SER JARDÍN SECRETO


































Con enorme alegría y siempre como una bella sorpresa compruebo cada día cómo crecen las lectoras, sobre todo pero también los lectores, que se apropian del mundo de formas del deseo que ofrece cada libro del Quinteto de Mogador. Las caligrafías que llevan los personajes del libro han emigrado afuera del libro y se han multiplicado en los cuerpos de quienes se convierten en habitantes del mundo deseante de Mogador. Ahora he recibido esta bella imagen que me envía Juls Barrales y yo se lo agradezco. Me parece muy bella y sugerente. Como cada persona ha tenido diferentes razones para que encarnen en su piel las caligrafías mogadorianas yo le he preguntado las suyas y me ha escrito:
             
         "Hace ya más de una década que tuve en mis manos el primer libro  que me llevo a querer conocer más sobre tus novelas, así que comencé mi colección con Los nombres del aire pero el que más me ha llenado de sensaciones fue tu libro Los jardines secretos de Mogador y lo he dejado muy claro al tatuarme una de las caligrafías de Hassan Massoudy. En ese entonces no había un jardinero, así que la decisión de tatuarme no sería por un hombre, sería por mí y para mí y  cuando llegara mi jardinero yo lo sabría.  

Con el paso del tiempo estaba segura de haber encontrado, por fin, mi jardinero,  mi compañero, mi cómplice en la búsqueda constante de sensaciones. Alguien que me llenaba de alegrías y placeres,  y aunque me hubiera gustado un final como el de Jassiba, sé que solo es cuestión de tiempo para que mi verdadero jardinero aparezca.
La caligrafía que dice “Nosotros somos el jardín” es algo que llevo muy presente. Tarde casi 8 años en decidir hacérmela  y este año por fin lo hice. Tengo ahora este pequeño detalle que me recuerda que,  al ser jardín, soy poseedora de vida, de placeres, de esperanza, de asombros: sorpresas gratas y a veces no tanto pero que al final me dejarán un aprendizaje. Gracias y un fuerte abrazo.
                                                                                                  
Juls Barrales

CONVERSACIÓN PÚBLICA CON LYDIA CACHO



Conversación con Lydia Cacho 
sobre el Quinteto de Mogador 
y muchas otras cosas:  AQUÍ




SOBRE EL NUEVE.

Con frecuencia me preguntan por qué aparece el número nueve en mis libros. Sobre todo en el Quinteto de Mogador. La respuesta es práctica, no esotérica: para poder combinar fragmentos muy diversos de forma, tamaño y naturaleza, hay que encontrar algo que tengan en común. Y hace tiempo, en la India de los Mogules, en la cultura persa y en sus descendientes árabes, los artesanos que lograron hacer tableros de azulejos combinando formas muy diversas se dieron cuenta de que podían hacer una retícula oculta basada en el número nueve que lograría esa fórmula. Eso lo explicaré poco a poco en otra entrada de este blog. Por lo pronto, como introducción al tema del nueve como cifra en la que caben muchas formas del universo, pongo aquí el vínculo de un video sobre ese tema que pusieron en YouTube. Ojalá puedan entrar y verlo.



Presentación-Entrevista
sobre EL QUINTETO DE MOGADOR




En CASA ÁRABE de Madrid, con introducción de  Karim Hauser y preguntas de Jesús Ruiz Mantilla, una entrevista sobre la aparición de EL QUINTETO DE MOGADOR, publicado por Alfaguara en Madrid. El 4 de junio del 2014.




