el dogma que impone su respuesta única, plantea la singularidad de una mirada alterna, el ejercicio autónomo del pensamiento que al dudar e indagar pone en crisis una manera de entender el mundo atada a moldes y convicciones inamovibles.
El fenómeno es muy antiguo. Podríamos decir que es clásico. Y muchas personas a lo largo de los siglos han tratado de explicarlo. Aun así, nunca dejará de asombrarnos que personas libres decidan someterse a un tirano. Ningún argumento lo explica totalmente. Es uno de esos fenómenos que, como el suicidio, es producto de una confluencia plural de razones. De hecho, comienza como un suicidio de la razón. La declaración de los verdugos genocidas del nazismo: “yo sólo obedecía órdenes”, fue claramente señalada por Hannah Arendt como una claudicación de la facultad humana de razonar. Y llamó a esa claudicación “la banalidad del mal”. Ella mostró lúcidamente que los dos grandes proyectos totalitarios del siglo XX, el nazismo y el estalinismo, así como sus reencarnaciones locales en diversos países, se establecieron siempre y se propagaron en la mente de sus ejecutores en nombre de un ideal. De un proyecto ideal de transformación social. Señala que “los grandes crímenes de la historia son ejecutados siempre a la sombra de una necesidad. El mal nunca se ejerce por el mal mismo, el mal siempre es idealista”. Y “la banalidad del mal” consiste en someterse a ese ideal, creerlo aunque haya evidencias de que es falso, y someterse al autócrata que lo encarna subordinando a él la facultad de razonar con autonomía, con libertad. Es curioso que se vea como algo positivo ejecutar o pensar ciegamente lo que diga un partido, que hará ciegamente lo que el autócrata decida que es necesario. Y ese nuevo ideal justificará robar, matar, extorsionar, linchar, violar las leyes y abusar de las personas. Todo en nombre de un ideal. La razón, en todas sus variantes, desde la ciencia hasta la creatividad, resultará contrincante del autócrata si no se declara partidaria incondicional de su poder. El ideal irreflexivo es el arma de penetración social más poderosa de “la banalidad del mal”. De ahí la importancia de ese ejercicio de libertad individual que llamamos el ensayo. Inventado en el siglo XVI por Michel de Montaigne en su forma moderna como un antídoto a la claudicación de la razón. Ejercicio de libertad individual que publicada y difundida tiende a volverse libertad pública, y con frecuencia, libertad comunitaria. Montaigne visita talleres de hilanderas y queda fascinado ante la invención de un mecanismo que permite a una sola tejedora mover quinientos husos al hacer girar únicamente un carrete. Lo imagina como una metáfora del pensamiento IMAGINEMOS LA ESCENA Ese funcionario público decide retirarse joven, aunque se siente viejo, quiere viajar y también encerrarse en una biblioteca bien dotada, que en parte ha heredado de su mejor amigo. Desea experimentar, como en un laboratorio de química, poniendo en contacto dos sustancias, algunas veces explosivas, otras veces muy fructíferas. Él es una de esas sustancias. La otra es cada una de las realidades que convoca, descubre, conoce, experimenta. Ha viajado, ha vivido situaciones extremas, ha amado y ha leído muchísimo, siempre con inmenso placer. El resultado de ese experimento será una obra brillante y original, con una forma de escritura bautizada por este autor con el nombre sencillo de ensayo. Y él será el ensayista. De entrada, no quiere ser visto como un escolar erudito sino como un viajero que ama dialogar con quien se encuentra en el camino y descubrir estratos de la realidad que le sorprenden y que, sobre todo, lo hacen reflexionar libremente, sobre sí mismo y sobre el mundo. “Yo me ensayo en lo que veo, en lo que toco”. Un viajero del pensamiento que fue un viajero real. Los relatos de sus viajes demuestran que elude los lugares comunes de todos los viajeros de su tiempo, los monumentos, o los mira con extrañeza para concentrarse en la gente que va encontrando y sus costumbres. Su primer asombro es la riqueza de la diversidad humana. En pueblos y en cada persona. Una anciana octogenaria de cuerpo joven, un grupo de mujeres que vivieron como hombres y un hombre que vivió como mujer, un poco barbuda por cierto. Se detiene en los rituales campesinos y religiosos, en edificios raros y, por supuesto, en las piezas más notables de una gran biblioteca. La extrañeza de