EL COLLAR DEL DESEO: tatuarse el viento

Ana Laura Barriendos me escribe, como en una adivinanza: "Tengo un tatuaje que seguro reconocerás". Inmediatamente pienso en las caligrafías de Hassan Massoudy que habitan los libros del deseo en Mogador. Tal vez no hay otras que yo pudiera reconocer tan fácilmente como ella lo promete. En dos notas anteriores, Tatuarse es hacer un collage con el cuerpo, y La vida y la obra como una sola caligrafía, comento esta sorpresiva aparición de las caligrafías de mis libros sobre la piel y muestro algunas de las más bellas imágenes que me han llegado.
Después de eso, mi amigo el calígrafo Massoudy se asombró de que sean tantos los cuerpos de mujeres bellas que en México y en otros países llevan tatuada su obra. Tantas las mujeres que han decidido publicar íntimamente sus caligrafías en sus cuerpos. "Si esto sigue así llegará un momento, me dice en broma Hassan, en que habrá más obra mía sobre la piel de las lectoras de Mogador que sobre papel".
Llega la imagen, llena de belleza y misterio: Ana Laura de espaldas, la mano en el marco de la puerta y, sobre el cuello su tatuaje que danza.
Lleva el pelo recogido y gira levemente para que se vea mejor su nuca escrita. No se ven sus ojos pero una larga pestaña, como inicio de una caligrafía en el aire, deja suponer que mira su mano. Se adivina, una leve sonrisa. Se ve cómo, muy cerca de los hilos de tinta, nacen los cabellos en la nuca dibujando esa otra caligrafía que se peina, que el viento mece, que se acaricia.
Un rayo de sol decidido, con su mano luminosa, toca el hombro izquierdo y se adentra apenas en la espalda. El tatuaje, al centro, parece escurrirse un poco hacia abajo, dejándose llevar por la gravedad hacia la columna vertebral de Ana Laura. Su espalda, bellamente formada, anuncia un canal perfecto. Si la tinta se escurriera de verdad, una gota llegaría sin duda al final de la espalda, al arranque de la hendidura de su nalgas.
La caligrafía que ella ha decidido ponerse en la piel salió de mi novela En los labios del agua. Casi al principio, el personaje principal que es un calígrafo se da cuenta de que el mar, el viento y todo lo que él siente, se mete en sus trazos. Y al escribir cualquier palabra el dibujo de sus letras se llena de significados imprevistos. La palabra mujer ondula como las caricias que ha dejado en su amante. Pierde el control total de sus líneas. El deseo y el amor lo trastornan. Pero el resultado, tal vez por eso, es más contundente.
Esa palabra, mujer, alterada en la mano del amante, fue dibujada originalmente por Massoudy para un poema de Gibrán Jalil Gibrán. Él me permitió ponerla en este nuevo contexto donde el control de la mano y el deseo se vuelven explosivos, donde el oficio se transforma y se mejora por las conmociones más íntimas e intensas de la vida: las del amor deseante. La forma del arabesco, en la caligrafía, con frecuencia dice más que el significado directo de las palabras dibujadas. Esta palabra diría tal vez: "mujer deseada y deseante" "Mujer que danza la música del deseo". Y por eso la seleccioné entre muchas. En el poema de Gibrán, el amante previene:

"No olvides que iré hacia ti.
Un instante y mi deseo parecerá polvo
y espuma sobre un cuerpo.
Otro instante, en el reposo del viento,
y una mujer me llevará sobre ella.
Y apenas ayer nos conocimos
en un sueño."

Al enviarme su imagen Ana Laura me dice: "Quise llevar conmigo el recuerdo de lo que tu libro me hizo sentir. Y ahora, a través de fotografías, lo comparto con un amante que se encuentra lejos, con la esperanza de que recuerde cuando me abrazaba por la espalda para olerme el cuello y mirarlo de cerca. Aunque yo lo llevo puesto, de alguna forma siento que es tan tuyo como mío."
Le pido permiso para ponerlo en mi blog, le pregunto si tiene más tatuajes en el cuerpo y le pido que me cuente con más detalle sus historias de deseo alrededor de este tatuaje.
Ana Laura responde: "Qué alegría que te guste. Como es nuestro puedes ponerlo con esas hermosas fotos tatuadas de tu blog, será un honor. No tengo más tatuajes. Desde que te leí me capturaron las formas de éste y quise dedicarle mi piel por completo. Mucha gente me pregunta qué significa (empezando por el tatuador), yo sólo sonrío y respondo "no sé" mientras me digo a mí misma "deseo".
No se equivoca al pensar que uno de los significados de esta caligrafía puede ser "deseo" además del significado literal que es: "mujer". Porque en una caligrafía el significado también, y algunas veces sobre todo, está en su forma. Aquí está sin duda en el viaje de sus líneas, en la manera que tienen de de acoplarse y desenredarse, tocarse apenas o hacerse nudo.
Es un dibujo perfecto para el cuello: casi un collar secreto. Una guía de besos y caricias demoradas. Una prohibición de la prisa. Imagino al amante besando minuciosamente este cuello, siguiendo despacio las líneas de esta palabra poema, dibujándola de nuevo con su boca. Haciéndolo de nuevo con la punta de la lengua, secando cada trazo con el calor de su aliento.
Ana Laura concluye y promete: "Me encanta la idea de contarte más, para ti o para que lo pongas con la foto, tú decide. Estoy viajando ahora pero prometo enviarlo pronto. Por ahora te adelanto que en mis mañanas tranquilas sigo recibiendo al sol en una de las orillas de mi cama."
Cuando lleguen las historias de Ana Laura las pondré aquí mismo como continuación o reescritura de esta nota. (Ya son muchas las notas de este blog a las que añado detalles. Es un blog reescrito.) Su última frase, sobre su costumbre de esperar al sol a la orilla de su cama, se refiere a un pasaje fundamental de Los jardines secretos de Mogador, en el que Jassiba se vuelve amante del sol al hacer el amor con el primer rayo de la mañana que toca su vientre, que llega poco a poco hasta sus labios vaginales.
Esa escena es producto de un testimonio que recibí de boca de una de las mujeres embarazadas que interrogué sobre su vida erótica durante ese periodo tan especial de su vida. Uno de los muchos testimonios que, además de sorprenderme, me sirvieron para escribir ese libro. "Masturbarse con el sol es una delicia. Pero se necesita ser hipersensible para lograrlo", me escribió la mujer que me contó su experiencia solar y me pidió que no revelara su nombre.
Ese segundo capítulo de Los jardines secretos de Mogador, "Jassiba jardinera obsesiva", es contado por Aziz, el amante sorprendido que difícilmente comprende todo lo que sucede en Jassiba:

"Aquella mañana tuve finalmente que aceptarlo. Se había apoderado de Jassiba una extraña obsesión por los jardines.
Comenzó como cualquier otra manía: con una mirada extraña, indescifrable. ¿Qué veía Jassiba en todo con esa nueva fijeza? Al principio no le di mucha importancia.
Luego parecía dejarse hipnotizar por ciertas flores como si mirara al mar o al fuego. En todos los rincones de la ciudad y hasta en las calles quería sembrar árboles. No sólo quería entrar en el patio interior de todas las casas de Mogador donde hubiera el menor indicio de una planta sino que, además, comenzó a mirarnos a todos y a todo como si fuéramos parte de algún jardín en movimiento.
Según ella, sus amistades se marchitaban o florecían, algunas se plagaban. Había también personas que eran flores de un día. Injertos, abonos y podas eran algunas de sus palabras favoritas para describir todo lo que hacía y por qué lo hacía. Para ella el mundo entero se convirtió de pronto en la transcripción de un gran jardín, el jardín que contiene a todos los jardines.
Un día la sorprendí sentada cerca de su ventana, ofreciendo su piel al primer sol del día. Los pies primero, luego las piernas, y más tarde la madeja de su pubis que ella miraba como si fuera un arbusto, un bosque, un sembradío. “Mis plantas se alegran”, me dijo sonriente, sin retirar la vista del mechón de vellos alborotados sobre su vientre. Una nueva línea obscura parecía crecer delicadamente hacia su ombligo. Era feliz y estaba llena de paz, como alguien contemplando uno de esos paisajes que llenan el horizonte.
Pero comencé de verdad a preocuparme el día que ella despertó emocionada gritando: "Ya llegó el gran jardinero", justo cuando iba saliendo el sol. Abrió la cortina hasta que se iluminó un filón de su cama y se desnudó para ofrecerse al primer rayo de calor de la mañana. Extendió sus piernas muy lentamente, luego fue separándolas con emoción y, sin tocarse, muy despacio, columpiando su respiración y su pubis al filo tenaz de la luz, hizo el amor con el sol.
Yo la miraba en silencio, asustado y fascinado al mismo tiempo, lleno de escalofríos, celoso de los dedos afilados del sol. No me atreví a tocarla o siquiera a interrumpirla. Sentí que mis manos estaban, sin remedio, muy frías. Después de haber recuperado el aliento pero aún respirando profundamente, Jassiba se acercó despacio, me acarició la mejilla, me dio un beso y me dijo al oído, con voz lenta y grave, que su felicidad era enorme, que había estado en el paraíso, en el jardín de los dedos del sol. Me quedé mudo, atado a mi sorpresa. "

LA LUNA QUE CRECE
EN EL BARRIO DE LAS HILANDERAS
DE LA CIUDAD DE FEZ

Karla Karina Pompa Marino, me escribe generosamente su impresión de mis libros y concluye con una sugerente frase sobre la luna. Quiero comentar algunas de sus implicaciones en el mundo islámico. Especialmente porque su carta me llega mientras estoy en Marruecos. Transcribo mi cuaderno de notas, e incluyo a la luna creciente que viví hace unos días en la ciudad marroquí de Fez.
Karla concluye: "Me he perdido varias veces en tus jardines de ese Mogador que creas palabra a palabra y si te contara todas las imagenes que he visto a raíz de cada jardín que he leído, seguro podrías ver historias paralelas a las tuyas... Gracias por hacer que en ciertas ocasiones las lunas en cuarto creciente se vuelvan lunas llenas."
Bella y cordial imagen que me hizo pensar inmediatamente en compartir con Karla, y con todos, la anécdota que acompaña a esta fotografía en la que, si se fijan con mucho cuidado o si pican en la foto para verla mas grande, la luna creciente a la derecha y la luna islámica sobre la punta del minarete a la izquierda, coinciden.



LUNA CRECIENTE en el barrio de las hilanderas de FEZ

El laberinto de la ciudad repentinamente se resolvía en la confluencia de tres callejuelas que así formaban una plazuela inesperada y diminuta. La penumbra del lento anochecer se volvía luminosa e imponía una extraña sensación de umbral, de etapa que comienza. Como si hubiéramos llegado al centro de un escenario iluminado, a una meta abierta donde algo comenzaría a suceder. Y así fue.
En ese cruce de callejuelas estaba una de las 369 fuentes de la ciudad. Por lo tanto, punto de encuentro de los vecinos de ese barrio de hilanderas, bordadoras y tapiceros. La fuente cantaba ronca su caída de agua sobre una pileta casi oculta a la izquierda. Era extraña porque era doble: dos veces su múltiple mandala de azulejos coloridos estaba enmarcado por dos arcos casi ojivales al pie de los cuales se extendía una banca que podía haber sido una pileta más antigua. Los niños jugaban, se hacían los brabucones, se perseguían o se sentaban en la fuente.
Y de pronto, mi amigo Eliot Weinberger y yo nos dimos cuenta de que la luna en el cielo tenía en ese momento la forma exacta de la luna de cobre que reinaba sobre la torre del templo: la luna islámica que coronaba el minarete.
Los niños que jugaban frente a la fuente se dieron cuenta también y comenzaron a disputarse quién la había visto primero. Se supone que cuando la luna en el cielo y la luna negra de la torre coinciden de esa manera, el primero que la mira obtiene baraka: una oleada de buena suerte, un momento favorable indicado por la composición de los astros, un poder invisible que lo hace afortunado. Pero el niño, más grande que los otros, a quien todos festejaban por haber sido el primero confesó que me había visto mirando hacia arriba y tomando esta fotografía. Que por lo tanto yo había sido el primero. Y como una oleada de risas blancas como espuma y gritos arremolinados en la palabra mágica "baraka, baraka", se vinieron sobre mí todos los niños para tocarme, para rozar sus mangas con las mías y así adquirir algo de la baraka que se supone yo tenía. Todo duró unos instantes. Quienes venían con nosotros, inmersos ya en lo que sucedía en el taller de tapiceros que había calle abajo, ni siquiera alcanzaron a percibir completamente lo que acababa de suceder.
Y los niños se retiraron, como las olas, más lentos pero decididos, siempre sonrientes diciéndome en voz más tranquila: gracias, gracias: shukran, shukran, shukran. Sólo se pusieron serios de nuevo al posar para mi fotografía.