DE UNA CALÍGRAFA SONÁMBULA,
Texto de Caterina Camastra


 La caligrafía árabe y yo nos encontramos en Mogador. En el Mogador de papel en las novelas de Alberto, preludio a la Essaouira de piedra y viento que me recibiría unos años después, Sonámbula entre tantos viajeros, en diversos estados de obsesión, que llegan al puerto del Atlántico en busca de uno u otro de los mitos enredados en el laberinto de sus callejuelas.
Por las páginas de Mogador me encontré entonces con el trabajo de Hassan Massoudy, con la voz inaccesible de una lengua desconocida cuyas mismas letras, en su trazo físico, se lanzan y entrelazan, se extienden y confunden en una belleza que se busca a sí misma en incesante espiral.  Letras misteriosas marcando el ritmo de las historias deseantes en las novelas, ofreciendo esquinas, pasadizos, celosías a sus amantes fantasmas. Y entonces quise, con toda la fuerza de la obsesión que nos caracteriza a los Sonámbulos. Quise con todo tesón y toda ridiculez. Quise ir a mirar el puerto desde la claraboya de su propia muralla, y quise aprender el arte de la escritura árabe. En el taller de un calígrafo en Essaouira compré un pequeño cuadro para una amiga, dice al-qamar, la luna. Quise algún día poder ser aprendiz en uno de esos talleres, poder entender algo sobre cómo anudar y desenvolver ese alfabeto huidizo que al mostrarse se escondía.
Por espirales del destino, unos años después fui a encontrar en Rabat el taller de un calígrafo que me recibió. Hay una calle algo parisina en el centro de Rabat, donde una hilera de casitas de madera sombreadas por árboles, que antes eran puestos de un mercado de flores, son ahora ocupadas por artistas plásticos – pintores, escultores, alfareros. Enfrente está la entrada de unos grandes jardines públicos; sobre la misma acera, amplia para pasear a gusto, la terraza del café del teatro principal de la ciudad. En una de las casitas trabaja Mohammed Faqir, calígrafo y pintor, con quien llegué a aprender.
“La caligrafía es una geometría espiritual”, me dijo el primer día. “La buena caligrafía refuerza el derecho”, en otra ocasión me dijo que dijo el profeta Mahoma. La belleza es una con la verdad y juntas habitan un espacio sagrado. No comparto la fe religiosa, sin embargo, en ese espacio sagrado también habita la poesía, sabia en hacerse entender por arriba de toda distancia.
Aprender a escribir caligrafía viene siendo una búsqueda que pasa a través de la observación, el conocimiento, la disciplina y el paciente trabajo. Un camino de años, del que los que cuento no son que tres pasos andados. Mohammed empezó a enseñarme el estilo nasj, نَسْخ, ‘copia’, el que se usa normalmente en la imprenta. Me enseñó que los puntos diacríticos que distinguen unas letras de otras (como en el caso de ب bâ’ت tâ’) son también las unidades de medida que determinan anchura y longitud de las letras. Por ejemplo, ا, alif, la primera letra del alfabeto: cinco puntos de altura. Que dependen, claro, de la cabeza de la pluma con que se escribe, del cálamo, qalam.
El qalam es parte de la dimensión sagrada de la escritura, dando el nombre nada menos que a una surah del Qur’an, la 68, Surah Al-Qalam, en cuyo primer versículo el mismo Dios jura “por la nûn y por el cálamo y por lo que han escrito”. La ن, media luna con estrella, es de las letras más bellas y misteriosas del alfabeto árabe. El cálamo es un carrizo que, como nos cuenta Hassan Massoudy en L’ABCdaire de la calligraphie árabe, a la hora de ser plasmado en una pluma trae consigo el sol y el agua que lo alimentaron, y el viento que lo hizo flexible y resistente. Se supone que un verdadero calígrafo debe hacerse sus cálamos, a la medida de su mano y de la presión de sus dedos, aún más, obedeciendo directamente a la pasión y la voluntad: me contó Mohammed la historia de Ibn Moqla, visir y calígrafo en la corte de los abasides, quien, cuando algún disgusto del califa hacia su persona redundó en que mandara cortarle la mano, se ató un cálamo al muñón y siguió escribiendo con la misma letra de antes. Lejos de tanto heroísmo, confieso que ni siquiera he tratado todavía de hacer mis cálamos, apenas si me he atrevido a afilar la punta de los que Mohammed me ha regalado. Aquí pueden verle fabricando uno, por si tienen curiosidad: https://www.facebook.com/photo.php?v=4016999860541&set=vb.1147692646&type=2&theater
La cabeza del qalam mide los puntos que a su vez dictan las reglas de la armonía. La letra trasciende, sin embargo, su propia geometría. La imagen de la letra es, finalmente, lo que importa, me enseñaba Mohammed. Me decía que practicara midiendo los puntos y practicara también en la hoja blanca, buscando la imagen. Lograr la imagen es lograr el carácter de una letra, su fuerza y su personalidad, para infundirle su lugar en el transcurrir de la escritura.