exhibir en San Juan de Letrán “Las santas cabezas” de San Pedro y San Pablo, que describe con minucia. Le interesan lo mismo las excomuniones masivas que oficiaba el Papa como la picadura de un insecto cuyas secuelas son menguadas solamente por una piedra poderosa traída de la India. No deja de dar cuenta, constantemente, de los intensos dolores que las piedras en los riñones le propician, hasta el extremo de albergar la idea del suicidio. Entre las joyas encontradas con júbilo en una librería de Florencia (llamada Dei Giunti), hay un libro de Boccaccio que incluye su testamento y que le descubre con súbita melancolía “la asombrosa miseria a la que se vio reducido ese gran hombre”. Visita talleres de hilanderas de seda y queda fascinado ante la invención de un mecanismo que permite a una sola tejedora mover quinientos husos al hacer girar únicamente un carrete. Lo imagina como una metáfora del pensamiento. Ve innumerables espectáculos pero declara que más placer le ha dado una carrera de carrozas de caballos en Plaza Navona, por encontrar en esa competencia ecos de las carreras más antiguas. El mundo clásico ilumina constantemente al suyo. Montaigne no alcanzó a ver la carrera de caballos de Siena, que aún se celebra. Pero afirma que la Plaza de Siena, la Piazza del Campo, es la más bella que se puede ver en cualquier ciudad de Italia. Todos los días se celebra misa en público en un altar exterior al pie de la torre, hacia el cual miran todas las casas, talleres y comercios, de tal manera que el pueblo y los artesanos pueden atenderla sin dejar sus trabajos ni salir de sus lugares. En el momento culminante de la elevación, de la consagración, una trompeta suena para avisarle al público. Michel de Montaigne (1533-1592). Michel de Montaigne (1533-1592). ı Foto: Fuente: newrepublic.com Montaigne describió así lo que nosotros llamaremos en México una capilla abierta. Interrumpe esas andanzas en septiembre de 1581 por haber sido elegido, contra su voluntad, alcalde de Burdeos, posición que no pretendió y cuyo compromiso trata de eludir en vano. Su viaje durará 17 meses y ocho días. El nombramiento interrumpe una década de trabajo en sus Ensayos, que había comenzado a escribir en 1571 y llevaba diez años sin publicar. Los había abierto con una opinión polémica: es un error defender “un juicio constante y uniforme de los humanos que son seres variados, maravillosamente vanos y ondulantes”. Ante el prestigio de la melancolía como fuente de reflexión se declara “exento de esa pasión y no la amo y ni siquiera la estimo. Aunque al mundo le ha dado por honrarla. Revistiendo con ella a la sabiduría, la virtud y la conciencia. Ornamento estúpido y monstruoso”. Con ese tono y empeño de no respetar prestigios de antemano, Montaigne continúa explorando los afectos, la imaginación, la constancia, los pronósticos, la mentira, la cobardía, la pedantería, la amistad, la moderación, el canibalismo, la soledad, la ropa, los libros, la presunción, la enfermedad, las pulgas, el correo, el parecido entre los padres y los hijos, lo inútil de la honestidad, las campanas, lo incómodo, la fisonomía, la experiencia. Fue inmediatamente muy leído e imitado. Su invención particular se convirtió en género. Poco después nadie siente que plagia al francés cuando lo copia y hasta hay quien titula su propia obra de la misma manera. El libro Ensayos, de Francis Bacon, aparece tres lustros más tarde, en 1597. Los libros se parecen y al mismo tiempo un abismo los separa: la exploración ensayística de Bacon es conceptual, la de Montaigne es vivida. Bacon está en el mundo de las ideas que aspiran a no tener cuerpo (anhelo protestante), Montaigne sabe que no hay ideas sin cuerpo que las piense, las padezca o las goce. Incluso cuando lee, lo hace de manera peculiar: una que sólo puede ser descrita como independiente. Los libros le cuentan sus puntos de vista y él responde con los suyos. Los libros expresan sus pensamientos, le inspiran otros y, dice Montaigne, no se molestan cuando él guarda silencio, sólo hablan cuando él les pregunta. Su relación con los libros es de libertad: quiere leer y aprender pero sólo cuando él quiera. “Si un libro me resulta arduo no me muerdo las uñas por las dificultades que encuentro. Después de uno o dos intentos renuncio pues mi cabeza actúa al primer impulso”. No se ha instalado en la torre de su biblioteca para convertirse en un erudito y