SOBRE EL NUEVE.

Con frecuencia me preguntan por qué aparece el número nueve en mis libros. Sobre todo en el Quinteto de Mogador. La respuesta es práctica, no esotérica: para poder combinar fragmentos muy diversos de forma, tamaño y naturaleza, hay que encontrar algo que tengan en común. Y hace tiempo, en la India de los Mogules, en la cultura persa y en sus descendientes árabes, los artesanos que lograron hacer tableros de azulejos combinando formas muy diversas se dieron cuenta de que podían hacer una retícula oculta basada en el número nueve que lograría esa fórmula. Eso lo explicaré poco a poco en otra entrada de este blog. Por lo pronto, como introducción al tema del nueve como cifra en la que caben muchas formas del universo, pongo aquí el vínculo de un video sobre ese tema que pusieron en Facebook: Ojalá puedan entrar y verlo.




Presentación-Entrevista
sobre EL QUINTETO DE MOGADOR




En CASA ÁRABE de Madrid, con introducción de  Karim Hauser y preguntas de Jesús Ruiz Mantilla, una entrevista sobre la aparición de EL QUINTETO DE MOGADOR, publicado por Alfaguara en Madrid. El 4 de junio del 2014.




DE UNA CALÍGRAFA SONÁMBULA,
Texto de Caterina Camastra


 La caligrafía árabe y yo nos encontramos en Mogador. En el Mogador de papel en las novelas de Alberto, preludio a la Essaouira de piedra y viento que me recibiría unos años después, Sonámbula entre tantos viajeros, en diversos estados de obsesión, que llegan al puerto del Atlántico en busca de uno u otro de los mitos enredados en el laberinto de sus callejuelas.
Por las páginas de Mogador me encontré entonces con el trabajo de Hassan Massoudy, con la voz inaccesible de una lengua desconocida cuyas mismas letras, en su trazo físico, se lanzan y entrelazan, se extienden y confunden en una belleza que se busca a sí misma en incesante espiral.  Letras misteriosas marcando el ritmo de las historias deseantes en las novelas, ofreciendo esquinas, pasadizos, celosías a sus amantes fantasmas. Y entonces quise, con toda la fuerza de la obsesión que nos caracteriza a los Sonámbulos. Quise con todo tesón y toda ridiculez. Quise ir a mirar el puerto desde la claraboya de su propia muralla, y quise aprender el arte de la escritura árabe. En el taller de un calígrafo en Essaouira compré un pequeño cuadro para una amiga, dice al-qamar, la luna. Quise algún día poder ser aprendiz en uno de esos talleres, poder entender algo sobre cómo anudar y desenvolver ese alfabeto huidizo que al mostrarse se escondía.
Por espirales del destino, unos años después fui a encontrar en Rabat el taller de un calígrafo que me recibió. Hay una calle algo parisina en el centro de Rabat, donde una hilera de casitas de madera sombreadas por árboles, que antes eran puestos de un mercado de flores, son ahora ocupadas por artistas plásticos – pintores, escultores, alfareros. Enfrente está la entrada de unos grandes jardines públicos; sobre la misma acera, amplia para pasear a gusto, la terraza del café del teatro principal de la ciudad. En una de las casitas trabaja Mohammed Faqir, calígrafo y pintor, con quien llegué a aprender.
“La caligrafía es una geometría espiritual”, me dijo el primer día. “La buena caligrafía refuerza el derecho”, en otra ocasión me dijo que dijo el profeta Mahoma. La belleza es una con la verdad y juntas habitan un espacio sagrado. No comparto la fe religiosa, sin embargo, en ese espacio sagrado también habita la poesía, sabia en hacerse entender por arriba de toda distancia.
Aprender a escribir caligrafía viene siendo una búsqueda que pasa a través de la observación, el conocimiento, la disciplina y el paciente trabajo. Un camino de años, del que los que cuento no son que tres pasos andados. Mohammed empezó a enseñarme el estilo nasj, نَسْخ, ‘copia’, el que se usa normalmente en la imprenta. Me enseñó que los puntos diacríticos que distinguen unas letras de otras (como en el caso de ب bâ’ت tâ’) son también las unidades de medida que determinan anchura y longitud de las letras. Por ejemplo, ا, alif, la primera letra del alfabeto: cinco puntos de altura. Que dependen, claro, de la cabeza de la pluma con que se escribe, del cálamo, qalam.
El qalam es parte de la dimensión sagrada de la escritura, dando el nombre nada menos que a una surah del Qur’an, la 68, Surah Al-Qalam, en cuyo primer versículo el mismo Dios jura “por la nûn y por el cálamo y por lo que han escrito”. La ن, media luna con estrella, es de las letras más bellas y misteriosas del alfabeto árabe. El cálamo es un carrizo que, como nos cuenta Hassan Massoudy en L’ABCdaire de la calligraphie árabe, a la hora de ser plasmado en una pluma trae consigo el sol y el agua que lo alimentaron, y el viento que lo hizo flexible y resistente. Se supone que un verdadero calígrafo debe hacerse sus cálamos, a la medida de su mano y de la presión de sus dedos, aún más, obedeciendo directamente a la pasión y la voluntad: me contó Mohammed la historia de Ibn Moqla, visir y calígrafo en la corte de los abasides, quien, cuando algún disgusto del califa hacia su persona redundó en que mandara cortarle la mano, se ató un cálamo al muñón y siguió escribiendo con la misma letra de antes. Lejos de tanto heroísmo, confieso que ni siquiera he tratado todavía de hacer mis cálamos, apenas si me he atrevido a afilar la punta de los que Mohammed me ha regalado. Aquí pueden verle fabricando uno, por si tienen curiosidad: https://www.facebook.com/photo.php?v=4016999860541&set=vb.1147692646&type=2&theater