La caligrafía es una cuestión de curvas, me decía también Mohammed. De bajar y subir con firmeza, marcando un centro de gravedad, sutil y definido a la vez, que señala el cambio de sentido al recorrido del cálamo. Algunas letras comparten, por ejemplo, la curva característica de la nûn ن, entre otras sîn س, âd ص, qâf ق; distintos son la línea, el equilibrio, el centro de gravedad de letras como bâ’ ب y fâ’ ف. Las longitudes pueden variar y las proporciones, mezclarse; sin embargo, una personalidad inequívoca distingue en cada letra, que realiza una combinación única de rectas, curvas, puntos de equilibrio, recorridos, cambios de dirección e inclinación del cálamo sobre el papel.
Hablo aquí de las líneas del nasj, las que menos desconozco. Cada estilo tiene las suyas, las diferencias siendo a veces sutiles y otras, desconcertantes. Recuerdo una clase en que Mohammed me mostró un alfabeto en estilo diwani, en que la sîn solo era una línea dulcemente diagonal, algo ondulada, sin las curvitas pronunciadas y los piquitos que había yo aprendido a distinguir; ante mi desconcierto, me explicó sonriente: “La sîn ahí está, solo que está adentro”. Las letras tienen voz y vida al interior de las líneas que las marcan y definen, me gustó entender. La caligrafía sugiere, encubre, descubre y de nuevo confunde esa voz, en ecos que resuenan en las vueltas cambiantes de una espiral tras otra. Para nosotros los Sonámbulos, ecos de Mogador, la inaccesible. Ecos de la misma sensualidad arquitectónica que Ibn Arabi, poeta místico andalusí, leía en el enlace de lâm-alif, لا, una de las combinaciones más frecuentes del idioma: “Cuando alif y lâm se hacen compañía, cada uno de ellos experimenta una inclinación hacia el otro. Esa inclinación es al mismo tiempo pasión amorosa e interés. No ves acaso como lâm replega su trazo descendiente para envolver la vertical de alif, con miedo a que se le escape. Despierta a tu alif de su sueño y desata el nudo de tu lâm. En el nudo que une lâm y alif reside un secreto indecible”. Agradezco a Hassan Massoudy esta clase de citas deliciosas en su ABCdaire: nada como erotizar la morfología de un idioma desconocido para despertar la obsesión, amorosa y lingüística, de una traductora Sonámbula.
Llevaba conmigo cierto optimismo de la voluntad: nunca supe dibujar, pero siempre tuve bonita letra. Letra manuscrita de manual de primaria, que no sabía trazar sino con esmerada lentitud, una pesadilla en la escuela para dictados y ejercicios afines. Ahora me vino bien, siendo la caligrafía árabe ejercicio de santa paciencia. Un calígrafo, Mohammed me contaba, puede tardar hasta diez minutos en escribir una sola palabra, amén de repetirla cuantas veces sea necesario. Tiene que respirar hondo y escuchar su propia respiración. Doucement, tout doucement, despacio, no dejaba de decirme, en el francés que, a falta de árabe de mi parte, nos comunicaba en esa calle tan parisina de Rabat. Ir decidida hacia el centro de gravedad, con mano determinada, sin sobresaltos ni titubeos, junto con el aire. Lo mismo recomienda Hassan Massoudy en su ABCdaire: “En el instante en que el calígrafo apoya la cabeza de su cálamo en el papel, debe dominar su gesto a través de una fuerza interior a fin de que su mano pueda trazar la letra con precisión. Esa fuerza no es otra que la capacidad de regular su respiro. Debe tomar conciencia de su respiración. Entre inhalación y exhalación, hay un pequeño momento de pausa que el calígrafo puede aprender a prolongar ligeramente a través del ejercicio cotidiano. Cuando ese momento se alarga, tiene la sensación de estar afuera del tiempo y su gesto se hace más preciso. El calígrafo ritma su respiro acorde a la alternancia entre trazos gruesos y finos de las letras. Retiene el aliento para delinear una letra larga, parándose donde el trazo cambia, y lo retoma al mismo tiempo que vuelve a entintar. Se enseña al joven calígrafo que no use todo el aire de sus pulmones, ni toda la tinta de su cálamo, en el momento de ejecutar un gesto largo y lento. Trazar con lentitud una letra larga es también sumergirse en el propio silencio interior para allá encontrar la expresión personal. Cada vez que ese momento se alarga, una sensación de bienestar y plenitud invade al calígrafo. En el momento en que el calígrafo domina su respiro, su cuerpo entra en comunicación con su mente y su sensibilidad”. En ese mismo espacio entre el cuerpo y el espíritu, en el tiempo ritmado por el aliento, movidos por el mismo impulso de búsqueda, si no paciente, obsesiva, trazamos caminos los Sonámbulos con todos nuestros fantasmas. Buscando el gesto preciso que nos devuelva la paz.
He tenido el gusto de conocer, en mi corto aprendizaje, ese momento de bienestar del que habla el maestro, los maestros. Es caminar el laberinto inaccesible que sin embargo, por momentos, accede a recibirnos, y nos permite llegar justo donde queríamos. Para luego inmediatamente, claro está, prometernos otro paraíso atrás de una esquina, otra gracia en una nueva hoja.