le repugna todo lo que viene de manuales y preceptos. Para bien o para mal, este autor no trata de ocultar su presencia en lo que escribe, tendrá que considerar que, resulte lo que resulte, eso escrito y descrito en gran parte muestra ampliamente su huella, será él quien es retratado en lo que mira. Todo ensayo es en gran parte sobre el ensayista, explícita o implícitamente. Montaigne introdujo la invención de una actitud ante la escritura y, más allá, la invención de una actitud ante los poderes del conocimiento, y por lo tanto ante los poderes de la organización social de su tiempo . Otros se comunican con el mundo como sus jueces o astrónomos, gobernantes o letrados, él no quiere investirse de autoridad y afirma hacerlo “totalmente como yo, como Michel de Montaigne”. Tiene razón cuando afirma: “La intención de mi libro, Ensayos, es indómita y extravagante. Nada más digno de ser notado en él que su singularidad”. EL ENSAYO no es un tratado que establece verdades absolutas, no pretende enseñar ni orientar, y no quiere ser esclavo de ideas preconcebidas o ajenas. Es lo contrario de un tratado universitario con notas y bibliografía. El ensayo no es sino el recorrido de un ensayista que se refleja en la geografía que explora, en los temas variados que interroga, experimenta, reflexiona. En su camino adelanta por escrito sus reflexiones, propone ideas y, muy importante, despliega dudas. En el umbral de su biblioteca mandó grabar una declaración de independencia: En el año 1571, a la edad de treinta y ocho años, la víspera de las calendas de marzo, aniversario de su nacimiento, Michel de Montaigne, disgustado desde hace tiempo con la esclavitud de la corte y de los cargos públicos, [...] ha consagrado esta habitación a su libertad, a su tranquilidad y su ocio. Más tarde formulará entre sus anhelos, liberarse de la vanidad y del orgullo, que es tal vez lo más difícil: evitar la presunción, liberarse del miedo y de la esperanza, de las convicciones y los partidos, de las ambiciones y toda forma de codicia, vivir libre como la propia imagen reflejada en el espejo [...] libre de todo fanatismo, de toda forma de opinión estereotipada, de la fe en los valores absolutos. En las vigas de su biblioteca inscribirá decenas de frases, varias de ellas citas de otros autores que lo inspiran. Por ejemplo: “Goza el presente, lo demás está fuera de tu alcance”. Una máxima reinaba, según testimonios, sobre todas y era la más antigua, ahora desvanecida: Non serviam. “No serviré”. Atribuida a Luzbel en su gran rebelión ante Dios. Pero también citada en diversos desacatos a las órdenes de los reyes, las autoridades religiosas y hasta a las leyes de la naturaleza, como hizo Vicente Huidobro en el siglo XX. Al recibir el premio Nobel, Octavio Paz fue elogiado por la Academia Sueca por hacer del Non serviam modo de vida y de obra. Con frecuencia se olvida que el Non serviam fue siempre parte medular del ensayo como lo concibió Montaigne. El ensayo no se caracteriza sólo como una reflexión temática breve o una escritura fragmentaria y desenvuelta, es sobre todo ese Non serviam liberador. El énfasis en ese modo de operar del pensamiento es parte de la aportación sustancial de Montaigne a la larga tradición de reflexiones escritas. Existen antecedentes parciales del ensayo en varias culturas, desde tiempos muy remotos. Desde principios del siglo I, las Cartas a Lucilio, de Séneca, o Las vidas paralelas, de Plutarco, casi cien años después, pueden considerarse emparentadas con el ensayo. Un ejemplo notable en la cultura árabe es el adab, un tipo de composición que a diferencia del tratado se da la libertad de navegar reflexionando sobre un tema y explorándolo con los instrumentos tanto de la poesía como de la narrativa. Es una forma de pensar y exponer ideas recurriendo tanto al deslumbramiento de una imagen como al interés de una historia, sin abandonar el hilo de una reflexión. Desde entonces la varias veces centenaria libertad genérica hizo a Alfonso Reyes describirlo como “el centauro de los géneros literarios”. En el adab, como en el ensayo, quien escribe se permite la digresión, salirse aparentemente del tema para regresar a él con mayor fuerza. Pero lo que Montaigne hizo en el siglo XVI no fue sólo la reinvención de un género de escritura mixto, sino que introdujo algo mucho más profundo y duradero: la invención de una actitud ante la escritura y, más