LA BARAKA Y LA LUNA : Fez, la del lenguaje de mil niveles secretos, me mostró de golpe, no a la vuelta de una esquina porque casi no las hay en su laberinto de calles, sino bajo el aura de una antigua fuente de azulejos, el gesto enigmático de la luna y la baraka.
Yo no hubiera entendido lo que hacían los niños cuando querían tocarme buscando el contagio de la baraka, si mi amiga Oumama Aouad no me lo hubiera explicado hace tiempo. La barakaes una súbita bendición sobrenatural. Más que suerte es un destino que se adquiere de pronto. Por bendición divina. Es poderosa fortuna: los santos y santones, los marabouts, tienen baraka y la tienen sus santuarios, sus acciones y sus cosas. Que se vuelven reliquias o amuletos, como la Jamsa o mano poderosa que tiene baraka porque es también Mano de Fatma, la hija del profeta. Un poder único y extremo que además se hereda. Quienes han salido asombrosamente ilesos de catástrofes o sobreviven situaciones extremas es porque tienen baraka. Una tarde, en Rabat, al pie de la torre Hassan, hermana de la Giralda de Sevilla y de la Kutubia de Marrakech, mi amigo Tahar Lharech me contó la larga e increible historia de la baraka real. Un día tratan de asesinar al rey y, muy temprano, un comando entra a su palacio por el jardín. Cómo el rey estaba en jeans cuidando algunas plantas lo confundieron con un jardinero y pasaron de largo hacia el palacio donde suponían que él dormía. En el segundo ataque el rey iba en su avión y dos aviones militares enviados por los generales golpistas disparan y matan al piloto. El rey, que estaba entrenado para volar ese tipo de aviones, toma el mando y haciéndose pasar por el piloto, avisa por radio a los atacantes: "El rey ha muerto". Y salió ileso por segunda vez. Así, al escapar fabulosamente de dos golpes de Estado donde peligraba seriamente su vida, El rey Hassan II adquirió baraka a los ojos de su pueblo, incluidos enemigos y amigos. La baraka es un aura protectora sobrenatural.
La baraka cotidiana es explicada por el escritor Abdellah Taia en su libro Mon Maroc (Mi Marruecos), donde cuenta cómo, siendo estudiante en Ginebra, trataba de tocar subrepticiamente a su admirado profesor de literatura Jean Starobinski cuando se entrevistó por primera vez con él. Quería contagiarse de su baraka. "En Marruecos, cuando alguien logra algo, cuando alguien tiene un éxito, ponemos en contacto su ropa con la nuestra para quedarnos con algo de ese logro, algo de su baraka. En la universidad, en mayo, cuando se anuncian los resultados de los exámenes, los estudiantes que sacan las mejores notas se dejan tocar tranquilamente por los que reprobaron... es un ritual al que adhieren todos, hombres y mujeres."
En el mismo libro, Taia dice de manera clara lo que significa convivir con esa aura espiritual de quienes admiramos, queremos y dan sentido a nuestros pasos: "No vivimos tan sólo con las personas físicas que nos rodean, también se vive en compañía de aquellos que adoramos y cuya mirada y sensibilidad admiramos. Evolucionamos con ellos y gracias a ellos." Una de esas presencias orientadoras, en mi relación con Marruecos, ha sido Oumama Aouad. Y ella me explicó también el significado poderoso de la luna creciente. Me mostró que en árabe hay incluso una palabra especial para nombrarla. Así como hay 99 palabras distintas para designar cada una de las diferencias sutiles del amor, hay muchas palabras distintas para nombrar a la luna en sus fases y posiciones en el cielo. La luna llena se llama Al-badr. La luna creciente, en su primer día se llama Al-hilal. Cada día tiene uno nombre distinto. Y su crecimiento es símbolo de una evolución hacia algo mejor. Y de ahí que se considere afortunado estar bajo su existencia.
Normalmente, en los minaretes, en lo más alto de las torres desde donde el almuecín llama a la oración, uno de los cuernos de la luna creciente de metal señala en la dirección de la meca. Y con frecuencia, como en esta fotografía, bajo la luna hay tres esferas metálicas. Cada una simboliza un mundo: el material, el espiritual y el de los ángeles. En algunos sitios son cinco esferas representando el principio coránico de "Las cinco presencias divinas", cinco grados de la realidad, que incluyen las tres ya mencionadas.
El tiempo musulman se mide con un calendario lunar. Y el Corán habla del sol como "la otra luna". Y cuando se quiere hablar de la santidad del profeta, se cita la escena de una luna partida a la mitad por Mahoma y dando vueltas alrededor de la gran Piedra Negra, la Kaaba de la Meca. Tal y como lo hacen los fieles. Lo describe la Surata LIV del Corán. Y uno de sus sentidos es que, según se cree, en tiempos preislámicos la Kaaba era lugar de adoración de los astros, y sobre todo de la luna. Pero ante el Profeta la luna misma está subordinada a su dios y hace los giros de adoración a Alá que hacen todos sus fieles.
Aunque la luna creciente se ha convertido en símbolo del Islam y está en el escudo de muchos países árabes, su establecimiento como símbolo es mucho más reciente, es otomano, es decir turco, y muy probablemente tomado de Bizancio. Como lo atestiguan los mosaicos figurativos sobre la gran mezquita de Damasco, que antes fuera un templo bizantino.
La luna se vincula al destino desde tiempos muy antiguos y en muchas culturas. Se pueden ver todas las emocionantes referencias poéticas a la luna en la cultura japonesa en el maravilloso blog de Aurelio Asiain, Margen del Yodo.
Escribí sobre la luna y el destino en el ensayo, "Marguerite Yourcenar: la hilandera de la luna", que se puede leer en Con la literatura en el cuerpo (Taurus y Claustro de Sor Juana, nueva edicion 2008). Las hilanderas de la luna eran sacerdotisas que tenían en sus manos los hilos de varias vidas, tomados de los hilos de plata que sólo ellas sabían desenredar de la luna. En algunas culturas, afirma Mircea Eliade, los hombres temían el momento nocturno en el que las mujeres se ponían a tejer. Las fuerzas más tremendas de la vida se desataban tomando cauces imprevistos. Porque "La luna hila el tiempo y teje las existencias".
Y ahí estábamos, justamente en el barrio de las hilanderas de Fez, mirando a la luna en perfecta geometría con sus representaciones sagradas: una epifanía. El universo crea por un instante una composición exacta. Quien por casualidad la mira y admira obtiene baraka, se beneficia de su fuerza y su poder: por lo pronto el poder de una visión, de una composición poética de las cosas.
Ese astro femenino reinando de pronto sobre el oasis de los humanos en perfecta composición con nuestra mirada, está en este poema de Marguerite Yourcenar, que da baraka al que lo lea haciéndolo suyo, imaginando esta luna repentina que una mujer descubre de golpe reflejada en su espejo, atrás de ella y atrás de una duna. Triple identidad de formas en súbita composición que funciona como un conjuro:

Un rostro
grande y claro
asomará sobre esta duna
y el espejo del que te apartas
reflejará la cara tranquila
de la luna.


Y para terminar donde comenzamos, y así trazar un círculo como la luna llena, recordemos la bella frase de Karla sobre la luna en cuarto creciente que se convierte en plena; al lado de este elogio del viaje que hizo un poeta y filósofo del siglo XII, Al-Aaz Ibn Qalaquiss:
"Si pretendes llegar a valer algo, viaja: recuerda que sólo recorriendo el cielo la luna creciente se convierte en luna llena".
Consejo que Hassan Massoudy caligrafió así:

PERVERTIR las reglas con ironía es mucho más erótico que TRANSGREDIRLAS con violencia.


La respuesta de mis amigos en Facebook a la censura de la maravillosa y bella portada de la edición en inglés de Los jardines secretos de Mogador ha sido multitudinaria, asombrosa y llena de generosidad indignada. Ya son cientos los comentarios inteligentes e interesantes que han puesto. Muchísimos han tomado la imagen censurada y la han colocado como su "foto de perfil".
La revuelta o revoltorio anticensura, para verlo con vital ironía, ha sido muy divertida y emocionante. Yo siempre he creído que el erotismo no tiene necesariamente como meta romper las reglas, "transgredirlas", como sostienen muchos, sino además y más bien darles la vuelta: pervertirlas. En eso me sitúo completamente en contra de la idea motor de Georges Bataille. A quien encuentro eclesiástico hasta en su "herejía". Y trato de afirmar un erotismo más "solar" y vital, como aparece en la escena final de Los Jardines secretos de Mogador, "La flor Solar". (Sé que esta idea, esta crítica a Bataille y a su concepto de transgresión que tan cómodo resulta para los críticos de arte a la moda del "neoconformismo" paradójico, habrá que explicarla en otra ocasión.)
Por lo pronto, en el caso de esta censura increible por tonta en Facebook hice algo distinto a lo que me decían mis amigos partidarios de reincidir con la imagen censurada violentamente, poner otra más provocativa o "boicotear" el círculo que se ha formado alrededor de mis libros ahí. Para protestar con humor y a fondo, he colocado por un buen tiempo como mi propia "foto de perfil" esta imagen mucho más provocativa, obscena y muy bella: Y muchísimas otras personas han hecho lo mismo. Añadí:
Que lo sepa la censura: Todos somos para alguien, en algún momento, una fruta obscena.
Lo interesante de este apetitoso sexo que se deshace en la boca es que es un durazno, simplemente un apetecible durazno, fotografiado magistralmente por la artista Rosa Borrás. Y al mismo tiempo ese durazno es una metáfora del cuerpo: es lenguaje, no naturalismo. Y su lenguaje es poesía. Es un poema erótico visual.
Ella, la artista Rosa Borrás, durante la presentación de mi libro La mano del fuego, reseñada aquí abajo, dibujó a la entrada del sitio de presentación una inmensa vagina, inquietante y bella, admirable como merece ser admirado el sexo femenino. Esos labios inmensos estaban dibujados con pétalos de rosas de dos colores, más encendidos al centro. Y un amigo las describió así en su blog: "Apenas entrando al edificio se abren a nuestros pies unos labios enormes: una inquietante y bella vulva de cuatro metros dibujada con pétalos de rosas por la artista Rosa Borrás. El interior es de rosas muy rojas, casi sangre. Recuerda la insistencia que hay en el libro por pensar a la mujer amada como una revelación estética que nos rebasa, una realidad tremenda que nos mueve hacia ella mientras nos conmueve. Recuerda también a la protagonista de Los jardines secretos de Mogador, Jassiba, quien llevaba en la mano tatuada un puño de pétalos de rosa cuando conoce a su amante en el mercado de Mogador." Estos fueron hechos antes en el Festival de arte erótico de Puebla, donde yo vi el talento metafórico y sensual de Rosa, quien también está en FBook con una parte de su obra, mientras se puede. Aquí rindo debido tributo a esos labios irónicamente sacralizados. Y agradezco enormemente la inteligente y alegre algarabía anticensura de mis amigos.

CENSURA FACE BOOK A LA MAS BELLA MUJER DE MOGADOR: JASSIBA.


Hace un momento la censura de Facebook removió esta portada de un libro mío, por considerarla inmoral. !!!
Es una fotografía antigua, de una mujer bellísima, tomada por dos artistas que trabajaron mucho en el norte de Africa a finales del siglo XIX y a principios del XX, Rudolf Lenhert y Ernst Landrock. Esta fotografía y esta mujer, además, forman parte de la novela. Ella es uno de los personajes principales. La semana pasada salió de imprenta en los Estados Unidos, en la pequeña editorial White Pine Press, esta traducción de Rhonda Dahl Buchanan de mi libro Los Jardines secretos de Mogador. Me alegró mucho que apareciera y quise compartir la noticia con mis amigos de Facebook.
No es la primera vez que mis portadas son censuradas. En México, más que un tribunal moral del gobierno o de las editoriales, la censura viene de las tiendas, especialmente de las cadenas de autoservicio, cuyos vendedores o directivos tienen criterios más estrechos que en las librerías. ¿Qué protegen cuándo censuran una obra de arte? ¿A quién salvan de qué perversión? Por supuesto, la sensibilidad estrecha, la moral de cerradura, la hipocresía tienden a reproducirse. A buscar que nadie sienta o piense distinto.
Pero no todo es censura, por suerte. Y aunque sean excepcionales se pueden contar historias que son lo opuesto de la censura.
Tuve una experiencia asombrosa en una escuela primaria de la ciudad de México, el Colegio Williams, donde me invitaron a que leyera a los niños del quinto y sexto grados, como once años de edad, escenas eróticas de mis libros. Cuando pregunté a las maestras y a la directora si estaban seguras de lo que hacían me respondieron claramente: "Queremos que nuestros alumnos vean cómo se puede hablar del amor y del sexo abiertamente pero con sensualidad y poesía. De cualquier modo están expuestos a descripciones e imágenes burdas del sexo a todas horas en todos los lugares. Lo importante es que puedan comparar, que tengan una diversidad de opciones de ver lo mismo. No pretender que el sexo no existe sino lo contrario, darles palabras de todo tipo para hablar de él, conocerlo y comentarlo". Asistí a esa reunión con niños que me hablaban con enorme naturalidad de temas que a otros sonrojarían. Fue una sesión en la que estaban los padres presentes y en la que yo aprendí mucho sobre la naturalidad de la infancia para ver las cosas que son naturales y que otros enturbian con su mirada de censores. La censura es una hipocresía, una cerrazón, una negra patología peligrosa socialmente. Más peligrosa sin duda que lo que pretende sempre censurar.
(SI pican en la portada, se ve una imagen más grande y más clara de ella).

QUÉ ES LA JAMSA o MANO DE FATMA

Al publicar en este blog la entrada anterior, sobre las manitas de plata hechas en Marruecos como símbolo de convivencia entre árabes y judios, recibí muchas preguntas de personas que no han leído La mano del fuego pidiéndome alguna explicación adicional sobre esas manitas. En el primer capítulo del libro incluyo estos párrafos más o menos explicativos. El libro entero está organizado como una mano, con un capítulo a partir del simbolismo de cada dedo. Y a lo largo del libro aparecen más de veinte manitas marroquíes que he traído de Mogador, una en cada viaje, regalada por alguien cercano o comprada. Así el libro entero es álbum codificado de mis estancias mogadorianas. Aquí pongo algunas de ellas, desde las más figurativas hasta alguna muy abstracta.
Y entonces Zaydún comenzó así una labor de varios años que no llegaría a publicar vivo. Obstinada y aparentemente dispersa, arrancaba como una imagen fluida distorsionada en un espejo. Una imagen de cinco afluentes como cinco dedos llenos de palabras: Había una vez un contador de historias
enamorado locamente de una jardinera.
Era un río de palabras.
Agua sonámbula.
Era mi cuerpo antes, después, ahora.
Era una vez un río que me llevaba
hacia el corazón de mi amada,
entrando por sus ojos,
entre sus piernas,
por su boca,
por sus manos abiertas.
Y entraba también por la huella roja
que su mano dejó sobre su puerta blanca.
Puerta que se abre hacia lo invisible,
hacia lo indecible del amor:
La mano del fuego
. Sobre el portón de muchas casas de Mogador o sobre un muro encalado, y especialmente en las callejuelas laberínticas de la medina: la parte antigua de la ciudad, se puede ver la huella roja entintada de una mano. Los cinco dedos separados claramente. De alguno de ellos o de la palma entera escurre un poco de pintura. Es una huella poderosa: está ahí para ahuyentar a los malos espíritus, al mal de ojo o a cualquier otro tipo de maldición. Es una mano que conjura, bendice, protege. También es mano abierta para recibir al que en su cuerpo trae una presencia buena. Se llama Mano de Fatma o Jamsa. En árabe Jamsa significa cinco. Los cinco dedos de la mano de Fatma, la hija del profeta, protectora simbólica de los fieles. Pero también de los que dudan. Ella no juzga. Protege sin distinción. Jamsa es cifra clave del Islam. Son cinco las veces que el almuecín canta el llamado a la oración desde su altísima torre esbelta, su minarete o alminar. Cinco las claves del misterio que sólo Alá conoce (Corán VI-59). Cinco los Pilares de la Sabiduría. Cinco los motivos de ablución. Cinco los tipos de ayuno, las dispensas posibles del viernes, las fórmulas para decir que Dios es grande, los camellos que se necesitan para el pago ritual de un agravio, y cinco son las generaciones que debe durar una venganza entre tribus del desierto.
Para algunas tribus sufis que aceptan ser sonámbulas del deseo, cinco son las estaciones del amante en su viaje a conocer el fuego. Y cada una se reconoce bajo el emblema de un dedo. Cinco los símbolos de lo que mueve misteriosamente su cuerpo y, en la perfecta geometría de su corazón cambiante, cinco las mujeres que pueden ser diosas del amor al mismo tiempo. El cinco es un fetiche. Y es cifra en el doble sentido de número y de código secreto. Acumula significados: protección divina, símbolo de armonía, síntesis de los elementos del universo. Cada dedo es agua o tierra o aire o fuego y el quinto es la nada que los une. La nada que a la vez es todo. La quintaesencia. Mano poderosa que todo lo contiene, incluyendo al vacío. Que todo lo hace con posible habilidad y con decisión lo ejecuta, lo empuja, lo cuida. En otra mitología, que también imperó en Noráfrica y España, la mano se relaciona con Sagitario, el ser excepcional de doble naturaleza: hombre en la cabeza y caballo en el sexo, el que se mueve, sueña y desea más allá de sus límites naturales, el que extiende la mano al cielo como flecha. Signo de fuego y aire. Para algunos es tan sólo quimera. Para otros, destino. Una jamsa se pinta con frecuencia sobre los Kama Sutras árabes (como El jardín perfumado de Nefzawi, El collar de la paloma de Ibn Hazm, La guía del amante alerta de Ibn Foulaita, o el Tratado del amor y El intérprete de los deseos de Ibn Arabí) esos manuales que son poema, narración y ensayo al mismo tiempo y que nos ayudan a vivir. Y especialmente se pinta sobre esos volúmenes desde que uno de ellos se llamó La ley de Jamsa. Un manual del amor es un libro que nos lleva de la mano. Nos guía tocándonos. Conduce nuestros pasos desde los dedos y los ojos. En algunos manuales árabes del amor el cinco es fundamental marcando el ritmo de acercarse, de temperar el deseo: “El amante debe ofrecer a su amada cinco caricias prolongadas en cinco círculos concéntricos alrededor de cinco besos púbicos. Todo cinco veces repetido antes de pensar siquiera en entrar en ella. Y cinco veces debe escuchar que el cuerpo de la amada, en su lenguaje propio, no necesariamente con palabras, lo llama, lo reclama dentro. Sólo después de la quinta llamada el buen amante se aventura: eso se conoce en el amor como La ley de Jamsa. Y la mujer suele invocarla ante los ojos del amante simplemente extendiendo ante él la palma de su mano o colocándola suavemente sobre sus ojos.” “Los amantes más sofisticados --sigue diciendo La ley de Jamsa, dejan que nueve veces cinco crezca la tensión del arco amoroso que lo lanzará muy adentro del corazón de la amada. Muy adentro de su cuerpo. Cinco y nueve embebidos como cifras amantes, como amantes cifrados. Cinco largos y profundos más nueve cortos y leves son los movimientos amorosos que llamamos “ritmo de penetración y compenetración”; y que crean una composición amorosa perfecta. En esos horizontes del cuerpo, perfecta significa deseable. ”