Mis intentos de aprendiz calígrafa se encuentran en estos álbumes:

Algunos textos sobre caligrafía que me gustan pueden leerse en estas notas:


Texto de Caterina Camastrapage5image1984 page5image2408 page5image2832

CONVERSACIÓN SOBRE
La mano del fuego,
AL SALIR EN FRANCÉS COMO:
À mon corps désirant.



En la página de Radio France Internacional, RFI, a la que se entra con el vínculo abajo de este texto, Jordi Batallé escribió: 
"La editorial francesa Galaade, en colaboración con la Casa de América latina de París, acaba de publicar la traducción de La mano del fuego, un Kamasutra involuntario, novela del escritor mexicano Alberto Ruy-Sánchez. Esta novela fue presentada en el Instituto del Mundo Árabe de París, el 28 de marzo del 2012, acto dentro del marco de una exposición que gira en torno al desnudo, con obras realizadas por artistas árabes contemporáneos, que lleva por título “El cuerpo descubierto”.
          Para hablarnos de La mano del fuego y de su intensa relación con el mundo árabe, lleno de sensualidad y misticismo, Alberto Ruy-Sánchez fue tan amable de venir hasta nuestros estudios.
Esta es su entrevista.




DANZA Y POESÍA


De nuevo Tatiana Zugazagoitia me regalará la traducción de mis textos en el lenguaje del cuerpo. Me preparo para volar a Mérida porque el próximo sábado haremos allá la presentación de mis dos libros más recientes: Elogio del insomnio y Decir es desear. con una coreografía de ella, cinco bailarines, música compuesta especialmente para el espectáculo.

POR EL TORSO DEL DESEO

Torso, ¿qué buscas?
Tu torcida realidad
me hunde en tu sueño.


























*Fotografía de Alicia Ahumada, del libro El bosque erotizado, con textos de Alberto Ruy Sánchez, editado por Artes de México.