allá todavía, la invención de una actitud ante los poderes del conocimiento, y por lo tanto ante los poderes de la organización social de su tiempo. Una actitud tenaz y retadoramente reflexiva ante los poderes más oscurantistas de su época. Reflexiva de manera nunca servicial: Non serviam. La Boétie señala el hecho de que los seguidores amorosos, los esclavos voluntarios, se niegan a aceptar que el poder del tirano sólo existe gracias a ellos, a sus fieles ELOGIO DE LA AUTONOMÍA La palabra libertad es una de las más frecuentes en los Ensayos. Su autor habla de un “esplendor de la libertad” que se da al escapar de la servidumbre de ideas que exigen los poderosos. Corriendo incluso el riesgo de ser considerados adversarios del poder, por lo tanto aniquilables. La autonomía de pensamiento, por su naturaleza frágil, fue vista por los contemporáneos de Montaigne como una debilidad. Pero se convirtió, para él, en su fortaleza. Y sigue siéndolo tantos años después. Es en parte y en ocasiones, para nosotros hoy, su legado más preciado: el ensayo exige autonomía. O deja de serlo de verdad, según el escritor francés. La palabra autonomía se vuelve un bien escaso. Ha sido muy agredida cada vez que un nuevo impulso autoritario se vuelve predominante en una sociedad. Por lo tanto es cada día más apreciada y defendible. La causa de un partido, los ideales de los poderosos, se vuelven enemigos de la autonomía y por extensión de la libertad. Pero resulta que la autonomía de pensamiento está en el corazón de la actitud que Montaigne introdujo y volvió, finalmente, el sentido de su vida cuando dio forma a la práctica del ensayo. Uno de sus biógrafos más perspicaces, Stefan Zweig, señala la paradoja de que, justamente su terca voluntad de alejarse de la política radicalizada de su momento histórico, su repugnancia a tomar bandos entre enemigos que se enfrentaban, primero en paz y luego a muerte, lo convirtió a la larga en una autoridad muy respetada entre religiones distintas y ambiciones políticas extremas. “Durante años —escribe Zweig— los poderosos habían considerado a Montaigne con el recelo que sienten siempre los hombres de partido y los políticos profesionales hacia el hombre libre e independiente”. Le reprocharon pasividad en una época en la que, como él dice, “el mundo entero actuaba en exceso”. No se había adherido a ningún rey, a ningún partido, a ningún grupo y no había elegido a sus amigos en función de su pertenencia o de su religión sino en función de sus méritos. Un hombre así —declaraba Montaigne—, era inservible en una época de alternativas forzosas. Una época en la que, en Francia, se temía tanto la victoria de los protestantes como su exterminio. Pero después de la terrible devastación de la guerra civil, después de que el fanatismo había llegado al absurdo, lo que hasta entonces en la política era considerado un defecto, la imparcialidad autónoma, el juicio libre, se convirtió de pronto en un mérito y un hombre que ha permanecido siempre libre de prejuicios y de opiniones prefabricadas, al que no se le puede sobornar con honores y beneficios, neutral entre los partidos se convierte en el mediador ideal. La supuesta debilidad del ensayo, frente al tratado con sus verdades de plomo que complacen a los poderes, es finalmente su fuerza. Es claro que el enemigo esencial del pensamiento autónomo es aquel que deja de reflexionar para convertirse en mímica del poder. Como se diría ahora, en su maroma argumentativa. En justificación forzada del dominio de algunos por las causas que sean. La servidumbre y esclavitud, es decir, “la sinrazón razonada”. El poder siempre ha adelantado la idea de que representa a una mayoría y que en nombre de ella deberá aniquilar a sus adversarios. Aun en los casos en los que el enemigo de la libertad y la autonomía es elegido de verdad en las urnas, como el caso de Hitler y de Mussolini, o incluso de Stalin y Castro en pantomima de elección, surge de nuevo el tema candente de las personas que de verdad deciden someterse al tirano, que pretenden no ver sus rasgos totalitarios o que de verdad no los ven. La mente cautiva, como la llamó el polaco Czeslaw Milosz, hace de la gente presa fácil de los ímpetus tiránicos. La idea matriz de “la mente cautiva” es “con el caudillo y su gobierno todo, sin el caudillo nada”. Porque no estar con el caudillo es para “la mente cautiva” estar en su contra. O como decía