La cabeza del qalam mide los puntos que a su vez dictan las reglas de la armonía. La letra trasciende, sin embargo, su propia geometría. La imagen de la letra es, finalmente, lo que importa, me enseñaba Mohammed. Me decía que practicara midiendo los puntos y practicara también en la hoja blanca, buscando la imagen. Lograr la imagen es lograr el carácter de una letra, su fuerza y su personalidad, para infundirle su lugar en el transcurrir de la escritura.
La caligrafía es una cuestión de curvas, me decía también Mohammed. De bajar y subir con firmeza, marcando un centro de gravedad, sutil y definido a la vez, que señala el cambio de sentido al recorrido del cálamo. Algunas letras comparten, por ejemplo, la curva característica de la nûn ن, entre otras sîn س, âd ص, qâf ق; distintos son la línea, el equilibrio, el centro de gravedad de letras como bâ’ ب y fâ’ ف. Las longitudes pueden variar y las proporciones, mezclarse; sin embargo, una personalidad inequívoca distingue en cada letra, que realiza una combinación única de rectas, curvas, puntos de equilibrio, recorridos, cambios de dirección e inclinación del cálamo sobre el papel.
Hablo aquí de las líneas del nasj, las que menos desconozco. Cada estilo tiene las suyas, las diferencias siendo a veces sutiles y otras, desconcertantes. Recuerdo una clase en que Mohammed me mostró un alfabeto en estilo diwani, en que la sîn solo era una línea dulcemente diagonal, algo ondulada, sin las curvitas pronunciadas y los piquitos que había yo aprendido a distinguir; ante mi desconcierto, me explicó sonriente: “La sîn ahí está, solo que está adentro”. Las letras tienen voz y vida al interior de las líneas que las marcan y definen, me gustó entender. La caligrafía sugiere, encubre, descubre y de nuevo confunde esa voz, en ecos que resuenan en las vueltas cambiantes de una espiral tras otra. Para nosotros los Sonámbulos, ecos de Mogador, la inaccesible. Ecos de la misma sensualidad arquitectónica que Ibn Arabi, poeta místico andalusí, leía en el enlace de lâm-alif, لا, una de las combinaciones más frecuentes del idioma: “Cuando alif y lâm se hacen compañía, cada uno de ellos experimenta una inclinación hacia el otro. Esa inclinación es al mismo tiempo pasión amorosa e interés. No ves acaso como lâm replega su trazo descendiente para envolver la vertical de alif, con miedo a que se le escape. Despierta a tu alif de su sueño y desata el nudo de tu lâm. En el nudo que une lâm y alif reside un secreto indecible”. Agradezco a Hassan Massoudy esta clase de citas deliciosas en su ABCdaire: nada como erotizar la morfología de un idioma desconocido para despertar la obsesión, amorosa y lingüística, de una traductora Sonámbula.
Llevaba conmigo cierto optimismo de la voluntad: nunca supe dibujar, pero siempre tuve bonita letra. Letra manuscrita de manual de primaria, que no sabía trazar sino con esmerada lentitud, una pesadilla en la escuela para dictados y ejercicios afines. Ahora me vino bien, siendo la caligrafía árabe ejercicio de santa paciencia. Un calígrafo, Mohammed me contaba, puede tardar hasta diez minutos en escribir una sola palabra, amén de repetirla cuantas veces sea necesario. Tiene que respirar hondo y escuchar su propia respiración. Doucement, tout doucement, despacio, no dejaba de decirme, en el francés que, a falta de árabe de mi parte, nos comunicaba en esa calle tan parisina de Rabat. Ir decidida hacia el centro de gravedad, con mano determinada, sin sobresaltos ni titubeos, junto con el aire. Lo mismo recomienda Hassan Massoudy en su ABCdaire: “En el instante en que el calígrafo apoya la cabeza de su cálamo en el papel, debe dominar su gesto a través de una fuerza interior a fin de que su mano pueda trazar la letra con precisión. Esa fuerza no es otra que la capacidad de regular su respiro. Debe tomar conciencia de su respiración. Entre inhalación y exhalación, hay un pequeño momento de pausa que el calígrafo puede aprender a prolongar ligeramente a través del ejercicio cotidiano. Cuando ese momento se alarga, tiene la sensación de estar afuera del tiempo y su gesto se hace más preciso. El calígrafo ritma su respiro acorde a la alternancia entre trazos gruesos y finos de las letras. Retiene el aliento para delinear una letra larga, parándose donde el trazo cambia, y lo retoma al mismo tiempo que vuelve a entintar. Se enseña al joven calígrafo que no use todo el aire de sus pulmones, ni toda la tinta de su cálamo, en el momento de ejecutar un gesto largo y lento. Trazar con lentitud una letra larga es también sumergirse en el propio silencio interior para allá encontrar la expresión personal. Cada vez que ese momento se alarga, una sensación de bienestar y plenitud invade al calígrafo. En el momento en que el calígrafo domina su respiro, su cuerpo entra en comunicación con su mente y su sensibilidad”. En ese mismo espacio entre el cuerpo y el espíritu, en el tiempo ritmado por el aliento, movidos por el mismo impulso de búsqueda, si no paciente, obsesiva, trazamos caminos los Sonámbulos con todos nuestros fantasmas. Buscando el gesto preciso que nos devuelva la paz.
He tenido el gusto de conocer, en mi corto aprendizaje, ese momento de bienestar del que habla el maestro, los maestros. Es caminar el laberinto inaccesible que sin embargo, por momentos, accede a recibirnos, y nos permite llegar justo donde queríamos. Para luego inmediatamente, claro está, prometernos otro paraíso atrás de una esquina, otra gracia en una nueva hoja.