LA JAMSA: UN ANTIGUO SÍMBOLO DE CONVIVENCIA ENTRE ÁRABES Y JUDIOS


En el extremo del mundo islámico que se conoce como Maghreb (que significa Occidente en árabe), hubo durante varios siglos algunas experiencias de intensa convivencia entre árabes y judíos. Una de las más importantes sucedió en Mogador, ahora llamada Essaouira, sobre la costa Atlántica de Marruecos. André Azoulay, Consejero del Rey de Marruecos y único judío en el gabinete de un gobierno árabe, y con mayor jerarquía que un ministro, me dijo hace algunos años: "En Mogador la misma nodriza alimentaba a un niño judío y a un niño árabe."
Desde el siglo XVIII un alto porcentaje de la población de Mogador era Judía, tanto de origen Sefaradita, de Europa central y España, como de origen Ashkenazi, de Europa del norte. Y eso fue planeado por un sultán árabe que deseó que su ciudad, el puerto de Mogador, se convirtiera en un nudo importante en la red de comercio que unía al norte de África con Europa por mar y con el sur del Sahara por tierra, por medio de las caravanas. Y durante muchos siglos lo fue. Uno de los más bellos cementerios judíos del mundo se encuentra en Mogador y está al lado del mar. La artesanía de la plata, una de las que fueron importantes en la ciudad, durante muchos años fue una actividad tanto de árabes como judíos. Y ahí se hacen muchas de las más bellas manitas de plata, los amuletos que llamamos Jamsa. Siendo un signo islámico que representa a la mano de Fatma, la hija del profeta Mahoma, tiene con frecuencia la estrella de David en la palma de la mano, mostrando un profundo mestizaje incluso en la cultura de la magia. Sirva entonces este amuleto para desear, como tantos, lo que ahora parece imposible: que acabe el odio, la sed de venganza y la violencia entre ambos pueblos.
Cada vez que crece la tensión de árabes contra judíos en el medio Oriente, se refleja con muestras de violencia popular antijudía incluso en Marruecos. Pero el año pasado, ante una manifestación de fundamentalistas islámicos, el actual rey de Marruecos, Mohamed VI, declaró con firmeza lo mismo que declaró y sostuvo su padre, Hassan II durante varias décadas y lo mismo que declaró su abuelo, Mohamed V, cuando en los años cuarenta se negó históricamente a dar a los nazis que ocupaban Francia, y por lo tanto controlaban Marruecos antes de su Independencia, la lista de judíos que el gobierno de Petain le exigía. Cada uno de ellos afirmó: "Judíos, católicos e islámicos de Marruecos son antes que nada súbditos del reino y no toleraré nada que atente contra la persona, el patrimonio o la reputación de los súbditos de Marruecos, sea de la religión que sea." El hecho de que los reyes de Marruecos sean de la familia Alaoui, descendientes directos de Mahoma, les da autoridad sobre cualquier imam fundamentalista y les permite ejercer esa salvaguarda excepcional. En este amuleto de mano abierta, la Jamsa, los simbolismos compartidos que confluyen muestran la posibilidad de otra concepción del mundo y de la vida cotidiana donde nada, ninguna creencia, ninguna reivindicación racial o polítican ningún ideal, ninguna utopía siquiera, justifique matar a otros o matarse por su causa.
(Timbres del Norte del Reino de Marruecos, entonces territorio español en parte, con estrellas de David, en 1898. Picando en la imagen se ve más grande y nítida).

PARA VIAJAR LEYENDO:
y tocar con la mente, los ojos y el corazón.


  • La mano de plata que se llama Jamsa o Cinco, es un amuleto más poderoso en cuanto más nos impresiona su belleza. Así nos damos cuenta de que la belleza de las cosas que nos rodean tiene un poder: la magia de ayudarnos a vivir. Casi todas las Jamsas que tengo me las han regalado mis amigos más queridos de Marruecos y las que aparecen en cada uno de los capítulos de La mano del fuego tienen también por eso la magia de la amistad. Además de los múltiples significados que la Jamsa tiene en ese libro que quiere ser un libro amuleto para quien quiera aceptarlo así: un libro Jamsa, libro mano, un elogio del tacto y de sus poderes. Gracias a ese libro, a través de él, sigo recibiendo de regalo manitas de plata llenas de afecto y de belleza. La más reciente es envío de una artista mexicana que vive en Londres, Jazmín Velasco. Lo publicó en su blog y me lo envío por FaceBook. Pensaba llevarse el libro La mano del fuego en un viaje que finalmente no pudo hacer, creo que por problema de visas. Pero lee el libro y viaja con él. Y le pide a su pareja, quien sí hizo el viaje, que le compre una Jamsa y le envíe fotos de su trayecto. Jazmín, generosa, me envía una breve anotación de su lectura, donde señala con certeza claves del sentido que tiene el libro. También me envía la foto de la manita de plata, la Jamsa, que le han comprado. En La mano del fuego es importante un "quiote", la flor del maguey que surge airada una sola vez en la vida de la planta y justo antes de morir. El relato del libro surge en la boca de uno de los protagonistas como una flor de maguey, una cascada de vitalidad antes del ocaso. Este es el texto de Jazmín Velasco:

    "Leyendo La mano del fuego:
    El hábito de leer regresó hace mucho a mi vida. Antes leía más de un libro a la vez pero ahora leo hasta cinco simultáneamente. Uno de ellos es La mano del fuego, de Alberto Ruy Sánchez. Lo estaba guardando para mi viaje a Omán porque se trata de un escritor que está estudiando un Kama Sutra árabe. También es sobre la cerámica, el fuego, los amantes... Es un libro sobre el fuego de la pasión.

    Hay algunos libros que parecen estar ahí para recordarnos la importancia de los sentidos cuando dejamos de apreciarlos. Cuando leí El Perfume, de Patrick Suskind sentí como si de pronto aprendiera a oler. Mi sentido del olfato es malo pero recuerdo que en aquel momento mi nariz funcionaba mejor. Bueno, este libro es comparable a El Perfume pero sobre el sentido del tacto. No sólo el sentido de tocar con las manos sino también con la mente, con los ojos y con el corazón. Realmente bueno.

    Pero no voy a decir más, todavía estoy leyéndolo. Aquí pueden ver las fotografías que Colin tomó para mí, para mostrarme lo que me estaba perdiendo. Y la mano de Jamsa que le pedí que me trajera. Esta mano es un símbolo que aparece a lo largo de todo el libro." J.V.



    Dos quiotes con la flor a punto de volverse dorada. Dicen que los pájaros esperan que madure para comérsela.


  • UN JARDÍN DE ARROZ ENTRE LOS OJOS


    En una ciudad de Bali entretejida de arrozales y jardines, una mujer bellísima, Ayú, cultiva el más extraño que yo he visto: con miel, entre ceja y ceja, se pegaba nueve granos de arroz. Pregunté a mi amigo Katut sobre esa extravagancia. Sonrió, suplicándome que yo nunca contara lo que él estaba a punto de mostrarme. Seguimos discretamente a Ayú, hasta una casa de masajes que se encuentra en la calle del Bosque de los monos. Se entra por un patio de muros bajos de ladrillo, que es un templo. Detrás de una columna escuchamos a otra mujer que le preguntó en tono de burla:
    ¿Ya regresó tu dios azul?
    Ayú, indignada, no respondía. Pero cada tarde alquilaba una de las terrazas de masaje y esperaba…
    ¿A su amante?, pregunté.
    No, está convencida de que Shiva mismo vino a hacerle un masaje la otra noche. Tan profundo que le tocó el corazón, por dentro.
    ¿Cómo, por dentro?
    Sí, la semana antepasada, que hubo luna llena, Ayú vino a tomar un masaje. Se instaló desnuda en la sala que usa siempre pero se durmió esperando. Yo terminé mi trabajo en el arrozal, prosiguió Katut, y vine a tomar mi clase semanal de masaje. También olvidé que en luna llena todos los empleados aquí se van al templo principal de la ciudad. Cantan y bailan y hacen ofrendas por un par de horas. Entré por error a donde Ayú dormía y, sin mirarme, dio órdenes tan firmes que pensé que era mi nueva maestra. Las seguí con esmero. Tanto que los dos fuimos muy felices.
    Nos amamos y nos quedamos dormidos. Cuando regresaban las masajistas, las escuche reír en el patio de entrada, me di cuenta del equívoco y escapé en silencio antes de que nadie me viera. Cuando Ayú despertó yo me había ido. Ellas le juraron que nadie estuvo ahí. Que había soñado. Pero Ayú tenía una prueba de la presencia que había hecho florecer sus deseos. De mi camisa habían caído sobre la cama varios granos de arroz y nueve, con mi sudor, quedaron pegados en su frente mientras dormía. Y eso, ella insiste, 'en la última luna llena de 1999, es un claro mensaje de Shiva. Una indicación de cómo dirigirse a él, de cómo hacerle ofrendas'. Desde entonces Ayú renueva y ofrece ese jardín entre sus ojos. Algunas mujeres en la ciudad ya la imitan. Y hasta algunos hombres también. En cada grano de arroz, observado verticalmente, Ayú ve la representación de un Lingam (el falo del dios Shiva) mágico y diminuto, para llevarlo en la mente y en la frente, y que así le recuerda sin falta su enorme felicidad.”

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    La bella Ayú Utami:
    En octubre, mientras estaba en Bali, recibí esta carta: "Estimado Alberto Ruy-Sánchez: El Cultural de El Mundo (España) cumple este mes de noviembre sus primeros 10 años de vida y queremos celebrarlo con los autores, los grandes narradores, como usted. Estamos pidiendo a los autores que más admiramos un relato breve, de unas 250 palabras, sobre un año concreto de esta década (de 1999 a 2008, aunque 2003, 2004 y 2008 ya han sido elegidos). Usted decide.Por favor, dígame si puede hacerlo, y enviárnoslo antes del próximo miércoles 4 de noviembre. Ah, y díganos también qué año elige...
    Un abrazo muy cordial
    Nuria Azancot, El Cultural de El Mundo"

    Mi envío se publicó en su número de aniversario, el 13 de noviembre del 2008, con una presentación titulada "Diez años, diez historias."
    Yo escribí, para Nuria Azancot, este cuento donde combiné una historia que me contaron en Ubud, en la fabulosa sala de masajes de la señora Nour, con la extraña costumbre que tienen en Bali de ponerse unos granos de arroz en la frente, entre las cejas. También pensé en mi amiga, la bella y muy reconocida escritora indonesa Ayú Utami, quien tiene en la frente un lunar que parece un granito de arroz y que enfatiza su actitud felina, que por otra parte ella cultiva. Como se ve en su fotografía. (Su novela Sanam, por cierto, es muy interesante y se puede leer en inglés en edición virtual de google: aquí. O puede comprarse en internet en la edición de Equinox Press, traducida por Pamela Allen, aquí).


    También pensé, por supuesto, en el valor simbólico que tiene el número nueve en los ritos a Shiva, relacionando con ironía los tres nueves del año 1999 a los granos de arroz que son como Lingams de shiva increiblemente diminutos. Tengo además un par de fotos con mujeres luciendo esos granos en el mercado o poniéndoselos en el templo. Aquí, en el cuento anterior, me inventé un origen equívoco de esa costumbre que es en realidad un tipo de ofrenda que, como las flores, es llevada sobre el cuerpo.