Benito Mussolini: “Dentro del Estado todo, fuera del Estado nada”. El ensayo cuestiona esa lógica irracional que germina en cualquier tierra, desde la fría Polonia estalinista hasta el cálido caribe isleño. Étienne de La Boétie (1530-1563). Étienne de La Boétie (1530-1563). ı Foto: Fuente: youtube.com LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA Una de las presencias intelectuales que más profundamente marcaron a Montaigne y cuya huella sin duda está presente en esta concepción del ensayo como un riguroso ejercicio de autonomía, fue su mejor amigo de juventud, muerto a los 32 años de edad, Étienne de La Boétie. Fue autor a los 18 años de un texto que sigue aportándonos herramientas de pensamiento para comprender nuestro entorno, el Discurso sobre la servidumbre voluntaria. En él trataba de comprender cómo es posible que haya humanos libres, capaces de adorar, seguir y obedecer a un tirano hasta el grado no sólo de esclavizarse mental y físicamente sino de cometer, en nombre de su caudillo, las mismas crueldades con otros que el tirano desea y ejecuta. En lo que ahora llamaríamos la psicología del tirano, La Boétie describe el capricho, la inseguridad, el síndrome de persecución, la mentira sistemática pero aceptada por sus seguidores. Quienes lo adoran, tarde o temprano ven cómo los más cercanos son humillados, traicionados por el tirano e intuyen, muchas veces sin querer pensarlo de verdad, que ellos lo serán algún día. Y sin embargo continúan adorándolo. Si el tirano es superior a todos sus adoradores, como ellos lo creen, nadie merece estar a su lado, a su altura. Leído hace poco en un periódico: un diputado de oposición le reprocha a uno del partido en el poder que cambie de opinión en cuanto el caudillo le truena los dedos. La respuesta del diputado oficialista: “Bendito tronido de los dedos del líder que vela sabiamente por el bien de todos”. La premisa del tirano bienhechor, del “ogro filantrópico”, se vuelve dogma irrenunciable, aunque haya siempre evidencia en contra. En el fondo, los incondicionales justifican su propia aniquilación cerebral en cuanto se aproximan al tirano. El abuso viene junto con la práctica de la adoración al caudillo. Y tarde o temprano, de un lado o de otro, la violencia y la venganza emergen humillantes e incluso ensangrentadas. En su esclarecedor libro de historia de este fenómeno en el entorno de Stalin, La corte del Zar Rojo, Simon Sebag Montefiore nos muestra cómo opera la servidumbre voluntaria hasta la más cruel aniquilación de todos los cortesanos, sin excepciones. La Boétie señala con asombro el hecho de que los seguidores amorosos, los esclavos voluntarios, siempre se niegan a aceptar que el poder del tirano sólo existe gracias a ellos, a sus fieles, organizados como una pirámide de crueles que van extendiendo hacia abajo sus dominios. Y que, si esa pirámide de voluntarios serviles le retirara la devoción, el poder del tirano se desplomaría. Y lo que los sujeta no es necesariamente sólo la fuerza del poderoso, o su reparto de beneficios. Ambas importantes, sin duda. Hay algo más hondo que ata activamente a esa sociedad tiránica. La Boétie encuentra que la razón profunda de la esclavitud voluntaria es la crueldad, compartida a lo largo y ancho de todas las jerarquías. Detonada por el tirano pero naturalizada en cada uno. La crueldad como parte sustancial de la naturaleza humana es lo que opera cotidianamente en las tiranías y las justifica. El fenómeno puesto a discusión por La Boétie hace tanto tiempo no ha dejado de tener actualidad. Y hay muchos ensayos célebres que lo exploran y tratan de comprenderlo desde la modernidad. La psicología de las masas de Freud es uno de los más conocidos, pero su antecedente histórico directo, el ensayo de Gustave Le Bon del mismo nombre, es aún más sugerente y profundo. Le Bon polemizó con Freud, quien lanzaba por delante su sistema de pensamiento, su teoría del inconsciente, y descalificaba a Le Bon por haber escrito nada más que un ensayo. Le Bon polemizó también con Einstein, porque escribió antes que él una teoría de la relatividad. Pero, como le argumentaba Einstein, “usted lo habrá dicho antes en su ensayo, pero yo lo demostré matemáticamente”. En la misma línea heterodoxa, los ensayos profundos de Gustave Le Bon hicieron que la antigüedad egipcia dejara de ser considerada por los europeos una forma de cultura “salvaje” o “subdesarrollada” y