Mis intentos de aprendiz calígrafa se encuentran en estos álbumes:

Algunos textos sobre caligrafía que me gustan pueden leerse en estas notas:


Texto de Caterina Camastrapage5image1984 page5image2408 page5image2832

CONVERSACIÓN SOBRE
La mano del fuego,
AL SALIR EN FRANCÉS COMO:
À mon corps désirant.



En la página de Radio France Internacional, RFI, a la que se entra con el vínculo abajo de este texto, Jordi Batallé escribió: 
"La editorial francesa Galaade, en colaboración con la Casa de América latina de París, acaba de publicar la traducción de La mano del fuego, un Kamasutra involuntario, novela del escritor mexicano Alberto Ruy-Sánchez. Esta novela fue presentada en el Instituto del Mundo Árabe de París, el 28 de marzo del 2012, acto dentro del marco de una exposición que gira en torno al desnudo, con obras realizadas por artistas árabes contemporáneos, que lleva por título “El cuerpo descubierto”.
          Para hablarnos de La mano del fuego y de su intensa relación con el mundo árabe, lleno de sensualidad y misticismo, Alberto Ruy-Sánchez fue tan amable de venir hasta nuestros estudios.
Esta es su entrevista.




DANZA Y POESÍA


De nuevo Tatiana Zugazagoitia me regalará la traducción de mis textos en el lenguaje del cuerpo. Me preparo para volar a Mérida porque el próximo sábado haremos allá la presentación de mis dos libros más recientes: Elogio del insomnio y Decir es desear. con una coreografía de ella, cinco bailarines, música compuesta especialmente para el espectáculo.

POR EL TORSO DEL DESEO

Torso, ¿qué buscas?
Tu torcida realidad
me hunde en tu sueño.


























*Fotografía de Alicia Ahumada, del libro El bosque erotizado, con textos de Alberto Ruy Sánchez, editado por Artes de México.

LA SONRISA MOGADORIANA
DE XÓCHITL Y CATERINA
en la complicidad del laberinto

Mogador-Essaouira y sus murallas
vista por Caterina Camastra desde la fortaleza del puerto
No me canso de comprobarlo y a la vez de sorprenderme, los más extraños y maravillosos regalos, privilegios y placeres inesperados que puede recibir un escritor suceden en un ámbito inesperado, en esa especie paradójica de lento torbellino pasional que como micro clima crea la circulación felizmente incontrolada de sus libros en las manos deseantes de sus lectores. Inmenso privilegio es enterarse, por ejemplo, de la complicidad intensa entre dos mujeres que toman palabras de sus libros para nombrar la nueva realidad que ellas se han creado. 
        La escritora Caterina Camastra me contó: "La expresión "Ir a Mogador” se convirtió en nuestro código secreto para referirnos a asuntos de amor y discreción. Frases como “¿A qué hora te vas a Mogador?” o “No he hecho la tarea, pasé la tarde en Mogador” se volvieron moneda corriente en nuestro idioma privado..."  Caterina, con el tiempo, se volvió traductora al italiano de En los labios del agua (y de varios otros libros de escritores mexicanos, entre ellos Galaor de Hugo Hiriart). Viajó hace poco tiempo a Mogador con su amado, Héctor Vega, y nos trajo bellísimas imágenes de la ciudad del deseo. Ahora, con su amiga y compañera de estudios de postgrado, Xóchitl Salinas Martínez, me cuentan como fue creciendo en ellas ese vínculo sonámbulo, ese guiño  que se hace con los labios deseantes, esa sonrisa de complicidad mogadoriana que las une. Y yo, muy agradecido, lo celebro sonriendo con ellas, por ellas.
Caterina Camastra en la fortaleza del puerto
con la ciudad de Mogador al fondo.
Foto de Héctor Vega.