    DE LOS LIBROS COMO OFRENDAS


    En Bali me hicieron una de las preguntas más difíciles y extrañas que he recibido. Fue durante el festival de escritores de la ciudad de Ubud. Una periodista comenzó su entrevista diciéndome: ¿qué tipo de ofrenda son sus libros? No entendí por qué decía "ofrenda". Otra mujer que venía con ella y que conocía algunos de mis textos le había sugerido la pregunta. Era australiana pero conocía muy bien Bali. Sacó de su bolsa la revista que contiene el programa del Festival y me mostró el logo: una ofrenda de libros puestos sobre un recipiente con pedestal, de los que se usan en los templos de esa isla en ocasiones especiales. "Aquí, -me dijo, los libros son ofrendas, como las flores y los frutos y las galletas de arroz y el incienso." Ante mi mirada escéptica aclaró: "los buenos libros". Y ya con franco tono de reproche: "¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿No te has dado cuenta de que hay una ciudad de Ubud invisible y otra visible? Y lo que las une son las ofrendas. ¿No te has dado cuenta de que toda la ciudad de Ubud está llena de ofrendas?"
    Y era lo que había notado la mañana anterior, la primera que amanecíamos en Bali. Había salido muy temprano del hotel para tratar de comprar un traje de baño. Pero todos los comercios estaban cerrados. Nuestro hotel, el rústico y cordial Ubud Inn, un jardín con hotel más que un hotel con jardín, está al sur de la ciudad, sobre una calle que se llama El camino del Bosque de los Monos (Monkey Forest Road). Uno de los dos ejes de la ciudad. Se extiende desde el bosque donde viven cientos de monos y tienen su santuario, hasta el Palacio de Ubud, más o menos dos kilómetros arriba. Frente al Palacio está el mercado y hacia allá caminé con la esperanza de encontrar alguna tienda abierta. Pero incluso el enorme mercado, que en casi todas las ciudades abre los ojos antes que nadie y palpita con prisa, estaba casi quieto.
    Lo curioso es que había gente en la calle, prácticamente enfrente de cada puerta, pero se dedicaban a algo que me pareció extraño. Colocaban unos platitos pequeños de palma tejida, normalmente cuadrados, en los que había flores de tres colores y un hojita con un poco de arroz al vapor. En algunos, una piedra de río, una galleta de arroz o un caramelo. En casi todos, incienso ardiendo. La calle entera olía delicioso. Un verdadero paisaje de aromas.
    Los platitos olorosos estaban por todas partes, a media banqueta o en el umbral, en un altar levantado sobre tarimas improvisadas o encima de las esculturas de piedra que presentan a dioses y demonios guardianes de las casas. Las ofrendas se acumulaban unas sobre otras o convivían en hileras. Hasta dentro de las fuentes dibujaban como ofrenda una especie de mandala con pétalos flotantes.
    Y frente a algunas casas hay medias columnas barrocas que sólo existen para poner las ofrendas. En cada campo de arroz, una ofrenda. Y las hay con forma de banderines, de estelas de paja, de figuras tejidas en palma que cuelgan de una lanza que se dobla al viento.
    El primer plato de paja que me encontré tenía las flores secas y la palma amarillenta. Era claramente de otro día. ¿Eso significaba que lo hacían todos los días? En efecto, todos los días la gente pone estas ofrendas en la calle, dentro de las casas, en las oficinas, en los automóviles, especialmente en los taxis. Hasta en el mostrador del banco donde fui a cambiar dinero me encontré una en cada ventanilla.
    Comencé a preguntar a quién le ponían esas ofrendas. Y aprendí que había espíritus que se arrastran y espíritus más altos y otros que vuelan. Y que cada ofrenda es un lenguaje de amistad con los innumerables espíritus poderosos que hay en cada cosa. Y es necesario proteger cada puerta, cada ventana, cada ocasión de recibir el enojo de los dioses y espíritus. A diferencia del resto de Indonesia que es mayoritariamente islámica, en Bali se vive una mezcla peculiar de budismo, hinduismo y animismo. Pensamientos religiosos compatibles e imbricados. Pero que fluyen gracias a ese animismo total: todo tiene dentro un ánima poderosa. Y a cada una hay que ofrecer un alimento de símbolos: flores de los colores de Brahma, Shiva y Vishnu, la triada mayor de los dioses hinduistas; arroz sobre hojas de plátano, comida material y espiritual al mismo tiempo. Incienso porque el olor y el humo son los conductos por los que navegan mejor las plegarias y los gestos de los humanos hacia arriba, donde están las ánimas. Hacia el reino de los soplos.
    En otros sitios de Indonesia, notablemente en Java, donde se cree en la existencia de esa realidad paralela, se acepta que en Bali los espíritus están notablemente más contentos que en otras partes. "Están bien alimentados y nunca se les maltrata", dicen muy seguros. "Y los espíritus de Ubud nos responden con la misma moneda".
    Miles de ofrendas parecen multiplicarse como hongos en la ciudad. Objetos propiciatorios del buen desarrollo de la vida. Constancias del pacto entre lo de allá y lo de acá. Garantía del equilibrio entre el bien y el mal, lo obscuro y lo luminoso.
    Una forma de esa armonía se manifiesta también en la manera en que están distribuidos los espacios dentro de una casa y las casas en la ciudad, con sus innumerables jardines y arrozales. Porque Ubud es una verdadera trenza de flores, campos en terrazas inundadas y templos. Miguel Covarrubias, que todo aquí lo vio con pasión y curiosidad, lo explica y lo dibuja en su excelente ensayo Isla de Bali.
    Y no es lo mismo vivir de un lado del arrozal o del otro. Una mudanza sin sentido es algo que no se hace, explica mi amiga Janet De Neefe en su bello libro Fragrant Rice, my continuing love affair with Bali. Dice que algunas mujeres pasan hasta el treinta por ciento de su tiempo preparando ofrendas.
    Por eso las vemos en los mercados tejiendo canastitas de palma entre cada cliente. Las vemos en la calle llevando sobre la cabeza o en brazos la canasta en forma de charola llena de pequeñas ofrendas que irán poniendo aquí y allá, según una ruta precisa y obedeciendo a los puntos cardinales de la cosmología balinesa. Cada vez que ponen una hacen los gestos rituales de mover la mano, con una flor entre los dedos, abanicando tres veces la esencia de la ofrenda hacia los espíritus. En los templos, además, un momento de recogimiento se impone. Los templos son plazas con sitios abiertos para poner ofrendas. Todo es altar, la barda, la figura del dios hinduista al que se dedica el templo, y hasta el árbol que evoca al que le dio sombra a Buda cuando tuvo su iluminación.
    Hay una enorme variedad de ofrendas para diferentes ocasiones obedeciendo a un código riguroso y con nombres distintos. Hay algunas que son como pirámides enormes de frutas y flores para las bodas y los entierros. Aparecen en la pintura balinesa tanto como en la vida. Hay otras ofrendas que se hacen al nacer los niños, y que incluyen un entierro de la placenta bajo una piedra en el portal de la casa. Como cuenta que hizo, cuando nacieron sus hijos, Janet De Neefe. Otra ofrenda necesaria, según me dijeron cuando la vi extrañado, es poner sobre las puntas agresivas de una planta de aloe cascarones de huevo que las domen. Hasta los bellos y sorprendentes textiles que hacen ahí (y hay sobresalientes tejedoras en buena parte de Indonesia), comienzan siempre con una puntada ritual que consideran una ofrenda. El nudo propiciatorio.
    Y ya se sabe que, simbólicamente, al tejer una tela se tejen destinos, se teje al mundo. Tejer, como vivir unos con otros entretejidos también con lo divino, implica siempre hacer ofrendas. Las ofrendas dan firmeza a la trama de la vida.
    Pero aún reconociendo la existencia tenaz de las ofrendas en Ubud, yo no podía responder a la pregunta de la periodista sobre qué tipo de ofrendas eran mis libros. Pedí a la periodista australiana que nos explicara lo que había pensado: "Sus libros, me parece, dijo mirándome a los ojos, son ofrendas a las fuerzas más terribles y peligrosas que nos habitan. Las fuerzas que pueden ser muy luminosas o muy obscuras: las del amor erótico. Pero sus libros también son ofrendas al espíritu de aventura y sutileza entre los amantes, al espíritu de sorpresa enamorada. Sí, son ofrendas al espíritu del fuego en la carne y al espíritu del asombro entre los amantes." Me recomendó enfáticamente que leyera un libro de Fred Eiseman que se llama Bali, sekala y neskala. Es decir, Bali, lo visible y lo invisible. Una recopilación de ensayos sobre artes y rituales de Bali. Ya había terminado cuando recordó los títulos de mis libros y me dijo, de nuevo como reproche. "¿Y cómo? Usted dedicó cada uno de sus libros a uno de los elementos: agua tierra fuego y aire. Pensé que lo había hecho intencionalmente, como ofrendas a los espíritus que hay en cada unos de esos elemento. ¿No fue así?"
    Cambié la conversación para no desilusionarla. Le dije que, de manera más general, todo arte y especialmente las artes plásticas son un puente que nos lleva de lo visible a lo invisible, de lo tangible hacia aquello que lo rebasa, que lo trasciende.
    Me dijo,"No me entiende. Cada libro, si está vivo, invoca, provoca, apacigua, alegra algo en nosotros que es un espíritu que pudiera volverse en nuestra contra o a nuestro favor. Un festival como éste, con tantos escritores y tantos libros, es como un aquelarre de espíritus. Y cada uno de los que asistimos a él elegimos los nuestros. Compramos los libros y los llevamos con nosotros por algo que tiene que ver con lo invisible en nuestras vidas. Un libro es una ofrenda y un ritual. Uno de los suyos, por ejemplo, Los nombres del aire, me ayudó a ser más feliz con una novia al poner en nuestras bocas nuevas palabras para nombrar nuestro amor."
    No cabe duda de que viajar con los libros bajo el brazo a sitios de culturas distintas se convierte en una confirmación personal de lo imprevisible y variado que es el acto de leer. Yo nunca hubiera pensado en mis libros como ofrendas para provocar la armonía entre dioses y espíritus del cuerpo. La armonía amorosa entre el mal y el bien que mueve a los amantes. Entre lo salvaje y lo tierno, lo inesperado y lo cotidiano. Pero, sin que yo hubiera podido imaginarlo siquiera, ella los había convertido también en eso. Una vez más comprobé que, con incienso tal vez en esta ocasión, el escritor invoca al fuego pero el lector lo enciende.

    A LA VIDA POR EL FUEGO. Una carta sobre la lectura como afirmación de la vida


    Creo que ninguna de las cartas que he recibido de mis lectoras me ha conmovido tanto como ésta que acaba de llegar de Gabriela Salazar Díaz. Hace unos meses, en agosto, esa fabulosa asociación que es Letras Voladoras organizó varios clubes de lectura de mis libros que duraban un mes. Al terminar cada uno me invitaron a reunirme con los lectores y responder a sus preguntas. Fue una experiencia excepcional para mí: lecturas inteligentes, intensas, apasionadas. Estuvimos en Puebla y en el Centro de la ciudad de México. Una reunión en Cuernavaca se canceló pero recibí entonces mensajes de algunas de las personas que habían manifestado interés y curiosidad. Entre ellas Gabriela Salazar Díaz.
    La segunda semana de noviembre recibí esta carta de ella donde, una vez más se comprueba que, más allá de lo que el autor de un libro haga, planee, desee, los libros tienen en las manos y en los ojos de los lectores una vida imprevisible y nueva. Y el autor que piense que es su mérito se equivoca. Es el lector quien hace suyas, hace útiles o inútiles, bellas o cursis, deseables o repugnantes, las palabras aventuradas que el escritor extiende ante sus ojos. Las palabras de mi novela tratan de considerar al erotismo como afirmación de la vida. Y a la experiencia intensa de los sentidos como una manera de estar en el mundo. De estar mejor en el mundo. Pero cada lector, en cada momento de su existencia, hace con ello lo que puede o lo que quiere. Le da sentido a un libro o se lo quita. Lo que aquí cuenta Gabriela Salazar de manera sencilla, clara y elocuente, enriquece a mi libro. Otorga más de lo que toma. Lo hace fructificar en una experiencia memorable. Y festejo con enorme alegría lo más importante, su reestablecimiento.


    Hola Alberto:
    No sé si me ubiques, soy uno de tus tantos contactos de facebook, de Cuernavaca. Hoy quiero contarte tres pequeñas historias que de alguna manera se vuelven una.
    Hace mes y medio estuve en el DF para que me hicieran algunos estudios médicos. Aproveché el viaje para encontrarme con un buen amigo de quien me iba a despedir porque unos días después se iría a vivir a Francia. Mientras esperaba a que llegara, me paseaba por una librería y me encontré con tu libro La Mano del Fuego, que por cierto el vendedor me recomendó ampliamente y sin lugar a dudas lo compré.
    Mi día terminó así: mi amigo nunca llegó a nuestra cita y ya no volví a saber más de él. E l libro fue colocado en un librero, incluso con su empaque original esperando a ser leído algún día; y en los estudios que me realicé esa mañana me diagnosticaron una leve sospecha de cáncer...
    Ahora me encuentro en convalescencia tras una cirugía que me realizaron una semana atrás. Han sido siete días no solamente de recuperación física y emocional, sino también de espera, incertidumbre y de hacer un balance de mi vida... de la vida... Y durante este proceso me hice acompañar de La Mano del Fuego. No sabía que así sería, pero lo disfruté tanto que no quería que terminara. En estos momentos en que me encuentro tan sensible, sentí que me encantaría poder vivir la vida de esa manera, con los cinco sentidos abiertos a todo aquello que nos rodea, a aquello que por ser pequeño resulta ser lo más grande, que por ser sencillo es lo más enriquecedor. Y me sentí envuelta no sólo en el deseo erótico, sino en el deseo de vivir, de existir y de disfrutar cada sensación que me permite ser quien soy.
    Creo que elegí el mejor momento para leer tu libro. Gracias por acompañarme con tus palabras aun sin saberlo. Efectivamente creo que la muerte se codea con nosotros desde siempre, pero cuando la tienes cara a cara... ufff se siente un miedo frío... muy frío... y sin embargo, en estos momentos todo se siente diferente después de leerte, ha sido un gran deleite para mí entrar en calor y acercarme al fuego. Gracias...
    Gabriela Salazar

    Jardines a la medida de tu cuerpo

    A propósito de la manera en que cada quien hace suyo el significado de un libro, y además le da los usos que necesite, recibi esta carta de la artista Marcela Lobo. Y me alegra que haya podido así servirle:

    Hola Alberto: Soy Marcela Lobo, nos conocimos el martes en la Subasta de Arteria 28, bueno pues eso de escribirle algo a un escritor es realmente atrevido pero voy a tratar de contarte lo mejor que pueda mi historia con Los jardines secretos de Mogador :
    Bueno la felicidad empezó cuando Graciela de la Torre supo que nos íbamos a Marruecos. Me recomendó tu libro Los jardines secretos de Mogador, que compré ese mismo día y empecé a leer de inmediato. Así que en ese momento abandoné la pintura, el barro, la vida cotidiana y todo lo que me pudiera distraer de él. Ya me había ido a Mogador con todo y tu libro. Lo leí y lo releí con mucho cuidado y en mi cabeza fui organizando lo que seguiría. Corté pétalos de algunas flores, tréboles y hojas diferentes, las puse como cuando era niña en papel secante adentro de un gran libro y arriba muchos libros más para que se plancharan. Todos los días pasaba por la torre de libros y pensaba :¿Cuánto tiempo se tardarán en secar mis flores y en quedar planitas?
    Mientras, me entretuve en fotocopiar los versos, volverlos a leer, les hice un marquito y los recorte muy derechitos, puse cada uno en un sobre y adentro de cada sobre fui poniendo cosas diferentes para hacer las pistas y que en nuestro viaje a Marruecos, en cada lugar diferente al que iríamos mi marido pudiera encontrar “el jardín secreto”: llegar a mí.
    En un sobre puse estrellas de esas que nos ponían cuando éramos niños en la escuela si te portabas bien, unas más chicas, otras más grandes y ya en el lugar la iba pegando por el suelo, subía por las paredes, bajaba, daba una vuelta, se escondían un poco y así hasta que llegara al sobrecito cerrado con el verso y entonces lo disfrutábamos leyéndolo juntos. Él no sabía de donde había yo sacado esos versos tan maravilloso y siempre me preguntaba… pero eso lo sabría hasta el último sobre.
    Otra pista era hecha con chaquiras que fue siguiendo desde la calle. Con esa pista se tardó un poco más pues se le perdía el rastro, otra fue con hojas secas que nos llevaron hasta el Hammam, con flechas recortadas del periódico que pasaban por enmedio del Riad. Un mesero le llevaba un refresco y el principio de la pista y así hasta agotar los versos y el viaje.
    El día de su cumpleaños abrió el último sobre que contenía tu libro, en cada jardín secreto tenía flores secas pegadas (las que sequé en la torre de libros) para que nunca pierda el rumbo y siempre encuentre el camino para llegar a mí.
    Esta es la historia y lo más curioso es que llegamos a Marrakech una noche y al día siguiente empezamos el viaje por Essaouira antiguamente llamado Mogador. Yo temblaba de la emoción cundo lo recorrimos, con sus colores azules, el mar, su puerto amurallado.
    Así que te quiero agradecer lo místico y maravilloso que hiciste nuestro viaje a Marruecos, que disfrutamos enormemente.
    Siempre supe que un día te lo iba a contar y ya lo hice.
    Me encantó conocerte y espero me invites a la presentación de tu próximo libro. Me gusta muchísimo como escribes y nos veremos pronto, estoy segura.
    Un beso
    Marcela