LA SONRISA MOGADORIANA
DE XÓCHITL Y CATERINA
en la complicidad del laberinto

Mogador-Essaouira y sus murallas
vista por Caterina Camastra desde la fortaleza del puerto
No me canso de comprobarlo y a la vez de sorprenderme, los más extraños y maravillosos regalos, privilegios y placeres inesperados que puede recibir un escritor suceden en un ámbito inesperado, en esa especie paradójica de lento torbellino pasional que como micro clima crea la circulación felizmente incontrolada de sus libros en las manos deseantes de sus lectores. Inmenso privilegio es enterarse, por ejemplo, de la complicidad intensa entre dos mujeres que toman palabras de sus libros para nombrar la nueva realidad que ellas se han creado. 
        La escritora Caterina Camastra me contó: "La expresión "Ir a Mogador” se convirtió en nuestro código secreto para referirnos a asuntos de amor y discreción. Frases como “¿A qué hora te vas a Mogador?” o “No he hecho la tarea, pasé la tarde en Mogador” se volvieron moneda corriente en nuestro idioma privado..."  Caterina, con el tiempo, se volvió traductora al italiano de En los labios del agua (y de varios otros libros de escritores mexicanos, entre ellos Galaor de Hugo Hiriart). Viajó hace poco tiempo a Mogador con su amado, Héctor Vega, y nos trajo bellísimas imágenes de la ciudad del deseo. Ahora, con su amiga y compañera de estudios de postgrado, Xóchitl Salinas Martínez, me cuentan como fue creciendo en ellas ese vínculo sonámbulo, ese guiño  que se hace con los labios deseantes, esa sonrisa de complicidad mogadoriana que las une. Y yo, muy agradecido, lo celebro sonriendo con ellas, por ellas.
Caterina Camastra en la fortaleza del puerto
con la ciudad de Mogador al fondo.
Foto de Héctor Vega.


EN LA COMPLICIDAD DEL LABERINTO, 
según Caterina Camastra y Xóchitl Salinas Martínez
Dicen que la ciudad de Mogador no existe, que la llevamos dentro. Pero otros dicen que sí existe y que, justamente, la llevamos dentro.  
Alberto Ruy Sánchez: Nueve veces el asombro.

En primaria o posgrado, el significado de compartir un pupitre no cambia. Sentarse junto a alguien en la escuela, varias horas al día, muchos días de la semana, durante meses o años, significa construir todo un léxico familiar, un mundo de diálogos entrañables.
Algo así nos pasó a mi amiga Xóchitl y a mí durante los años en que nos sentamos juntas en el salón de clases de la Maestría en Literatura Mexicana. Muy pronto ella se convirtió también en vecina de casa y nuestra relación fue volviéndose simbiótica. Solo Xóchitl sabía dar el correcto golpe de cadera que cerraba la rejega portezuela del copiloto de mi Volkswagen 1974, mejor conocido por su color como la Naranja Mecánica. Algún día aborchornamos a un pobre tapicero, quien, al vernos mirar con entusiasmo su catálogo de telas y debatir sobre el mejor color para mi sillón, asumió –no sin rubor– que vivíamos juntas y éramos pareja sentimental.
El posgrado es mejor que la primaria porque cuando uno es grande ya la escuela es un placer. Mi amistad con Xóchitl fue literaria desde el primer momento, y nos divertimos mucho preparando exposiciones sobre Sor Juana o las beatas embaucadoras de Nueva España. En esos mismos años descubrimos la obra de Alberto Ruy Sánchez, gracias a que mi asesor de tesis, Efrén Ortiz, me prestó Los demonios de la lengua. De cariño burlón y con poca modestia le decía yo Padre Miranda, en homenaje al confesor de Sor Juana, lo cual le hizo pensar que me interesaría el alucinado jesuita protagonista del libro de Alberto. Y así fue: amé el libro y su exquisita, diabólica arquitectura. En una sucesiva incursión en librería, mis ojos reconocieron el nombre del autor en la cubierta de En los labios del agua. Me llevé el libro y el mundo cambió: aprendí que era Sonámbula, y pronto Xóchitl supo que ella también lo era. Las dos nos internamos en el laberinto de las páginas de Mogador con delicia compartida, leímos libro tras libro, e integramos una ciudad lejana y nunca vista a nuestro léxico familiar. “Ir a Mogador” se convirtió en nuestro código secreto para referirnos a asuntos de amor y discreción. Frases como “¿A qué hora te vas a Mogador?” o “No he hecho la tarea, pasé la tarde en Mogador” se volvieron moneda corriente en nuestro idioma privado, un zelije más en el cuadrado védico de nuestra amistad. Y un zelije fundamental, punto de reunión al final de un laberinto de malentendidos y desencuentros que nos tocó atravesar acto seguido. Años después, el mensaje que rompió un largo silencio se lo debí a un texto mío que Alberto colgó en su página: Xóchitl lo encontró y decidió que había llegado el momento de reanudar puentes conmigo. En su momento, Xóchitl había sido la primera lectora de mi texto En las garras del agua, sabedora de los entresijos de su escritura. Así que en ésta, otra página en el laberinto de la ciudad del deseo, celebro nuestra Sonámbula amistad renovada.