EN LA COMPLICIDAD DEL LABERINTO, 
según Caterina Camastra y Xóchitl Salinas Martínez
Dicen que la ciudad de Mogador no existe, que la llevamos dentro. Pero otros dicen que sí existe y que, justamente, la llevamos dentro.  
Alberto Ruy Sánchez: Nueve veces el asombro.

En primaria o posgrado, el significado de compartir un pupitre no cambia. Sentarse junto a alguien en la escuela, varias horas al día, muchos días de la semana, durante meses o años, significa construir todo un léxico familiar, un mundo de diálogos entrañables.
Algo así nos pasó a mi amiga Xóchitl y a mí durante los años en que nos sentamos juntas en el salón de clases de la Maestría en Literatura Mexicana. Muy pronto ella se convirtió también en vecina de casa y nuestra relación fue volviéndose simbiótica. Solo Xóchitl sabía dar el correcto golpe de cadera que cerraba la rejega portezuela del copiloto de mi Volkswagen 1974, mejor conocido por su color como la Naranja Mecánica. Algún día aborchornamos a un pobre tapicero, quien, al vernos mirar con entusiasmo su catálogo de telas y debatir sobre el mejor color para mi sillón, asumió –no sin rubor– que vivíamos juntas y éramos pareja sentimental.
El posgrado es mejor que la primaria porque cuando uno es grande ya la escuela es un placer. Mi amistad con Xóchitl fue literaria desde el primer momento, y nos divertimos mucho preparando exposiciones sobre Sor Juana o las beatas embaucadoras de Nueva España. En esos mismos años descubrimos la obra de Alberto Ruy Sánchez, gracias a que mi asesor de tesis, Efrén Ortiz, me prestó Los demonios de la lengua. De cariño burlón y con poca modestia le decía yo Padre Miranda, en homenaje al confesor de Sor Juana, lo cual le hizo pensar que me interesaría el alucinado jesuita protagonista del libro de Alberto. Y así fue: amé el libro y su exquisita, diabólica arquitectura. En una sucesiva incursión en librería, mis ojos reconocieron el nombre del autor en la cubierta de En los labios del agua. Me llevé el libro y el mundo cambió: aprendí que era Sonámbula, y pronto Xóchitl supo que ella también lo era. Las dos nos internamos en el laberinto de las páginas de Mogador con delicia compartida, leímos libro tras libro, e integramos una ciudad lejana y nunca vista a nuestro léxico familiar. “Ir a Mogador” se convirtió en nuestro código secreto para referirnos a asuntos de amor y discreción. Frases como “¿A qué hora te vas a Mogador?” o “No he hecho la tarea, pasé la tarde en Mogador” se volvieron moneda corriente en nuestro idioma privado, un zelije más en el cuadrado védico de nuestra amistad. Y un zelije fundamental, punto de reunión al final de un laberinto de malentendidos y desencuentros que nos tocó atravesar acto seguido. Años después, el mensaje que rompió un largo silencio se lo debí a un texto mío que Alberto colgó en su página: Xóchitl lo encontró y decidió que había llegado el momento de reanudar puentes conmigo. En su momento, Xóchitl había sido la primera lectora de mi texto En las garras del agua, sabedora de los entresijos de su escritura. Así que en ésta, otra página en el laberinto de la ciudad del deseo, celebro nuestra Sonámbula amistad renovada.


***
La muralla de Mogador desde arriba.
Al fondo la Isla de Mogador.
Foto de Caterina Camastra.


Dicen que los Sonámbulos se reconocen desde el mismo momento en que se cruzan sus miradas. Creo indiscutiblemente que es así. Esto pude comprobarlo con certeza, en marzo de 2002, cuando di el primer paso dentro del que sería mi salón de la Maestría en Literatura Mexicana y vislumbré como entre veinte personas a Caterina sentada. En ese mismo instante supe que seríamos amigas. No me equivoqué.
Nuestra amistad se dio sin dificultades, se sentía fluir como el vaivén calmado de las olas, como una perfecta conexión entre gustos y opiniones aunque aparentemente fuésemos tan distintas. Era un hecho: nadábamos en la misma agua.
Día a día íbamos descubriéndonos, conociéndonos, encontrando ecos la una en la otra como círculos concéntricos. Uno de los felices puntos de coincidencia llegó con Los demonios de la lengualibro que había leído con entusiasmo y fascinación a los 16 años y que ella acaba de descubrir. Sin duda, fue la llave que nos abrió las puertas a un paraíso literario sin precedentes y que nos ha traído interminables horas de placer. Cati y yo pasamos tardes deliciosas sentadas en su sala leyendo, compartiendo descubrimientos de nuestras lecturas, comparándolas divertidas con nuestras propias vivencias. Nos arrullábamos en la mecedora mientras escuchábamos De agua y de aire, embelesadas por la música y la voz de ese halaiquí que nos transportaba con sus historias al mágico puerto amurallado de Mogador, haciéndolo cualquier cosa, menos, inaccesible.
Con el paso del tiempo, hemos visto cómo, uno a uno, los libros sobre Mogador nos han envuelto como los dedos de una mano que nos arropa y nos mantiene unidas en una complicidad que podría carecer, incluso, de palabras, pues por gestos y miradas nos entenderíamos perfectamente.
Por fortuna, tenemos y teníamos muchas historias juntas; claves distintas para comunicarnos de manera traviesa en lugares públicos, lugares insospechados en donde nombrar “Mogador” se transformaba en un talismán que surgía de nuestro interior, que traía consigo historias sonámbulas y nos permitía compartir nuevos encuentros con nuestros fantasmas. Un talismán que nos reivindica en nuestra casta de sonámbulas desde hace nueve años ya, aun sabiendo que ya lo éramos mucho antes de ser nombradas.