    Mirar con las manos


    Una buena parte de La mano del fuego. explora la sensualidad de los sentidos que intercambian sus funciones. Y, sobre todo, los enormes poderes del tacto. Un crítico generoso escribió que La mano del Fuego es para el tacto lo que la novela El perfume es para el olfato. Y otro escribió que La mano del fuego "es a la vez una épica y una poética del tacto". La última sección del libro, que se titula "Entremanos", cuenta la biografía del narrador de las secciones anteriores del libro desde el punto de vista del tacto. Menciono esto porque ayer recibí de un lector boliviano un comentario entusiasta sobre la dimensión táctil del libro, pero sobre todo me envió una película documental dedicada a un pintor turco, Esref Armagan, ciego de nacimiento pero que, literalmente, ve con las manos. Y pinta unos paisajes fabulosos que nunca ha visto con los ojos. Incluso pinta utilizando la perspectiva, la proporción y con un colorido impresionantes. No es el caso de alguien que haya perdido la vista y recuerde. Esref nunca vio. Nació sin ojos. Es una historia muy impresionante porque al tocar percibe tanto que alcanza a tener una impresión del espacio e incluso del ámbito que no le es inmediato, como si mirara. Ve con las manos. Unos científicos deciden estudiar el caso y descubren que la actividad de su cerebro a la hora de tocar es muy intensa en zonas que sólo se activan normalmente a partir del nervio óptico. Y su actividad es muy intensa. !Es un genio visual... pero sin ojos! Su mano de fuego mira y le ilumina el mundo. Los científicos deciden hacer con Esref una prueba mayúscula. Lo retan a que pinte un edificio que es engañoso a la vista: el baptisterio octogonal que diseñó Brunelleschi en la Piaza del Duomo, de Florencia, durante el Renacimiento como una proeza de la perspectiva. Lo llevan a Italia y le permiten tocarlo todo. Vemos al turco Esref Armagan vencer obstáculos y realizar sin dificultad la misma proeza del genio renacentista. Es asombroso. Mi personaje mira como él con las manos. Pero junto al turco Armagán, mi narrador mudejar Ignacio Labrador Zaydún, que parecía de tacto demasiado sensible, ahora resulta más bien moderado. Eso sí, siempre equívocamente excepcional: tiene y usa a fondo, sin duda, su mano de fuego cuando toca al mundo.

    (Este video sobre Esref me llegó hoy también gracias a diferentes corresponsales y algunas lectoras de La mano del fuego. . En FaceBook me llegó antes por Lorenzo Lazo. Ha circulado muchísimo porque es muy impresionante. Si la película se tarda mucho en bajar o se interrumpe piquen en la imagen y vayan a Youtube directamente. Allá o aquí, opriman el botón de pausa unos minutos, prácticamente hasta que se haya cargado casi toda la película para poder verla sin interrupciones.) Me llegó también otra película interesante, sobre un niño sin ojos, Ben Gordon, que en vez de usar las manos usa el oído. Camina sin perro ni bastón blanco de ciego. Los substituye por un chasquido que hace con la lengua y el eco de sus propios ruidos le permite caminar normalmente. Y hasta jugar basquetball encestando siempre. Pero esa es otra historia fabulosa para otro día.

    Dos sonrisas, una invisible.

    Voy de la Colonia Roma hacia San Ángel en el metrobús, leyendo. Obsesivamente trato de hacer anotaciones y traduzco doce veces en un sobre de papel manila un antiguo poema japonés. Primero contando las sílabas rigurosamente, luego alterando el ritmo y al final cambiando incluso cada imagen. Hasta que ya es completamente otro:

    Desde la íntima hendidura
    de tu bosque obscuro
    mi aliento abre tus ramas.











    Casi nadie lee en el metrobús. A diferencia de otros países donde todo mundo va leyendo en el metro, como Japón o Francia, en México eso es más bien raro. Pero hasta leer de pie y entre apretones es una manera de cambiar positivamente el trayecto y hacerlo mucho más agradable, más rápido, más intenso vitalmente inclusive. Las imágenes de un bosque japonés lleno de penumbra, como los que conocí cerca de Kioto, las imágenes de ese bosque como metáfora de un pubis, y luego las piernas como ramas que me hacen pensar en las fotografías de Alicia Ahumada; todas esas imágenes se me mezclan con lo que voy viendo en la también hirsuta avenida Insurgentes.
    Termino mi poema y al tratar de guardarlo, el papel se me cae al piso. Mientras lo levanto veo que en uno de los asientos, al lado, una mujer joven lee muy concentrada un libro verde con un insecto amarillo en la solapa y una mano extendida en la portada. Es La mano del fuego.
    Veo que está a punto de terminar el libro. Recorre esa lista que es como un resumen irónico de toda la novela y que llamé “Índice kamasútrico de asuntos interrumpidos”. De pronto se detiene y le pide al hombre que está a su lado un lápiz o una pluma. Como no tiene, automáticamente le ofrezco la que yo traigo en la mano. Me da las gracias casi sin verme y yo me doy cuenta de que ella marca en la página dos frases, dos entradas del índice. Primero: “Sobre el asombro ante los labios del sexo y su famosa, empinada y curativa “sonrisa ayurvédica”.
    Al leerla yo, detrás de su hombro, me pregunto si fui poco claro al formular así esa frase que se refiere a la sonrisa del sexo femenino, extendida desde adentro, abierta y empinada. Pero es claro que no puedo preguntarle qué entiende por esa frase que acaba de señalar. Tal vez ella se imagina algo mejor y más divertido que lo que yo ponía en ella. La miro sonreír levemente pero respira muy hondo. Tal vez, por dentro, o más bien abajo, sonríe ampliamente mientras aspira.
    Luego marca otra frase, un poco más arriba: “Sobre las virtudes y significados del dedo índice en el amor y en la vida. El dedo con el que se abren las cortinas del paraíso.”
    Lee de nuevo lo marcado y en su cara se dilata una enorme sonrisa. Cierra el libro y se lo lleva al pecho, lo hunde entre sus senos y su sonrisa crece más todavía mientras lo presiona.
    No me atreví a interrumpirla para pedir mi pluma cuando ya tenía que bajarme así que se la dejé. Y desde la calle la observé de nuevo, abrazando el libro en la misma posición y sonriendo. Ella nunca sabrá lo feliz que me hizo con su doble sonrisa.

    DESDE EL CAIRO

    Conmovido por las reacciones de la gente y mientras encuentro el momento de dejar unas impresiones de la ciudad, pongo esta nota de prensa.
    egipto-mexico

    Alberto Ruy-Sánchez, autor de LA MANO DEL FUEGO, reivindica en El Cairo herencia árabe en cultura mexicana.
    El escritor mexicano Alberto Ruy-Sánchez reivindicó hoy en El Cairo la herencia árabe que impregna múltiples aspectos de la cultura mexicana, desde la lengua a la arquitectura pasando por la cerámica y hasta el urbanismo. Invitado por la Unión de Escritores Egipcios con ocasión del estreno de su nueva sede en la Ciudadela de El Cairo -el lugar más alto de la megalópolis-, Ruy-Sánchez ofreció su conferencia ante un público compuesto principalmente de escritores e intelectuales. Sin embargo, no fue de literatura de lo que habló, sino de 'las huellas árabes en las cosas cotidianas que nos rodean, que no identificamos como árabes y que incluso las consideramos parte de la identidad mexicana'. Así, habló de la cerámica de Puebla -similar a la de Fez-, los textiles de Chiapas -con motivos que se repiten en todo el Magreb-, los artesonados y los trabajos de carpintería en general, con sorprendentes parecidos en Marruecos y en México.
    El escritor mexicano recordó que las 4.000 palabras árabes que conserva la lengua española están en México incluso más vivas que en España, y dio varios ejemplos -mandil, alberca- que deleitaron al público egipcio. Ruy-Sánchez llevó más lejos su tesis. Para él, esta herencia se encuentra incluso en 'nuestra manera de ser, laberíntica pero cordial' y hasta en el urbanismo, pues la concepción de las ciudades mexicanas indica una forma de ocupar el espacio similar a la de las medinas del Magreb: un espacio para acercarse al vecino, no para distanciarse, como sucede en EEUU. Todos estos paralelismos, según él, no son meras coincidencias, sino que se deben a que la enorme influencia que los ocho siglos de presencia árabe-bereber en España no desaparecieron en la nada, sino que viajaron a América con los primeros colonos, quienes impregnaron a sus nuevas posesiones de esa herencia árabe.
    Entre las tesis más sugestivas de Ruy-Sánchez está la de que la conquista de América debe mucho a la realidad de los reinos de taifa en la España musulmana: así como los príncipes cristianos o musulmanes se aliaban sin cesar con los enemigos de sus enemigos, Hernán Cortes y Pizarro tumbaron imperios poderosísimos usando estas estratagemas. Con Cortés y Pizarro se desarrolló además un mestizaje que era un hecho en la España musulmana, un mestizaje que en absoluto ha existido en la colonización de Estados Unidos, y que explica el hecho de que en inglés no existe una palabra equivalente al 'mestizaje'. Ni que decir tiene que el público cairota escuchó embelesado las hipótesis de Ruy-Sánchez, que les hizo sentir que la gloria de la cultura árabe no se quedó en Al-Andalus sino que cruzó los mares hasta impregnar la cultura del Nuevo Mundo.
    El escritor mexicano ofrecerá otras dos conferencias sobre el mismo tema y sobre su obra y su 'ultima novela, LA MANO DEL FUEGO (efitada por ALfaguara), el viernes en una librería del centro de El Cairo -donde firmará ejemplares de sus libros- y el domingo en la Universidad de El Cairo, ante los estudiantes y maestros de español.
    Terra Actualidad - EFE

    Alberto Ruy Sanchez, le romancier mexicain envoûté par Mogador

    Rachid Mamuoni, antes de la nota anterior, hizo esta entrevista aparecida tambien en Le Matin du Sahara:

    Le romancier et essayiste mexicain Alberto Ruy Sanchez vient de signer un cinquième et dernier roman, 'la main du feu', qui plante le décor encore une fois dans la ville de Mogador, à laquelle il se dit très attaché.
    Pour lui, Mogador, beaucoup plus qu'une ville, est un endroit qui lui inspire la 'recherche narrative sur le désir' qu'il a entamée depuis plus de 20 ans avec son premier roman de la série, 'Les visages de l'air', qui a remporté le prix littéraire le plus important du Mexique, 'Xavier Villaurrutia', et devenu depuis un livre culte sans cesse réédité.
    Cet ancien collaborateur du prix Nobel de littérature mexicain, Ocatvo Paz, donne vie à ses personnages à Mogador, 'une ville à la sensualité écorchée', dont le métissage à travers les siècles lui rappelle, à plusieurs égards, son Mexique natal.
    'Il y a quelque chose de magique à Mogador. Avec le temps, dit-il, je me suis rendu compte que Mogador était le produit d'une Utopie d'un sultan, qui a voulu faire de cette ville un endroit de vie en ébullition, avec un croisement de races, sur le carrefour des routes commerciale de l'époque'.
    Dans la ville, on retrouve des descendants de juifs Sépharades et Ashkénazes, de populations d'Afrique noire et des berbères des Haha et de Souss. Ce métissage à travers les âges a crée ce qui représente actuellement 'la carte génétique d'Essaouira'.
    Un métissage très similaire peut être observé aux Caraïbes qui est un mélange de l'animisme africain avec les religions catholiques.
    La musique Gnaoua de Mogador, qui reflète un art de vivre singulier, est elle aussi très proche des rythmes en vogue à Cuba et à Haïti.
    Ruy Sanchez fait un rapprochement surprenant de l'art picturale des Gnaoua, dont le maître de fil est Mohamed Tabbal, et le phénomène mexicain des Shamans.
    La tradition shamanique et la mystique des gnaoua sont très semblables eu égard au métissage qui s'est fait à Mogador et celui qu'ont connu Cuba, Haïti, la Nouvelle Orléans, entre autres.
    A cause de ce métissage, Mogador représente une sorte de 'pont culturel, une passerelle' entre l'Afrique et l'Occident.
    Dans ce contexte, il n'est pas un hasard si plusieurs pays avaient choisi d'installer à Mogador, les premières missions consulaires sur les côtes africaines. La première représentation diplomatique des Etats-Unis a été justement à Mogador, après la reconnaissance de la jeune nation par le sultan du Maroc, rappelle l'auteur.
    Ruy Sanchez s'attarde sur l'histoire de Mogador et 'ses murailles impressionnantes et inviolables'. Il raconte pour l'anecdote l'histoire d'une expédition militaire française qui avait tenté de s'emparer en vain de la ville au 19 siècle.
    A l'époque, l'amiral français Prince de Joinville avait fait croire à ses supérieurs à Paris qu'il a pris Mogador, mais en fait il s'était emparé de l'île de Mogador et non de la ville, infranchissable depuis toujours.
    Le tableau qui célèbre cette bataille dans le musée de la marine à Paris est un 'mensonge', car la ville n'a jamais été prise par ce militaire français, a affirmé Ruy Sanchez.
    Des années plus tard, on retrouve ce même amiral ordonnant le bombardement de la ville mexicaine de Veracruz, fait observer avec malice l'écrivain mexicain.
    Et Ruy Sanchez, un féru d'artisanat, de plonger avec ferveur dans une comparaison du travail des céramistes de Puebla (ville coloniale au sud de Mexico) et d'Essaouira.
    Pour lui, il existe un jumelage artisanal entre le Maroc et le Mexique, dont l'origine remonte aux personnes venues d'Espagne, après la Reconquista.
    Intarissable, il évoque les différentes manifestations de l'art mudéjar très visibles dans des villes coloniales du Mexique, introduit dans ce pays par les colons qui ont afflué d'Espagne dès les premières années de la colonisation et jusqu'au 19e siècle.
    'L'art Mudéjar, plaide-t-il, continue d'exercer une influence énorme sur les différents aspects de la vie quotidienne au Mexique'. Il cite à ce sujet la céramique, évidemment, et les tissus avec des motifs et des couleurs particuliers très semblables à ceux qu'on retrouve dans les régions berbères du Maroc.
    L'influence linguistique n'est pas en reste, car Antonio AlaTorre avait recensé plus de 4.000 mots d'origine arabe utilisés quasi quotidiennement dans le parler mexicain.
    Pourquoi avoir choisi Mogador comme cadre de ses romans? æ'Il s'agit d'une revendication de l'héritage arabe du Mexique et parce que Mogador est une métaphore sur la façon d'être dans ce monde en utilisant tous les sens. Mogador est la sensualité même, qui permet de connaître le monde à travers les sens''.
    A propos de la thématique de ses derniers romans, Ruy Sanchez dit se sentir æ'insulté'' lorsque des mexicains ou autres expriment des idées déformées sur la civilisation arabe, les exhortant à s'informer sur le monde arabe par un autre moyen que les médias globalisés. Interrogé sur certains aspects de 'l'actualité' dans son dernier roman, telle un passage sur l'arrivé des criquets à Essaouira, Ruy Sanchez affirme que ses lecteurs mexicains pensent qu'il invente ce genre de scène, mais pour lui, il s'agit d'un fait réel exploité dans son roman pour mieux décrire la réalité de la ville.
    A propos des noms de ses deux principaux personnages, Zaydun et Hassiba, dans la 'main du feu', l'auteur affirme que ces personnages existent réellement à Mogador.
    Au visiteur de Mogador, Ruy Sanchez conseille 'd'éteindre les moteurs et d'écouter la ville, se perdre dans ses ruelles, aller tous les jours au marché, observer à l'aube le retour des pêcheurs. Il faut aussi voir travailler les artisans du bois et visiter le Mellah'.
    Les photographies qui illustrent le roman (un vase et des khmissates de différentes formes à) sont celles d'objet acquis par l'auteur à Essaouira pendant ses différents séjours.
    Ruy Sanchez a vu le jour à Mexico en décembre 1951 de parents originaires du nord du Mexique. Il est Marié à l'historienne Margarita de Orellana et père de deux enfants.
    Francophone accompli, Ruy Sachez a fait des études à Paris, et fut l'élève de professeurs tels que Roland Barthes, Gilles Deleuze et Jacques Rancière.
    Il dirige depuis 1988 la revue 'Artes de México', qui a reçu au cours de ses quinze premières années plus de cent prix nationaux et internationaux d'arts de l'édition.
    Par Rachid Mamouni | MAP Publié le : 08.02.2008 |