fuera aceptada en Europa como una verdadera civilización. Barthes cita un volante de la Revolución Francesa que plantea poner por encima de los tres poderes del Estado un poder de censura de opinión, un poder de vigilancia que podrán ejercer todos como mecanismo de delación También inventó una práctica sistemática de foros de discusión en la sociedad, que consideró importantes para la formación de pensamiento alternativo al Estado. No alcanzó a llamarlo sociedad civil, como sí lo hizo Gramsci. Le Bon llamó a esa organización de autonomías vinculadas “redes sociales”. Le Bon hizo suya la preocupación de La Boétie sobre la servidumbre voluntaria. Y en su ensayo sobre las masas estudia la transformación del individuo al integrarse a un grupo. Tres fases se sobreponen en su mente: En un primer momento observa en el individuo hecho masa la sensación de multiplicar sus poderes. Eso lo vuelve capaz de una violencia que no cometería solo. En un segundo momento está el contagio de ideas y actitudes que pueden incluso ir en su contra. El ímpetu de la masa puede ser suicida, sacrificial. En el tercer momento, una especie de hipnosis colectiva multiplica el poder del hipnotizador, del caudillo, haciendo de la masa un ente de obediencia. La vida consciente de los cerebros individuales queda paralizada, afirma Le Bon. Y el individuo se vuelve un esclavo de todas sus actividades inconscientes: Sus pensamientos y sentimientos se orientan en la dirección determinada por el hipnotizador. [...] El individuo que forma parte de una masa es un grano de arena inmerso entre muchos otros que el viento agita a su capricho. Y así vemos a jueces y jurados dictar veredictos que desaprobarían en lo individual cada uno de sus miembros. Vemos asambleas parlamentarias que adoptan leyes y medidas que rechazarían por separado. Los hombres de La Convención durante la época del terror de la Revolución francesa eran hombres de hábitos pacíficos pero reunidos en masa no vacilaron, bajo la influencia de algunos líderes, en enviar a la guillotina a los individuos más evidentemente inocentes. Y lo hicieron incluso en contra de sus propios intereses: renunciaron a la inviolabilidad de sus derechos y de su persona y se diezmaron mutuamente. El individuo inmerso en la masa no sólo difiere de su yo normal a causa de sus actos. Incluso antes de haber perdido toda independencia ha transformado sus ideas y sentimientos hasta el punto en que el avaro se pueda transformar en pródigo, el escéptico en creyente, el hombre honrado en criminal y hasta el cobarde en héroe. Roland Barthes (1915-1980). Roland Barthes (1915-1980). ı Foto: Fuente > kinfolk.com En 1895, Le Bon propone en su ensayo la idea de que el derecho divino, del cual venía supuestamente el poder de los reyes, fue sustituido por el supuesto derecho del pueblo, el derecho de las masas, convertido en nuevo derecho divino del que se apropia el tirano inventándolo y manipulando a las masas. Afirma que la gente convertida en masa abandona totalmente la razón para instalarse en la ilusión. Se ancla en imágenes, palabras, conceptos simplistas, normalmente falsos pero cuya falsedad deja de importar. La ilusión social reina sobre todas las arrumbadas ruinas del pasado, y el porvenir le pertenece. Las masas no tienen jamás sed de verdades. Se apartan de las evidencias que las degradarían prefiriendo divinizar al error y la mentira si el error las seduce. Quien sabe ilusionarlas se convierte fácilmente en su amo. El que intenta desilusionarlas se convierte en su víctima. Ni la verdad, ni la experiencia, ni siquiera la evidencia le importan a la masa linchadora. Casi cincuenta años después, el fenómeno fue ampliamente explorado por Elias Canetti en su libro imprescindible Masa y poder, de 1959. Cuando le reprochaban que no hubiera incluido la palabra fascismo en sus casi mil páginas, Canetti, en una entrevista de los años ochenta, respondió: Mi libro sólo es sobre eso. Pero trato de comprenderlo, trato de entender cómo opera el horror inexcusable antes de condenarlo. Mi esfuerzo no es una condena, ahora fácil, sino una invitación a la gente para que tenga sus propias ilusiones, para que razone y abandone las que le son ajenas. En 1995, el historiador de la Revolución francesa, François Furet, en su ensayo El pasado de una ilusión, cuestiona las grandes ilusiones sociales del siglo XX examinando todo lo que tienen en común