***
La muralla de Mogador desde arriba.
Al fondo la Isla de Mogador.
Foto de Caterina Camastra.


Dicen que los Sonámbulos se reconocen desde el mismo momento en que se cruzan sus miradas. Creo indiscutiblemente que es así. Esto pude comprobarlo con certeza, en marzo de 2002, cuando di el primer paso dentro del que sería mi salón de la Maestría en Literatura Mexicana y vislumbré como entre veinte personas a Caterina sentada. En ese mismo instante supe que seríamos amigas. No me equivoqué.
Nuestra amistad se dio sin dificultades, se sentía fluir como el vaivén calmado de las olas, como una perfecta conexión entre gustos y opiniones aunque aparentemente fuésemos tan distintas. Era un hecho: nadábamos en la misma agua.
Día a día íbamos descubriéndonos, conociéndonos, encontrando ecos la una en la otra como círculos concéntricos. Uno de los felices puntos de coincidencia llegó con Los demonios de la lengualibro que había leído con entusiasmo y fascinación a los 16 años y que ella acaba de descubrir. Sin duda, fue la llave que nos abrió las puertas a un paraíso literario sin precedentes y que nos ha traído interminables horas de placer. Cati y yo pasamos tardes deliciosas sentadas en su sala leyendo, compartiendo descubrimientos de nuestras lecturas, comparándolas divertidas con nuestras propias vivencias. Nos arrullábamos en la mecedora mientras escuchábamos De agua y de aire, embelesadas por la música y la voz de ese halaiquí que nos transportaba con sus historias al mágico puerto amurallado de Mogador, haciéndolo cualquier cosa, menos, inaccesible.
Con el paso del tiempo, hemos visto cómo, uno a uno, los libros sobre Mogador nos han envuelto como los dedos de una mano que nos arropa y nos mantiene unidas en una complicidad que podría carecer, incluso, de palabras, pues por gestos y miradas nos entenderíamos perfectamente.
Por fortuna, tenemos y teníamos muchas historias juntas; claves distintas para comunicarnos de manera traviesa en lugares públicos, lugares insospechados en donde nombrar “Mogador” se transformaba en un talismán que surgía de nuestro interior, que traía consigo historias sonámbulas y nos permitía compartir nuevos encuentros con nuestros fantasmas. Un talismán que nos reivindica en nuestra casta de sonámbulas desde hace nueve años ya, aun sabiendo que ya lo éramos mucho antes de ser nombradas.

Xóchitl Salinas Martínez
Xochitl y Caterina unidas por una sonrisa mogadoriana



Un giro en el laberinto de las calles de Mogador

Mogadoriano a punto de cruzar una de las puertas internas
de la ciudad del deseo.
Foto de Caterina Camastra.
Puerta mogadoriana de madera con una Jamsa grabada,
es una mano protectora contra el  mal de ojo.
Foto de Caterina Camastra.