Xóchitl Salinas Martínez
Xochitl y Caterina unidas por una sonrisa mogadoriana



Un giro en el laberinto de las calles de Mogador

Mogadoriano a punto de cruzar una de las puertas internas
de la ciudad del deseo.
Foto de Caterina Camastra.
Puerta mogadoriana de madera con una Jamsa grabada,
es una mano protectora contra el  mal de ojo.
Foto de Caterina Camastra.











DEL PODER DE LA TINTA
La pasión tatuada
por Eugenia

Seguido por las historias y los tatuajes de Cecilia, Carolina, Mariana y Silvia

Mi amiga, la escritora y traductora Eugenia Noriega, autora de ese cuento bello y perturbador llamado Inmaculada, me sorprende de nuevo. Ahora con una huella profunda de su pasión en la piel: de la tinta bellamente trazada que literalmente se vuelve sangre. De la sangre que se vuelve tinta. Es decir, tatuaje. 
     "Tinta tenaz y tajante que corre de las páginas a la piel", dice Eugenia. Porque fue tomada de un libro para ser dibujada sobre la piel. Pero no es cualquier tatuaje: es justamente un tatuaje en caligrafía árabe, creada por un gran maestro del oficio: Hassan Massoudy. Autor de una escritura contemporánea y tradicional que en sus mejores momentos es a la vez obra de arte y búsqueda espiritual a través de la plenitud corporal. Esa búsqueda se intensifica al volverse parte del cuerpo, de la escritura total que es el cuerpo.
     Tatuaje y caligrafía se convierten entonces en dos rituales cifrados. Cuentan sus historias a fondo tan sólo a aquellos iniciados, a los elegidos por la lógica incontenible y hasta delirante del deseo y el amor.
      En el ámbito alterado de los amantes de Mogador, la caligrafía es labor de quienes desde ese delirio amoroso se vuelven visionarios del deseo. Y ponerse una caligrafía en el cuerpo es además visión de "Sonámbulos": de miembros secretos de esa casta de hipersensibles al deseo, descritos, estudiados e invocados en las cinco novelas que forman El quinteto de Mogador: Los nombres del aire; En los labios del agua; Los jardines secretos de Mogador, voces de tierra; La mano del fuego; Nueve veces el asombro.
     Eugenia me envía esta fotografía del tatuaje que se ha puesto en la parte más alta de la espalda. Es la palabra pasión trazada en árabe por ese gran calígrafo que ella cita. Y es como una hoja otoñal que cuelga con gracia y a la vez como una llamarada doble que se levanta y se mete en una espiral. 
      La espiral y la llama juntas forman además una elipse dinámica, ardiente. Orbita compleja de dos centros distintos que se entrelazan. Me transmite sin duda la impresión del fuego de la pasión cuando entra en el cuerpo deseado y deseante.  
     Me hace pensar también en las variaciones y etapas de la pasión descrita: "1. La pasión, realidad de los sueños; 2. La pasión, fuego vital, fuego mortal; 3. La pasión, memoria dolorida." que -de la página 35 a la 80- constituyen el segundo capítulo de La mano del fuego.  Donde se afirma que, como una caligrafía que admite múltiples lecturas, "Cada situación amorosa es una estrella de mil puntas. Puede ser descrita de maneras muy distintas y desde ángulos siempre cambiantes."
    Al mismo tiempo, cada caligrafía tatuada, no sólo está escrita en primera persona, habla de quien la posee y quien la posee es quien habla. Su significado es un código que esa persona tiene y que es flotante: si  ella quiere puede irlo modificando según los nuevos avatares de su vida. Ella es la dueña también de su sentido. De sus sentidos posibles.
   Al final de aquel capítulo, el amante distraído descubre, muchos años después, que su amante, al abandonarlo, le salvó la vida aunque lo dejó sin amor. Y piensa: "Tal vez entonces yo hubiera sentido, de manera inocentemente trágica, que más vale la pena morir amado que vivir sin amor. (...) Ahora no me cabe duda, vale la pena vivir porque, con paciencia y un poco de ciencia, tanto el deseo como el amor son aves que pueden renacer de sus cenizas. Son memoria viva en el cuerpo enamorado. Y hasta los muertos y los ausentes y los amados inaccesibles renacen, si se tiene suerte, en otros cuerpos por algún tiempo. Aunque estos nunca lo sepan. Y, a veces, ni siquiera nosotros, los deseantes, lo sabemos con certeza. También por eso somos Sonámbulos." (p.79)
    Parece que esta caligrafía de Eugenia estuviera colgando de un collar imaginario, irrompible, irremplazable. Del que sólo ella tiene las claves flotantes y sus renacimientos. Parece también que esa llama va trepando poco a poco hasta la nuca, levemente despeinada por el torbellino de besos que precede el paso de la pasión por ahí. 
     Eugenia ha escrito, acompañando su foto, esta reflexión palpitante:

                          DEL PODER DE LA TINTA
Cuando veo un tatuaje en el cuerpo de una persona no puedo resistir la tentación de preguntar qué significa, qué historia encierra.  Claro que no falta quien despierta después de una desafortunada noche de farra con un Piolín en una nalga y sin recuerdo alguno del incidente, pero creo que en la mayoría de los casos la decisión de tatuarse trae consigo una carga fuerte de sentimientos y símbolos.  Un tatuaje puede ser un hito, un ancla, una promesa, una brújula.  Lo hacemos para recordar eso que no queremos olvidar nunca.  Un amor, un momento, un sueño… o sólo algo que nos gusta.  Algo que habla sobre nosotros, sobre lo que somos y lo que queremos ser.  El tatuaje se yergue en medio del tiempo como una roca en medio de un río, inmutable, indeleble.  Y años después, sobre una piel completamente distinta, sigue repitiendo con tenacidad el mensaje que se le encomendó.  La mariposa aletea: sé siempre libre, no te dejes atrapar. El dragón susurra con su aliento cálido la magia existe, todo es posible.  Un ancla en el tobillo mantiene a su portadora con los pies firmes sobre la tierra, aunque tenga la cabeza en las nubes. Cada historia es fascinante.  Hasta la del Piolín. Y el tiempo le da a cada una nuevas dimensiones y matices, dejos de ironía, de sino, de nostalgia, de las mil historias más que se van acumulando sobre ésa que se plasmó en tinta.  La tinta tiene vocación de permanencia en un mundo destinado al cambio.  Se rebela contra la fugacidad de cada instante. En un tatuaje, en un libro, la tinta le da cuerpo y vida a una idea, a una obsesión; construye un puente a través del cual dos mentes pueden unirse y comulgar, jugar, esconderse, desnudarse, amarse. La tinta puede ser una máscara y también un espejo. 
  Tengo tatuada en la espalda, con tinta roja, una caligrafía de Hassan Massoudy.  La encontré en el libro En los labios del agua, de Alberto Ruy Sánchez. Ese libro fue para mí el primer paso de un camino largo y fascinante que me llevó de la penumbra a la luz, a un fuego que me incendió y me llenó de vida. De magia. Y mi tatuaje arde abajito de mi nuca como una antorcha para que ese fuego jamás, jamás, se apague en mí. Sus trazos curvos y lúdicos de serpentinas y hoja de árbol a la vez esconden y gritan la palabra PASIÓN Es inquieto, lo siento a veces bailando en mi piel; es un tatuaje lleno de historias y motivos y secretos.  Igual que los libros, los tatuajes son experiencias personalísimas, muy, muy íntimas.  Nadie puede vivirlos con nosotros.  Esos puentes que tiende la tinta sólo los podemos recorrer en soledad. Pero algunos libros tienen una vocación tan fuerte, tan decidida, que pueden trastornar y transformar a más de una persona. A muchas. Las experiencias de cada lector son radicalmente distintas, pero existe algo más, algo de fondo que nos une. Este fuego que me quema ya lo he visto arder en otros ojos, en otras pieles. Hay tantas caligrafías de Massoudy que a través de los libros de Ruy Sánchez se han convertido en tatuajes, que el calígrafo incluso ha dicho en broma "Si esto sigue así llegará un momento en que habrá más obra mía sobre la piel de las lectoras de Mogador que sobre papel". Massoudy dice “lectoras” pero yo he visto a más de un lector dejarse consumir por esta deliciosa obsesión.  Cada quien encuentra su signo y lo hace suyo.  A partir de los cinco libros de Mogador se ha creado no sólo una Casta, la de los Sonámbulos, sino un mundo vivo y pleno, que a tantos nos ha dado el cobijo y el consuelo de saber y sentir que no estamos solos.  Ya se sabe que el alma y el aliento de este universo es el deseo, pero su sangre es la tinta. Tinta tenaz y tajante que corre de las páginas a la piel. Y de regreso, cuando alguien escribe sobre los tatuajes, como ahora.
                                                                                                  Eugenia Noriega