Hitler y Stalin, la devastadora ilusión comunista y la breve pero también masivamente asesina ilusión fascista. En ambos espejismos poderosos, el abandono de lo que llamaban entonces “el individualismo liberal”, la reunión del pueblo entusiasta por una meta común, el culto al jefe hasta la ignominia, la utopía o ideal superior que todo lo justifica: mentir, robar, matar o dejar morir por la causa. Ambos ímpetus masivos, sus enormes similitudes y menores diferencias fueron estudiados desde los años cincuenta por Hannah Arendt en su libro Los orígenes del totalitarismo. Los movimientos totalitarios —afirma— son organizaciones de turbas de individuos aislados y atomizados. En comparación con todos los demás partidos y movimientos su más conspicua característica externa es su exigencia de una lealtad total, sin restricciones, incondicional e inalterable del miembro individual. Esta exigencia es formulada por los dirigentes de los movimientos totalitarios incluso antes de su llegada al poder. Precede usualmente a la organización total del país bajo su dominio. [...] una vez en el gobierno, el líder totalitario normalmente nombrará en su equipo a personas mediocres pero leales, puesto que la lealtad absoluta sucede con mayor fluidez en la lealtad irrestricta y, necesariamente, irreflexiva. Por eso, para el totalitarismo son enemigos los avances científicos, la investigación intelectual, la creatividad y el pensamiento. Todo lo que tenga un aire de autonomía y libertad de pensamiento es ajeno al dominio totalitario y por lo tanto debe ser extinguido por el poderoso y sus seguidores. El mal no es sustancial a la persona. Y no es un crimen colectivo que exima a cada persona de sus propias responsabilidades. Así, la crueldad, para La Boétie, se convierte en eso que cualquiera puede ejercer justificándola en los términos que la justifica el caudillo. DE LA ESCLAVITUD VOLUNTARIA pasamos a la renuncia a la condición humana fundamental, la reflexión. Y por lo tanto crece la ocasión de negársela a los demás. La negación del derecho a existir de todo lo que cuestione la omnipotencia del dogma. De lo que se llama una doxa, un lugar común autoritario. Ahí de nuevo el ensayo actúa como antídoto. Contra la doxa, la paradoxa o paradoja, mecanismo de reflexión que es esencial al ensayo. La doxa es siempre opresiva, afirma Barthes, pero a la menor oportunidad se volverá represiva. Los que piensen distinto, y los que piensen, punto, serán señalados. Roland Barthes cita significativamente como ejemplo un volante de la época de la Revolución francesa, llamado La boca de fuego, de 1790, que plantea “poner por encima de los tres poderes del Estado un poder de censura de opinión, un poder de vigilancia que podrán ejercer todos como mecanismo de delación pública por el bien de los principios revolucionarios”. El terror tiránico por encima de todo. La delación como uno de sus valores supremos. Tanto Barthes como Montaigne, como Arendt, repiten de diferentes maneras que “lo que ha sido pensado de verdad en libertad nunca limita la libertad del otro. Nunca trata de convertir sus pensamientos en fórmulas que sean obligatorias para los demás y los condenen. Ésa es la verdadera prueba del pensamiento libre”. Se aleja constantemente de aseveraciones categóricas: “busca no afirmar nada rotundamente y no negar nada a la ligera”. No tiene un objetivo concreto y para su pensamiento vagabundo todo camino es el bueno. Los enemigos del ensayo: el pensamiento totalitario, el dogma de todo tipo, la supresión de la persona, el compromiso de partido, la obediencia irreflexiva, la lealtad irrenunciable a un líder. En síntesis: la prohibición de leer y pensar al mundo con los ojos propios, y bien abiertos. Todos esos son a la vez enemigos de la democracia, que es la convivencia en libertad. El ensayo ayuda a que los hombres y mujeres se vean con sus propios ojos. Que ejerzan íntima y públicamente su libertad.

LECTURA DE LOS NOMBRES DEL AIRE con SASHA SOKOL


LA ACTRIZ Y CANTANTE 
SASHA SOKOL 
REALIZARÁ EN BELLAS ARTES UNA LECTURA DE 
LOS NOMBRES DEL AIRE,
CON ALBERTO RUY SÁNCHEZ,  PARA CELEBRAR LOS 30 AÑOS DE LA PRIMERA EDICIÓN DEL LIBRO Y 30 DE HABER RECIBIDO EL PREMIO XAVIER VILLAURRUTIA. SERÁ COMENTADO POR 
RICARDO CAYUELA, DIRECTOR DE LA ACTUAL CASA EDITORIAL DEL LIBRO, ALFAGUARA. 

SE LLEVARÁ A CABO EL MARTES 29 DE AGOSTO, EN LA SALA MANUEL M. PONCE, A LAS 19 HORAS. 