    Mexique-Maroc-culture

    El corresponsal de la agencia de prensa de Marruecos, Rachid Mamouni, publica esta nota en el periodico de Marruecos LE MATIN DU SAHARA.

    Présentation inédite d’un roman sur Mogador du mexicain Alberto Ruy Sanchez Mexico, 21 fev (MAP) – Le romancier mexicain Alberto Ruy Sanchez a fait une présentation inédite de son dernier roman sur Mogador, ‘’La main du feu’’, avec la projection de deux films sur la ville et deux spectacles de danse contemporaine inspirés de ses romans.
    D’abord, la présentation a été faite dans un lieu originel. Il s’agit d’une ancienne station électrique, qui produisait jadis le courant pour les tramway de Mexico, convertie en centre culturel par un philanthrope tout en gardant en plein milieu de l’édifice les immenses générateurs électriques.
    Devant une assistance nombreuse (plus de 1.000 personnes selon les organisateurs), composée d’hommes de lettres,
    d’artistes et de diplomates, Ruy Sanchez a évoqué Mogador ‘’l’inaccessible’’ et les personnages qui peuplent la ville et ses romans depuis plus de 20 ans.
    ‘’La main du feu’’ est la cinquième et dernière œuvre de Ruy Sanchez, qui s’est inspiré, au cours des deux dernières décennies, de ses nombreux séjours à Essaouira pour donner vie à des histoires d’hommes et de femmes glanés au hasard de ses rencontres avec les gens de la ville.
    Suivant sa quête de toujours, celle de l’exploration du désir sous ses différentes expressions, l’auteur fait une mixture inédite de sa passion narrative avec l’architecture, l’artisanat et la poésie arabo-musulmane.
    Au début de cette ‘’fête de présentation’’, la danseuse Tatiana Zugazagoita a exécuté une chorégraphie improvisé, à laquelle participât l’auteur lui même, en hommage à une scène similaire décrite dans le roman.
    Tatiana est la créatrice, il y a quinze ans, d’une chorégraphie intitulée ‘’Après-midis de Mogador’’, inspirée elle aussi d’un roman de Ruy Sanchez, et qui a été maintes fois primée au plan international.
    En plein milieu de la présentation, un groupe de danseurs (6 femmes et deux hommes) fait irruption parmi les assistants et gagne, en se trémoussant, la scène pour exécuter trois numéros de danse contemporaine, sur fond de partitions musicales arabes et la voix de l’auteur lisant des morceaux de ses textes.
    A la fin de la présentation, une autre ‘’surprise’’ attendait le public, qui a été convié à une cérémonie de henné à la marocaine, devenue immédiatement la principale attraction de la soirée.
    Ruy Sanchez, un amoureux de l’art sous toutes ses formes, dirige depuis 1988 la principale revue d’art en Amérique Latine, ‘’Artes de México’’.(MAP).

    RM---BI.

    Ritual de invocación de un erotismo lúdico

    Mi amigo Jorge S. escribe en su blog sque estuvo ayer en la Estación Indianilla presenciando los preparativos y ensayos de la presentación de mi nuevo libro este 20 de febrero 2008.

    "Fiesta de presentación de La mano del fuego, de Alberto Ruy Sánchez. Editorial Alfaguara, México.Así como los libros de Alberto Ruy Sánchez son experiencias y no relatos de experiencias, la presentación de su más reciente novela La mano del fuego promete ser una experiencia inolvidable. El autor, que es también editor de la revista Artes de México, ha montado todo un festival de arte lúdico y erótico a propósito de este libro que todavía no ha sido lanzado formalmente y ya va en su segunda edición.
    El lugar donde todo eso sucede es en sí mismo un espectáculo: una inmensa y antigua estación eléctrica donde se producía la corriente de los tranvías de la ciudad, acondicionada desde hace unos meses de manera muy moderna para mostrar obras de arte y que ya se va conviertiendo en el lugar más solicitado de México: el Centro Cultural Estación Indianilla. Caben unas dos mil personas. Todas las obras expuestas tienen una relación con el contenido del libro. A la entrada del lugar, casi sobre la banqueta, nos recibe una inmensa reproducción del polémico cuadro de Courbet El origen del mundo, un pubis tupido, pintado sobre un brincolín o tumbling de cuatro metros de lado, donde los asistentes pueden brincar mientras son tomados por una cámara cenital que proyecta sobre un muro y sobre cuatro pantallas la imagen del visitante descontrolado sobre ese sexo enorme. Es una obra del joven artista, Angel Ricardo Ríos. Y quienes brincan recuerdan la situación extraña e inestable, muchas veces ridícula e incontrolable, casi siempre lúdica, en la que se encuentra con respecto al sexo femenino el protagonista de La mano del fuego en cada capítulo del libro.
    Apenas entrando al edificio se abren a nuestros pies unos labios enormes: una inquietante y bella vulva de cuatro metros dibujada con pétalos de rosas por la artista Rosa Borrás. El interior es de rosas muy rojas, casi sangre. Recuerda la insistencia que hay en el libro por pensar a la mujer amada como una revelación estética que nos rebasa, una realidad tremenda que nos mueve hacia ella mientras nos conmueve. Recuerda también a la protagonista de Los jardines secretos de Mogador, Jassiba, que llevaba en la mano tatuada un puño de pétalos de rosa cuando conoce a su amante en el mercado de Mogador.
    Un poco más adelante nos recibe un tendedero de calzones donde, haciéndode eco de un pasaje de La mano del fuego (p.68) el joven ceramista Eduardo Colín le pide a las y los visitantes que le presten sus calzones para empaparlos en barro y caolín, ponerlos a secar y más tarde meterlos al horno para convertirlos en cerámica y así regresarlos transformados en obra de arte. Este Tendedero de fetiches convierte en objeto de culto a la ofrenda íntima que alguien puede hacer de sus calzones.
    Dentro del inmenso salón dos pantallas proyectan un video realizado por Dora Guzmán que muestra a Mogador, la ciudad de Marruecos donde suceden las novelas de Ruy Sánchez desde hace veinte años y que muy pocas personas en México han visto, creyendo siempre que se trata únicamente de una ciudad imaginaria. El video se interrumpe y la luz se concentra en una orilla del tendedero donde la reconocida coreógrafa Tatiana Zugazagoitia se quita los calzones y comienza una improvización espectacular que termina en el escenario alrededor del autor en una danza incierta e intensa, como las que aparecen en el libro. Hace unos años ella realizó el espectáculo Tardes de Mogador, con el que ganó varios premios internacionales de danza.
    Sobre unos andamios, el autor y dos mujeres comentan brevemente La mano del fuego. Es su editora, Marisol Schultz, y la novelista Verónica Murguía, quien es además personaje del libro. Ella analiza, entre otras cosas, el hecho extraño de que los amantes terminen convertidos en una pieza de cerámica, una obra de arte. Cuando terminan de hablar surgen de entre el público las ocho bailarinas del grupo Audanza, de Auda de los Cobos. Se repliegan hacia el escenario y bailan tres apasionadas canciones populares con movimientos francamente inquietantes y estéticos. Entre cada uno se escuchan frases de Ruy Sánchez sobre el amor y la danza.
    Al terminar, otro breve video experimental, realizado por Luis Rodríguez, despliega imágenes alrededor del deseo, haciendo referencia a los cinco libros de Alberto Ruy Sánchez que forman este ciclo de Mogador completado por La mano del fuego y que incluye Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador y Nueve veces el asombro. Sobre el escenario, dos enormes dibujos de Brian Nissen muestran a dos parejas haciendo juegos de amor con las manos mientras se enredan o tocan la flauta. Imagen de lo que sucede anímicamente a los personajes de La mano del fuego. Al pie de estos dibujos se colocará un artista del tatuaje, Julián Silva, para que quienes quieran puedan llevarse un recuerdo de esta fiesta sobre la piel en forma de un fugaz tatuaje dibujado con henna. Como los que en estas novelas usan las mujeres de Mogador sobre todo el cuerpo pero especialmente en la ingle.
    Al final, como es costumbre en las presentaciones de Alberto Ruy Sánchez, se baila salsa hasta que el cuerpo aguante. Se prevee que en esta celebración de veinte años de libros sobre Mogador, estén presentes varias de las mujeres que le han contado al autor sus deseos y que en gran parte han inspirado los numerosos y sugerentes personajes femeninos que cuentan y viven el deseo en Mogador."

    Me escribe desde Cancún una nueva lectora, Perla Torres (no Paloma Torres, la escultora y ceramista). Su entusiasmo espontáneo me conmueve y le pido permiso para hacerlo público.
    "Alberto Ruy y la mano del fuego llegan a mi, a través de una invitación a la presentación del libro en la FIL 2007, en Guadalajara, no pude asistir, pero un vistazo a la página web, me convence de ir por más, compro el libro ( que aún no termino, comienzo a leerlo y me hace sentarme cada noche desnuda dispuesta a vestirme con las letras, con los personajes, con la vivencias, con la emociones que alguna vez intuí, pero que no he podido experimentar de forma compartida, ahora de forma indivudual, taciturna, luminiosa, me abro a las posibilidades de un deseo que desborda, de un deseo que se brinda cadencioso como llovizna demayo... Leo para sentir, adoro vivir en los instantes en que mis ojos ávidos se pierden en abismos de interior cálido... A punto de cumplir 35 años, encuentro un libro que refleja los laberintos de mis deseos, y da a luz a mi erotismo callado y expectante. Exorciza con cada página los demonios del amor nacidos en mis noches desoledad en compañía, cuando en la oscuridad anhelaba ser vista a ojos cerrados, con la piel. con las manos, con el olfato, con los sabores, con todo aquéllo que se abre a través de los sentidos. Gracias por que aún falta impregnarme de fragancias y diluirme en humedades tibias cada vez que soy tocada por la mano del fuego..."
    Más tarde: "Alberto, mi carta no es sino el reflejo de esos espejos en que se convierte tu narrativa, en ellos estoy en cada ángulo fragmentada en emociones y sensaciones...por su puesto que puedes publicarla en tu blog, y usándo mi nombre.Vivo en Cancún y espero algún día tener la oportunidad de asistir a algún evento en donde tengas participación, y que mejor que la presentación de uno de tus libros, desconocía tu obra e incluso tu nombre, (conozco a grosso modo de literatura) fué una amiga quién conoce tu trabajo quien me habló de ti, cosa que agradezco mucho. Claro está que compraré tus publicaciones anteriores, he quedado atrapada en la forma en que cuentas historias, en que narras y develas paisajes a través de tus sentidos, transcribiendolos fielmente al papel."

    Una Lectura táctil

    Regreso a mi Cuaderno Abierto sobre La mano del fuego después de un tiempo concentrado en la terminación y luego en la publicación de la novela, su primera presentación en la Feria de Guadalajara, el fin de año en que ya medio circula, los primeros ecos que me llegan de los lectores y luego, ya en enero, su promoción en medios de comunicación y en clubes de lectura. Y una lluvia de entrevistas. Con mucha frecuencia los entrevistadores son los primeros lectores que se manifiestan. Poco a poco, en estas notas, iré repasando a grandes razgos cada uno de estos momentos mezclando lo anterior con lo más inmediato y respondiendo a las cartas que me llegan o a las preguntas más insistentes que me van haciendo en el camino. Todo esto es para mí un verdadero ritual de clausura de un proyecto literario y vital, tal vez llamado: Los libros de Mogador o El ciclo de Mogador, donde, como la respuesta de los lectores se ha integrado de múltiples maneras sutiles y escondidas a la narración, llevar cuenta de lo que sucede al publicar el último libro cuando ya no habrá otro en la serie se me vuelve indispensable.
    Sobre una característica de todo el ciclo, pero sobre todo de La mano del fuego, su textura, su énfasis en el tacto como primer contacto con el mundo, comienzan a llegar reacciones. Transcribo la nota breve y generosa que publicó Sergio González Rodríguez en el periódico Reforma en una sección donde se da noticia de nuevas publicaciones: “Fuego y Erotismo. El notable narrador y ensayista Alberto Ruy Sánchez ha creado un conjunto de imágenes y relatos a lo largo de los años que escruta el erotismo en la cultura árabe. Ahora, con La mano del fuego (Alfaguara), escribe su libro más ambicioso y logrado al respecto: un tejido novelístico que implica reflexiones hacia la complicidad del lector y convergen en una experiencia impar: el dominio de un estilo que profundiza en la materia que lo obsede. Una lectura táctil.” Y, a propósito de una lectura táctil, en la amena e inteligente entrevista radiofónica que me hicieron Mayra González y Jorge Alberto Gudiño en su programa nocturno Tertulia (Radio Red), una mujer se comunicó por teléfono al estudio para decir: “Como soy ciega he gozado doblemente su libro. Yo veo con el oído y con el tacto y comprendo a fondo todo lo que sus novelas dicen. Con ellas veo más.” Así, en la primera anotación de este cuaderno hablaba de este tema y lo retomo con un par de ecos del mismo.