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El lúcido comentario de Eugenia Noriega puede servir de prólogo a otras historias, algunas de las muchas que me han enviado con fotos de tatuajes mogadorianos. Como éste de una caligrafía de Massoudy que figura en Los jardines secretos de Mogador, y que la bella Silvia me hizo llegar hace unos meses, Silvia a Secas, como le gusta su nombre desde que su tatuaje le permitió "rescatarse", como ella dice. Para Cecilia, su tatuaje fue la antesala o el umbral de un nuevo paraíso deseado con fervor y finalmente alcanzado. O la historia de María Fernanda, psicóloga, que con un tatuaje simboliza un laborioso exorcismo de sus miedos. O la de Carolina, que copió a mano en sus cuadernos durante años jardines secretos de sus afectos en palabras  y en caligrafías para culminar sembrándolas en su cuerpo. Algunas otras ya figuran en este blog. Como las maravillosas de Karla en "La vida y la obra como una sola caligrafía", las de Ana Laura, en "Collar del deseo, tatuarse el viento", o la de la modelo y lectora anónima de "Tatuajes que florecen"
Vendrán luego muchas otras historias significativas. Cuando publiqué en Facebook el vínculo hacia este texto de Eugenia hubo muchísimas reacciones. En una de ellas, Joyce Buccio  comenta: <<Fascinantes relatos, entiendo perfectamente el poder de las letras y los sentimientos íntimos que puede generar una idea. En esta post modernidad un tatuaje nos interna al origen atávico. Nos recuerda la permanencia de un "no olvido". Nos aferra a una constante y nos aleja de un leve "te quiero">>.

     La novela En los labios del agua tiene como protagonista a un calígrafo: Aziz el viejo. Un meticuloso artesano de la escritura árabe que dibuja letras con maestría inigualable. Su actividad creativa, lo que dibuja y escribe de manera tan singular, se vuelve metáfora de lo que quiere ser la escritura de ese libro y de todo el Quinteto de Mogador: una forma nueva, recreada en la adversidad, artesanalmente bella y muy significativa. Forma que es contenido.

     El calígrafo también ve en sus cartas enviadas a la amada, perfectamente dibujadas, la forma de su deseo por ella: sus letras son como él: voluptuoso y controlado.
La caligrafía en el mundo árabe es vista como una red de significados secretos que necesariamente se manifiestan como escritura de dios. Y aparecen con frecuencia a través de los sueños. Una caligrafía soñada puede ser considerada una premonición que debe ser descifrada meticulosamente. Labor de visionarios y sonámbulos. 
     Una pieza de caligrafía árabe es a la vez un sonido, un valor numérico, un texto y una forma plástica. Cuatro caminos certeros para que avance la caligrafía en nosotros, su significado múltiple y su fuerza. La caligrafía hace evidente la relación entre la escritura y el cuerpo, tanto de quien escribe como de quien lee. 

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EL TATUAJE:
LLAVE EN EL UMBRAL 
DE TU FUTURO








Hola Alberto, quiero compartir contigo la foto de mi tatuaje, sacado por supuesto de tu libro Los Jardines secretos de Mogador. Me tomó algo de tiempo decidirme a compartirlo contigo, pero ¡ea! aquí va. Sólo puedo decirte que tu libro, y el correspondiente tatuaje llegaron a mi vida en un momento de catársis muy grande. Me habían dicho que no podía tener familia y mi pareja acababa de dejarme. Estaba como una loca tratando de encontrarle sentido a mi existencia y entonces llegaron tus palabras y las imágenes inolvidables de la caligrafía de Hassan Massoudy. El día que me hice el tatuaje me acompañó una querida amiga -eso tenemos en común tú y yo, a la señora Alicia Ahumada- y ella me dijo: "Ya solo te falta el jardinero"... Un par de meses después de ponerme el tatuaje supe que estaba embarazada y con mi pequeña bebé también llegó mi jardinero. Ahora estamos juntos, tengo una familia hermosa, soy feliz y cargo conmigo, muy cerca del ombligo y del centro de mis deseos, el secreto de tus jardines secretos de Mogador. ¡Muchas gracias!
Cecilia G. Juárez

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SILVIA A SECAS Y SU TATUAJE
"Te cuento que para mí fue como "empoderarme": como el inicio de recuperarme. Silvia a secas, sin pertenencias de ningún tipo ni roles, más que el de mí misma.  Silvia desde pequeña fue la apartada de la familia, por que ella así lo decidió. Es la más chica de cinco hermanos. Familia disfuncional viviendo en aparente tranquilidad. El lema de "aquí no pasa nada lo tenían todos ¨tatuado¨en la piel.  Sus hermanas mayores se enamoraron locamente y se fueron con el novio a no tan temprana edad. A Silvia los padres la tenían catalogada como la sensata de la familia. La del novio de toda la vida. Un hijo más para ellos, así lo veían. San novio y San sentada tenían que casarse para salvar el honor de la familia. Silvia cedió todo el poder a los otros. A los padres y después al marido que dirigieron su vida. Dirigían y no. Silvia se creía esa etiqueta pero lidiaba con su verdadera esencia. Detrás de la Silvia sensata está una mujer ardiente, rara y loca, intensa.  Lidió durante muchos años con esas dualidades. Era intensa y a la vez pasiva, necesitaba que los otros la hicieran arder. Hasta que dejó poco a poco salir a la Mujer, a esa Silvia a secas que tanto se gusta y acepta que lo de ella no es ese mundo de ¨buenas costumbres¨ y de pasos agigantados. Para Silvia la felicidad radica en el goce de las cosas simples, en el disfrute tanto de la tristeza como de la felicidad. Le pasaba siempre por la mente hacerse un tatuaje. No se atrevía por el sermón dominical de su madre: ¨Las mujeres decentes no se tatúan." ¿Pero por qué si el ser es más que un tatuaje? se decía Silvia. En fin, llegó a ella esa lectura y así fue descubriendo y aceptando su naturaleza . Decidió tatuarse ¨Jardines íntimos y mínimos.¨ Allí empezó a recuperar su poder sobre sí misma. Con mil situaciones por resolver. Su esposo duró dos semanas sin hablarle. Allí confirmó que dominar a su mujer sería un reto: ja ja, después de diez años de matrimonio apenas empezaba a conocer a la mujer que habitaba en Silvia, la supuesta sensata. Su madre se enteró después de dos años de la existencia del tatuaje. Casi se desmaya al verlo. Su amado lo llegó a delinear con los dedos y la lengua. Su tatuaje fue el detonante que provocara una historia de amor a la sombra. Así las cosas con Silvia a Secas. Gracias por esta catarsis."
                                                                                   Silvia