En el 2017 se cumplen 30 años desde la primera edición, en la editorial Joaquín Mortiz, de Los nombres del aire. Después de haber sido rechazado por diez editoriales, ese mismo año recibió el Premio Xavier Villaurrutia y no ha dejado de reimprimirse. En diferentes formatos y regiones, se suman 33 ediciones, sin contar versiones en otras lenguas. Se ha publicado en serbio, vietnamita, turco, japonés, árabe, francés, inglés e italiano. Hay una versión del libro ilustrada con caligrafías del gran artista iraquí Hassan Massoudy, que luego han sido retomadas como tatuajes por varias mujeres y hombres, formando así una edición sobre la piel de sus lectoras y algunos lectores.

El libro fue presentado por primera vez en marzo de 1987 en la Librería Francesa por Álvaro Mutis y Antonio Alatorre. Mutis declaró que "por su estructura en espiral y su historia de erotismo osado y sutil al mismo tiempo es una hazaña literaria"; y el lingüista Alatorre que era "la más singular valoración de nuestra lengua en la dimensión que ésta adquirió de la cultura árabigo andalusí y que sigue cotidianamente viva".  En esa presentación, una joven en el público se levantó para decir: "Gracias a este libro encontré las palabras que necesitaba para decirle a quien amo mi deseo." 
La escritora marroquí, Oumama Aouad, escribió: "Ruy Sánchez ha sabido evitar los escollos de la mirada masculina sobre la mujer, y especialmente sobre la mujer árabe. Las mujeres en la obra de Ruy Sánchez son mujeres que desean desde antes de ser deseadas." Su traductora al árabe, Fatiha Ben Labbah: "En Los nombres del aire, la lectura de las bellas páginas sobre el baño público, el hammam, despertaron en mí el deseo de ir de nuevo al hammam después de muchos años. Fui y tuve la impresión de redescubrirlo." También norafricana, Fatima Zohra Larbi escribió: "Estamos, no cabe duda, ante un narrador que hace renacer el viejo placer de contar historias. Pero que, a las mujeres, parece hablarnos al oído".  Y relató que "Luce López-Baralt, la autora erudita de Huellas del Islam en la literatura española y editora de Un Kamasutra español, señaló todo el conocimiento de la literatura árabe clásica que se encuentra discretamente implícito en las novelas de Alberto Ruy Sánchez, sin ostentación alguna ni estorbar al placer inmediato de la lectura." 
La investigadora norteamericana Rhonda Dahl Buchanan, también su traductora, opinó que: "Ruy Sánchez explora las infinitas formas del deseo a través de una "prosa de intensidades", una narrativa de ruptura que debe mucho a la poesía, la música, las artes plásticas, la arquitectura y el diseño."
El poeta francés Claude Michel Cluny: "Hay en Alberto Ruy Sánchez un raro clasicismo, una escritura que él sabe hacernos clara, tan pura como para revelarnos, casi soñando, los secretos de nuestros sueños. Para situar el clima de este arte hecho de transparencia y sensualidad es necesario citar Les filles du feu de Gerard de Nerval. Esta es una coreografía del deseo." Mucho antes, la coreógrafa Tatiana Zugazagoitia compuso y danzó el espectáculo premiado y representado en varios países: Tardes de Mogador, en el que Rita Guerrero cantaba una antigua canción mozárabe. 
            Mónica Lavín, concluye: "Después de Alberto Ruy Sánchez ya no podemos vivir sin Mogador. Él lo puso en nuestro camino. Le dio callejuelas y temperatura, el color de la tarde, el bullicio y el secreto. Él construyó una ciudad literaria: la ciudad del deseo. En Mogador se encuentran y se pierden los amantes, el tiempo está de su lado y corre a su manera."

            Los nombres del aire fue el inicio de un ciclo de exploración del deseo que se convirtió en cinco libros experimentales, de formas diversas y géneros anfibios, que incluyó entrevistas con muchas mujeres a lo largo de varios lustros y culminó en una composición múltiple: Quinteto de Mogador: formado por En los labios del agua; los jardines secretos de Mogador; La mano del fuego; Nueve veces el asombro y Los nombres del aire. Desde junio de 1996, éste y los otros libros del Quinteto han sido publicados por Editorial Alfaguara.


Algunas de las ediciones de LOS NOMBRES DEL AIRE que han volado por el mundo.



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Un fragmento de la lectura, vía Periscope