    En la Plaza, contar historias

    Tuve una nueva oportunidad de ensayar algunas de las historias contenidas en la futura novela, la mano del fuego, leídas a un público generoso de Francia. Regreso del Festival de Escritores de Toulouse, precisamente de Tournefeuille, dedicado a los escritores viajeros. Los organizadores, que me habían invitado a hablar el año pasado en Montauban, me extendieron esta vez una invitación estelar con varias presentaciones. Unas que llamaron "Carta Blanca a Alberto Ruy Sánchez", donde, todos los días, dentro de una tienda de nómadas del desierto marroquí, yo contaba historias, hablaba con la gente, los invitaba a contar sus viajes y contaba algunos de los míos. Quisieron cerrar el festival conmigo, y organizaron una maravillosa sesión de lectura, narración oral y música, que me dejaron acomodar a mi gusto, acompañado de un excelente actor y lector profesional de literatura, Marc Roger; y un dueto de primera: el flautista y percusionista Luis Rigou y la bella saxofonistas Hélène Arntzen. Fue una oportunidad para contar historias de manera deshinibida y comprobar su magia, ajustar tuercas de los relatos, aclarar lo que me parecía evidente. Compruebo una vez más el inmenso placer que me da ir tejiendo y destejiendo la nueva novela frente a un público atento, emocionado y divertido. Tal vez ésta sea la novela, dentro del ciclo, que más integra los ecos de ser presentada en público y de que circulen las anteriores. Los organizadores, Nicole y Maurice Petit escribieron en el programa un breve texto que bien podría presentar un aspecto de esta próxima novela mogadoriana y al conjunto de ellas: por sugerencia de mi traductor, Gabriel Iaculli, llamaron a esta función: "Ritos de viaje, los caminos hacia Mogador" Después de hablar de mí un poco, dicen..."Su prosa sensual fecunda el vasto poema de una búsqueda, con frecuencia cristalizada en la mítica Mogador, ciudad secreta acurrucada detrás de su resplandecientes murallas. Su viaje no se entiende ya como un periplo turístico sino como un aprendizaje del descubrimiento sensual del mundo, de los otros, y para terminar, de uno mismo. El narrador es un notable contador de historias que con la misma facilidad seduce recurriendo a los grandes mitos que una anécdota sabrosa." Claro, ahora hay que trabajar mucho en el manuscrito final de la novela para merecer esas palabras generosas y volverlas, lo más posible, realidad.

    Tatuarse es hacer un collage con el cuerpo

    Siguen llegando historias de tatuajes tomados de Los Jardines secretos y de Nueve veces el asombro. Estos últimos más sencillos, más fáciles de hacer, pero también puestos en lugares más íntimos o secretos. Como un pequeño tesoro que alguien encuentra después de abrir varios pliegues del cuerpo. Mientras que las caligrafías de Los Jardines Secretos fueron hechas por el artista iraquí Hassan Massoudy, las de Nueve veces el asombro pertenecen a un simple alfabeto: un manual para aprender a escribir en árabe. Ambas son muy bellas. Y más bellas aún sobre un cuerpo femenino que deja que las letras corran por su cuerpo y se alojen muy adentro, donde sólo los amantes pueden visitar: mirar, tocar, besar: leer con todo el cuerpo.
    Una historia curiosa es la de una mujer que me escribe y me manda la foto de un collage que hice hace un año y que salió publicado en Confabulario, del periódico El Universal. Es un collage que mezcla el paso de un universo a otro, guiado por un ángel. Y varias mujeres en posiciones diversas. Arriba, una de espaldas que es una diosa sensual, ocupada en sí misma. Aunque tal vez, por ser diosa, nos ve sin necesidad de mirarnos. Abajo, otra mujer también desnuda y de espaldas tiene lodo bellamente extendido con la mano sobre sobre sus hombros, como un ángel caído y al que se le nota lo acariciado. En medio, guiada por un ángel a su izquierda, el personaje central, una mujer mediterránea, con tatuajes bereberes muy simples sobre el cuerpo: un triángulo invertido que remonta su pubis hasta el ombligo y dos semicírculos que rodean su pecho por arriba. Dos figuras inversas a la geometría del cuerpo y que le dan una extraña ligereza.
    Pues resulta que recibo mi collage "intervenido" por esta lectora que le añadió en el vientre el tatuaje de Los Jardines secretos: wel que dice "nosotros somos el jardín". Ella me dice que se lo puso en cuanto lo vio en el periódico, empujada por la sensación de que algo le faltaba a lo que yo había hecho. Me fascina que las lectoras completen lo que hago, que lo hagan suyo, lo reescriban, lo dibujen, lo bailen, se lo pongan sobre su cuerpo y lo vivan a su manera. Eso es lo que han hecho las coreógrafas, bailarinas y compositores que han trabajado sobre mis libros, como la bella adapatación que hizo Tatiana Zugazagoitia de las Tardes de Mogador hace algún tiempo.
    La lectora entusiasta que intervino mi collage me dice: "No podía dejar de pensar que esa mujer, guiada por el ángel, soy yo. En aquellos días tuve un amante que me dejó tan feliz y conmovida que sentí que todo lo hacía por primera vez. El me inició a una dimensión del sexo que yo no sospechaba, que nadie me había dicho que podía existir, me convirtió en otra. Una dimensión del sexo, o sea de la vida, de la que sólo he podido encontrar noticia escrita en sus libros. Que por cierto no dejo de regalar y que me acompañan a donde yo vaya, incluyendo a la cama con los amantes que desde hace entonces he tenido. Sus palabras, señor Ruy Sánchez, son parte de mi cuerpo amante, doblegan la violencia de los hombres bruscos, los empujan y los retan a ser más sensibles y delicados. Por eso, cuando tuve bajo mis ojos ese collage de una mujer iniciada por un ángel a los secretos inmensos y maravillosos del universo, sentí que yo era ella. Toda la noche me quedé pensando y luego soñé con ese raro sistema planetario donde las lunas y los mundos son vaginas deslumbrantes, como estrellas magnéticas. Y en una de ellas, a la derecha me parece distinguir flotando abajo un punto que bien podría ser un ano. Me mostraba un sistema solar donde sólo existe lo profundo, lo que atrae, lo que nos mantiene en movimiento. Sentí que tenía que añadir sobre el vientre de esa mujer que era yo, el tatuaje que dice tanto, que dice Nosostros somos el jardín. Y un poco después yo misma me lo puse sobre el estómago. Sin saberlo, usted me empujó a hacerlo. Me empujó a decirle a todo el que me vea desnuda: "Si te portas a la altura, si sabes ser lento como los amantes de Mogador, tú y yo podemos ser un paraíso, el jardín encantado".

    Por otra parte sigo recibiendo mensajes entusiastas con las fotos que me envió Karla y puse en la entrega anterior.
    El collage que viene acompaña a las primeras líneas de estos párrafos , ya intervenido, se puede ver un poquito más grande picándolo, y además se puede ver acompañado de algunos de los textos de Nueve veces el asombro que los inspiraron, en esta otra página sobre el tiempo en Mogador.

    La vida y la obra como una sola caligrafia


    Me doy cuenta de que todo lo que reescriba o escriba dentro de la nueva novela está cargado de un ánimo, de una oleada de afecto proveniente de lo que viva en ese tiempo. Así, la semana que acabo de pasar en Colombia me ha llenado de una energía inusitada, de un ánimo enorme. Gocé a la ciudad después de descubrirla gracias a la amistad nueva o renovada. Desde ahora Bogotá tiene una sonrisa, una belleza distinta. Pero el ánimo que me invadió esos días iba brotando por mi cuerpo hasta convertirse a diario en una cuantas palabras cargadas del ritmo de tambor que hay en la palabra Bo go tá. Y las ciudades son como mujeres. Seducen y son inconquistables. Bogotá es así maravilosa. Y así como dos cuerpos se entrelazan amándose, formando una caligrafía aparentemente caprichosa, uno, que es amante del mundo, enlaza su cuerpo con la vida que se le presenta. La ama, perdidamente, ata su cuerpo a ella. Se escribe con el cuerpo atado al mundo como en una sola y significativa caligrafía.
    Y mientras estaba felizmente hundido en Bogotá siguieron llegando por el correo electrónico vinculado a este blog mensajes intensos y fotos de mujeres tatuadas con las caligrafías que aparecen en mi libro Los Jardines de Mogador. Y justo en la colocación del vientre que describe el libro. Así, Karla me envía unas bellísimas, que son a veces perturbadoras o que incitan a la contemplación. A la adoración de esta mujer con la piel que dice: "Tu y yo somos el jardín, el paraíso". Y lo dice con líneas convulsionadas sobre su vientre, como una llama. Inmóvil y siempre en movimiento. La llama que, si cerramos los ojos y la besamos, nos devora.









    Lydia Cacho y el libro como Mandala

    Sobre el tema que mencionaba en una entrada anterior a este cuaderno: el de querer que mis libros sean como mandalas: objetos rituales que nos ayudan a vivir, recibo esta crónica de Lydia Cacho, que ya conocía y agradecí en su momento pero que una lectora me envía ahora de nuevo, sobre uno de los posibles usosrituales de mi libro Los Jardines secretos de Mogador. Me siento tan agradecido con ella y sus amigas. Y tan afortunado de que un libro pueda vivir así. Yo decía que si la lectura de un libro nos toca a fondo, se vuelve parte de un ritual íntimo, alimenta raíces secretas. En sus mejores momentos el lector usa a los libros como una especie de mandalas: objetos rituales cuya forma material y sus palabras nos ayudan a sentir, a pensar, a meditar, a vivir. Y mi querida Lydia, con sus amigas, me lo confirman.

    Lydia Cacho
    El jardín de los secretos

    "Mi amiga Erika estaba triste. Por más que intentamos alegrarla, narramos cuántas veces hemos vuelto a caer en los brazos del amor, a pesar de haber jurado jamás regresar a ese curioso estado de perpetuo embelezo que es el enamoramiento. Pero nada, su mirada estaba ausente de esperanza. Nunca había visto sus ojos tan vacíos de alegría como esa noche, así que me di a la tarea de ofrecer a mi querida amiga una terapia de reconstrucción del anhelo.
    Invité a mis queridas amigas a mi casa. Allí con una botella de buen tequila y unas botanitas, llevamos a cabo el ritual. Ellas esperaban una velada trillada de plática sobre el amor y las parejas. Una vela de vainilla encendida, acompañada de una quema de incienso de sándalo, cedés de música deliciosa y un libro inolvidable fueron los acompañantes de la noche.
    Alrededor de mi mesita de Guatemala, nos sentamos en cojines de colores, y pasamos por nuestras manos una botella de aceite de lavanda para masajes. Unas gotas en la palma y lentamente cada cual llevaba en sus propias manos y brazos el aceite, en el fondo en disco de fados portugueses. Con los ojos cerrados había que reconocer en la propia piel los recuerdos de las caricias amorosas del pasado y del presente. El ejercicio consistía en recordar con los sentidos cómo el amor nos ha dejado huellas en la piel a lo largo de los años. Nada se pierde, todo se transforma, dice una canción, y así vamos respirando profundamente y sin abrir los ojos recordando todas las caricias significativas de nuestra vida. Ya con los ojos abiertos y luego de un brindis con el agua de las diosas del agave, recordamos entre carcajadas y sonrisas de asombro nuestro primer beso, esa iniciación del cuerpo en las pasiones, esa añoranza de la presencia cercana del ser que nos atrae. El cosquilleo del vientre, el vuelo de la mariposa justo tras el ombligo –que no es otra cosa que el centro de nuestro universo vital-. ¿Cuándo fue la última vez que sentiste el aleteo en presencia de alguien? Pregunté. Claudia insistió en que a nuestra edad –casi todas estamos entre los 35 y 45 años- eso ya no es fundamental. Y yo inquirí ¿por qué justo cuando ya tenemos la seguridad que nos faltaba en la adolescencia, cuando es nuestra la certeza de quién somos y qué queremos no tenemos edad para maravillarnos ante la pasión?
    Yo creo que es la mejor edad, es maravilloso saber que ya no estás dispuesta a entrar en juegos de engaño, que eres capaz de construir una relación madura, apasionada, pletórica de risas, de pasión y de goce. Pasamos la vida intentando comprender esa increíble mezcla de atracción biológica y apasionamiento, sazonados con reflexiones intelectuales de romanticismo y con incomprensibles reacciones químicas que nos arroban como el fuego consume el pabilo de una vela. Entonces saqué una joya de libro: Los jardines secretos de Mogador. Todas las personas que quieran despertar sus sentidos deben leerlo. Su autor Alberto Ruy Sánchez, es un explorador de los arrebatos humanos, un gozador profesional.
    Cambio de música: el bolero de Rabel. Comencé leyendo el primer capítulo, entre sorbos de tequila miré a mis amigas acomodándose como si mi pequeño hogar se hubiese convertido en la habitación de un palacio marroquí. Terminé la primera historia y pasé el libro a Claudia, ella leyó, y luego cada una hasta llegar a Erika. De sus labios salió la historia final de los Jardines. Eran las cinco de la mañana y salimos al balcón a mirar el sol salir por la laguna de Cancún.

    Miré a mis amigas y me sentí bendecida por el cariño. Le dedicamos el libro a Erika, quien prometió nunca más olvidarse que el amor es una consecución de milagros personales, es la historia de nuestro cuerpo y nuestro corazón; es la esperanza de nunca perderlo. Es hallar nuestro propio jardín de pasiones." (De la columna Esta Boca Es Mía. Publicado en la revista Tentación)

    Tatuajes que florecen

    Recibo una pequeña lluvia de mensajes de personas que se han hecho tatuajes tomados de mis libros con un entusiasmo tomado de las historias de deseo que contienen. Una de ellas me manda una foto bellísima del tatuaje mogadoriano arriba de su tobillo derecho pero el desnudo de todo su cuerpo es deslumbrante. Se muestra y no. Oculta sus ojos. Encuentro bellísima su boca: El órgano sexual más tremendo que tenemos. Me dice que por lo pronto es modelo y que cuando va por la pasarela piensa que camina sobre las murallas de Mogador. Tiene que maquillarse el tatuaje para desfilar: no debe verse. Y cuando recupera su verdadero yo lo deja ver de nuevo. Me dice que con frecuencia, mientras las demás modelos se visten y se maquillan, ella lee desaforadamente a un lado. Y que por eso la ven como bicho raro. (Una persona muy querida me había contado algo semejante). Es estudiante de Literatura Comparada y prepara sus exámenes entre un desfile y otro. Me dice que, definitivamente, es "sonámbula mogadoriana", y mientras camina en la pasarela siente en el cuerpo los dardos de deseo del público que la rodea, que ese deseo múltiple y creciente la anima; y sabe localizar de dónde vienen los más sinceros, los nada turbios: como llamas de colores diferentes que ella sabe ver con otros ojos, los de la piel, los que ven en todas direcciones al mismo tiempo. Vive entre París y Londres y prepara una tesina sobre la influencia de Pasolini y de Beckett en los libros de Mogador, sobre todo en La Peau de la Terre, que es el nombre de la edición francesa de Los Jardines secretos de Mogador y En los labios del agua. Le pregunto sobre sus historias de deseo. Y me envía un largo poema narrativo que está escribiendo, un relato que es casi novela corta en fragmentos, tan deslumbrante como su cuerpo. Lleno de revelación y a la vez de misterio.

    También recibo un conmovedor testimonio de una poeta que no se de dónde es además del país de la poesía. Menciona la orilla del mar y menciona sus ojos verdes. Me hace nadar en ellos, hacia ella. Mezcla el italiano con su español misterioso. Y trae a cuento una daga árabe bellamente retorcida, la "gumía", más familiar para mí como "kumiya", que ahonda mi curiosidad y mis recuerdos. Abre mi piel e indaga en la carne de mi memoria. Ante mi curiosidad por sus deseos me pregunta sonriente si quiero que mi novela sea bicéfala. Le respondo que Deseo que mi novela sea un animal pluricéfalo con sexo de mujer en el horizonte y una brújula levantada hacia ese atardecer siempre asombroso.

    Inundado de tantas voces deseantes femeninas, comienzo una nueva redacción de la novela cargado de la la intensidad de todas esas bocas, lenguas. Es como cuando algo tan especial nos sucede que nos obliga a cantar. Así me siento.

    Y me viene a las manos, a la memoria, este poema de Angel Valente, epígrafe perfecto de este momento afortunado que todas estas mujeres deseantes me ofrecen:

    "Con las manos se forman las palabras,
    Con las manos y en su concavidad
    se forman corporales las palabras
    que no podíamos decir."

    Las palabra del deseo que regresa













    Una parte fundamental del reto que me he impuesto en el proyecto de Los libros de Mogador es estar atento a la respuesta de los lectores ante la aparición de cada libro, escuchar de qué manera entran estos libros en la vida de quienes los leen sin indiferencia y, finalmente, integrar esas voces del deseo en el cuerpo narrativo del siguientes libro. Ya el primero, Los nombres del aire, tenía en su breve historia una carga enorme de historias de deseo que me habían contado varias mujeres y otras que me había tocado vivir o vivir de cerca. Esa carga vital está en el libro convertida en intensidad poética de diferentes maneras. Cuando el libro apareció la reacción de muchas lectoras fue enorme y muy intensa, en proporción directa con el interés que yo había puesto en ESCUCHAR los deseos femeninos. No es solamente que yo hubiera adoptado el tema de la mujer como una de las preocupaciones del libro sino que todo el libro está escrito desde el deseo.
    Cuadruple deseo: mi deseo por conocer más de ese mundo que es mi alteridad radical y fascinante; mi deseo por la mujer amada que encarna cambiante en los rostros y en los cuerpos de mis personajes; los deseos de muchas mujeres que me cuentan, me dejan ser testigo o viven conmigo situaciones deseantes, convertidas por mi en "figuras narrativas del deseo"; y finalmente los deseos, muy abiertos y muy concretos al mismo tiempo, de ser deseado a través de las palabras. A través de la obra, o más bien, en ella.
    Es decir que el relato se levanta como un ámbito, un ámbito de deseo, no sólo sobre el deseo o escrito con deseo sino escrito desde el ámbito del deseo. Un ámbito creado para decir y captar el deseo. Para hacerlo actuar.
    Y en esta última frase está tal vez la clave de mis libros: novelas que se niegan a subordinarse a la retórica común y corriente del suspenso narrativo o de la anécdota más o menos unidimensional, para convertirse en ámbitos, espacios de deseo. Espacios donde se lee con todo el cuerpo, y donde cada cuerpo que entra a leer deposita así sus deseos en la trama frágil como tela de araña que los define.
    Así, En los labios del agua se nutrió enormemente de los ecos que tuvo entre el público femenino Los nombres del aire y, ya después, Los Jardines secretos de Mogador ganó vitalidad por todo el eco acumulado de mujeres deseantes más las preguntas que lancé abiertamente en su momento sobre mis lectoras para escuchar sus deseos, cientos de deseos de embarazadas muy específicamente, pero también deseos femeninos de todo tipo convertidos luego por mí en jardines.
    Ahora, en el vértice de la nueva novela me lanzo de nuevo, como pararrayos, a escuchar deseos. Y el Blog es ideal para hacerlo. Ya en poco tiempo me llegan ecos enormes y muy vivos. Algunas mujeres me dejan su huella entre los comentarios de este blog. Hay algunos de enorme belleza. Los agradezco y pido ir más y más a fondo en el relato de sus deseos. No necesariamente de manera pública sino, con frecuencia, en correos privados. Y nunca dejo de sorprenderme.
    Eleonora, una poeta profunda, ya me va dejando huella ni yo se hasta dónde. Otras cartas significativas fluyen sin dejar nombre. De todo lo que me cuentan me alimento y en mí todo se va transformando en cuento.
    Estos días me llega la noticia de una mujer, bella y apasionada, que se ha puesto indeleblemente en el cuerpo el tatuaje que usan mis personajes en los libros. Y ella, Karla (menciono nombres sólo si me lo permiten) me envía su fotografía. Es la que abre esta nota del blog. Es la caligrafía que dice en árabe: "Nosotros somos el jardín", Y que aparece incluso en la portada de Los jardines secretos de Mogador.
    Como no es la primera vez que eso sucede me voy a revisar mis cuadernos de cartas y ecos, y veo que ella es justamente la novena mujer que me dice que se ha mandado poner esa frase caligrafiada en el vientre. Le pido que me cuente la historia pasional que anima o es animada por ese tatuaje y me encanta oírla, leerla. Es una de esas "palabras que regresan" bajo el llamado de mis deseos para expresar afondo los suyos. Lo agradezco tremendamente.

    El texto como objeto ritual


    En Mumbai, una sorpresiva lectora india, poeta de Gujarat que había vivido en Nepal, me dijo, "Leo sus libros de Mogador con frecuencia (me acompañan) y pienso en ellos en su conjunto como un objeto ritual: relatos y poemas que ayudan a pensar y a vivir; están entretejidos formando un Mandala."
    Y añade, "La definición de un Mandala es esa: objetos que son bellos, imágenes codificadas que ayudan a pensar y a vivir. Y que se convierten en parte de un ritual íntimo."
    El comentario de entrada me produce extrañeza. Ninguna intención esotérica anima mi proyecto. Sin embargo, la definición que ella da del objeto ritual me parece muy material: un objeto codificado que ayuda a pensar. Y, si hay suerte, ayuda a vivir.
    Sin duda hay en mi ciclo de Mogador una deliberada investigación sobre el deseo y en ese sentido pretenden presentar, contar situaciones impregnadas de una implícita reflexión sobre el deseo. Pero su método es la poesía: la imagen formalmente asombrosa. Y en cierto sentido ritual: el ritual de aparición del momento poético: la epifanía, la revelación poética (como traté de explicarla en mis libro de ensayos Con la literatura en el cuerpo y Cuatro escritores rituales.
    Al día siguiente fuimos al Museo de Mumbai y me mostró un tipo de mandala que se adapta en todo a la estructura de mis libros que antes he dibujado como una espiral de círculos concéntricos, con una búsqueda obstinada (casi erótico-mística) del deseo animando el recorrido. Incluso es un Mandala cuya estructura se basa nueve niveles narrativos.

    Y en este mandala también, como en mi descripción del ciclo, la unión entre cada círculo concéntrico es el narrador, convertido en personaje del círculo más amplio que va envolviendo a los anteriores. El último círculo está afuera del dibujo y es el de mi ojo mirando el conjunto, o el ojo de cualquiera que se detenga ante el objeto y, simplemente, lo considere.
    La dimensión de objeto que acompaña en la vida a alguien que lo lee y lo considera cercano está muy cerca algunos comentarios de lectores, y sobre todo lectoras de los libros de Mogador. Ayer mismo recibo un maravilloso comentario de una lectora, una poeta sin duda, diciendo: "Fue un día de Septiembre, el que me hizo "arribar" a uno de tus libros -el primero, para mí-.
    Desde entonces, un solsticio y un equinoccio, me sumerjo en tu prosa. Afinidades electivas, mareas compartidas.He dejado que tus palabras, tus libros, entren a formar parte de mi vida.En mis viajes, he convertido tus libros en mis favoritos, transformando esas historias según los idiomas en que las leo. Lentamente, ya son parte de mi. Como el agua. Como el mar, en el que nado cada día." ¿Es eso un Mandala en el sentido que lo explica esa otra sorpresiva lectora de la India? En ambos casos, esa dimensión que adquieren los libros en la vida de quien los lee es un regalo inusitado para el escritor. Un don del que no se debe sentir merecedor sino receptor agradecido. Al escritor corresponde escuchar, sí, agradecer, también; pero sobre todo ocuparse en hacer cada vez mejor el dibujo de su mandala: una mejor obra de arte que, si sigue teniendo la suerte de encontrar lectoras así, será un mejor objeto para pensar la vida y vivirla intensamente. Y esta novela del fuego será para mí el entorno que completará mi mandala.
    Gracias, nueve veces nueve, a ambas lectoras mandálicas.

    Entre otros cambios


    Regreso de un viaje largo en la India. Respondo a los comentarios que tuvo mi nota anterior agradeciendo el interés en mis libros. Una lectora se declara "sonámbula del deseo", como mis personajes. Y le doy las gracias por leer con todos los sentidos porque esa es una característica de Los sonámbulos. Un lector me pregunta cuándo saldrá la siguiente novela, que tiene ansias por leerla. Me alegra su entusiasmo y lo agradezco. Pero debo confesarle que una vez más retraso la entrega definitiva a mi editor porque quiero experimentar algunos cambios que tal vez la harán mejor. Tengo el deseo de cambiar el punto de vista del narrador de la primera parte de la novela y en vez de que sea un amigo enamorado de la misma mujer que el protagonista me estoy convenciendo de que la historia sea contada por ella. Su amante de toda la vida. Ambos tuvieron varias esposas y esposos, pero sólo un/una amante. Se fueron fieles en su infidelidad.
    Hacerlo dedsde el punto de vista de ella implica muchos riesgos y mucha cautela. Y que tendré que recurrir de nuevo enormemente a la opinión de muchas mujeres sobre muchos aspectos de la historia. Como diría Anais Nin, puede ser un relato "A favor del hombre sensible" (In favor of the sensitive man), visto como débil por tantos escritores y lectores masculinos. Algo de lo que con frecuencia he sido testigo. Durante el viaje arranqué la descripción en esos términos y creo que puede ser muy importante para el desarrollo y la posición narrativa del libro. La segunda parte está contada en primera persona y es la voz del protagonista, el erotómano involuntario aclarando, o más bien estableciendo su nada clara y sí muy paradójica posición. El hombre sin mano que sin embargo llega a tocar con ella.

    Ritual posesivo


    Varias semanas regresando sobre el libro que no puedo considerar terminado pero que obsesivamente reescribo y afino en su acabado. Trato de dar la mejor forma a una fidelidad a ultranza: fidelidad no a una realidad literal de mi vida o a una idea de la literatura y del mundo. Fidelidad más bien a una manera de estar en el mundo. Trato de ser fiel a cierto "sonambulismo del deseo". A una fuerza que me mueve y de la cual el libro es un ritual propiciatorio. Con extrema claridad veo mi rechazo a una forma narrativa tradicional y exploro límites nuevos de lo que hago. Con frecuencia esta exploración me hace estar más allá de mí mismo. Rebasado por mi experimento. A veces resulta bien. Otras hay que comenzar de nuevo. La forma misma de la novela es un extraño objeto de deseo. Trato de hacer un libro poseído, como mi personaje principal y sus encuentros y saberes.

    Amante andante


    Ya sabemos que el Quijote deseó ser caballero andante lleno de las novelas que le hincharon el ánimo. Por otra parte, el noble pendenciero Iñaqui de Loyola, lleno también del espíritu heróico del Amadís de Gaula y otras novelas del género (exactamente como El Quijote) , tuvo un accidente terrible y estuvo convaleciente varios meses en un castillo, con una biblioteca. Pero como en ésta solo había vidas de santos, se convirtió heróicamente en San Ignacio de Loyola.
    De la misma manera, Ignacio Labrador Zaydún, convaleciente en una biblioteca llena de libros eróticos, los leyó todos y, aunque muchos le parecieron horribles y se interesó en criticarlos con pasión, él anheló ser mejor. Un caballero andante del erotismo, un santo erotómano. Deseó vencer obstáculos y ganarse el paraíso que era su amada. O su amada del momento, cada vez distinta. Dicen que llegó a desarrollar una sensibilidad especial para el amor y más especial aún para el tacto. Pero no es seguro porque hay mujeres que loconocieron bien y afirman también lo contrario. Lo cierto es que se convirtió, pobrecito, en héroe involuntario de esta novela irónicamente erótica, Las manos del fuego.

    Confluencia propiciatoria.


    Abro por primera vez este Cuaderno mientras cae la tarde y el año también declina. Muy a mi pesar voy también cerrando el manuscrito de mi novela Las manos del Fuego. A mi pesar porque me cuesta trabajo renunciar a seguir viviendo en el mundo que me crea cada novela, en el ámbito de experimentación sensorial que la novela justifica obsesivamente. Reviso entonces la biografía de Ignacio L. Zaydún, un hombre sonámbulo y enamorado al que de niño le habían cortado parte de una mano por un accidente con fuegos artificiales. Sin embargo, sus amantes decían que la mano faltante le brillaba entera en la oscuridad cuando la tendía hacia ellas. Y con los cinco dedos de ese resplandor las tocaba a fondo, metiéndose en lo invisible, moviendo y conmoviendo hasta sus ideas, ya no digamos su cuerpo.
    Desde su nacimiento, prematuro, fue objeto de una investigación en la cual veían si recibiendo un exceso de masajes se desarrollaba mejor. Y hoy me encuentro una nota sobre ese tipo de terapia en los niños prematuros. También invento que cuando tuvo su accidente le hicieron injertos de piel que resultaron en una hipersensibilidad. Y hoy también encuentro en las p´paginas del periódico La Jornada esta nota que cuenta cómo hacen injertos de piel en los quemados, tomando la piel del órgano sexual de los bebés. Del prepucio. Lo que en gran parte explicaría la hipersensibilidad de Zaydún.
    Dice La Jornada: "La empresa mexicana Bioskinco produce aloinjertos de piel humana que reducen hasta en 50 por ciento el tiempo de cicatrización de una herida en caso de quemaduras, úlceras, dermoabrasiones y otras afecciones de la piel. El nombre comercial del producto es Epifast, y se trata de epidermis humana criopreservada (conservada a mínimas temperaturas) que es metabólicamente activa y acelera el proceso de regeneración de la piel de los pacientes. Los aloinjertos Epifast son elaborados a partir de queratinocitos vivos, es decir, células productoras de factores de crecimiento que estimulan la proliferación de las células epiteliales del propio paciente.Los queratinocitos con los que se produce Epifast fueron obtenidos del prepucio de un recién nacido sano circuncidado, con los cuales se creó un banco de células criopreservadas."
    Extraña, muy extraña confluencia.