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DE INQUIETUDES Y TEMORES
 Te cuento un poco: espero poder sintetizar todo ese proceso que me llevó a tatuarme y lo que ha representado desde entonces. Cuando tenía cerca de 20 años descubrí un libro tuyo titulado De cuerpo entero, que por muchas razones tiene un gran significado en mi mundo interno y mis raíces. Quedé enamorada de la sensualidad con la que tus palabras envuelven. Posteriormente me devoré Los nombres del aire y esperé con una necesidad difícil de plasmar en palabras, el siguiente libro que me volviera a llenar de pasión e ilusión. Entonces, llegó En los labios del agua, que se convirtió en mi libro de cabecera. Leía una y otra vez los sueños que incluyes en el libro, y por razones que aún desconozco, aliviaban la tristeza que me ha acompañado en muchos momentos de la vida. Creí que no habría otro libro que lograra eso, pero entonces llegó a mis manos Los Jardines secretos de Mogador y volví a experimentar esa hermosa sensación que cada una de tus palabras ha logrado en mí. Al ver las caligrafías recordé que desde muy joven había querido tatuarme pero no había encontrado algo que me representara. Y en ese momento no lo hice. Algunos años después compartí mi vida con alguien y decidí separarme, llena de miedo, sabiendo que quedarme ahí sería renunciar a mis ilusiones y a lo más importante: la pasión por la vida. Fue la decisión emocionalmente más difícil que he tomado. Sentía un miedo paralizante y al mismo tiempo un gran deseo de seguir, de vivir, de sorprenderme y de encontrar a ese otro que viviera con la misma pasión con la que yo necesito vivir. Estuve muy cerca de mi familia y un primo amante de los tatuajes me dio ese pequeño empujón que necesitaba. Veía las caligrafías en el libro una y otra vez y aunque había muchos significados que me gustaban, el que elegí fue uno del que no podía quitar la mirada, así que decidí que formara parte de mi para siempre. Todo este proceso emocional fue acompañado de un análisis profundo que como psicóloga llevé por muchos años: Entonces descubrí que durante los meses anteriores al tatuaje, mi trabajo interno se había enfocado en reconocer mis miedos y como éstos me paralizan y reconocer todas esas inquietudes que tenía. Ahora creo que el tatuaje es una clara representación de parte de mi mundo interno y un recordatorio de cómo el miedo siempre me acompañará.  Y que tengo que recordarlo para enfrentarlo y no dejar a un lado todo aquello que me apasiona y que me llena de vida. Así que el tatuaje “DE INQUIETUDES Y TEMORES” simboliza una parte de mi inconsciente que no puede volver a la obscuridad.

                                                            Mariana Hill



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SEMBRAR JARDINES SECRETOS
 EN EL CUERPO

"Verás, un amigo recibió tu libro como un regalo muy preciado cuando estábamos en la escuela preparatoria. Tan preciado era que sólo me dejaba leerlo entre clases y copiar las caligrafías que los dos nos pintabamos. Los márgenes de mis cuadernos tenían párrafos de tu libro escritos por mí y el amigo nunca me soltó el libro, ni una tarde completa siquiera. Lo busqué por esos días en librerías y no lo encontré en ninguna. Con el tiempo desistí y sólo me quedé con el recuerdo de aquella complicidad. En el verano de este año mi amigo pasó un fin de semana en casa. Venía de un viaje y traía consigo Los jardínes secretos de Mogador. Cuando lo vi de nuevo le mostré que aún conservo las anotaciones de mis cuadernos. Había tirado la mayoría de los cuadernos pero arranqué esas hojas para conservarlas y las releímos juntos. Al despedirse le pedí prestados Los jardines secretos y por fin se me hizo tenerlos conmigo unas noches. Al tercer día me escribió diciendo que me lo obsequiaba por nuestra amistad de tantos años. También mencionó que no podía estar en mejores manos que las mías que habían dedicado mucho tiempo a copiarlos y dibujarlos. Y es así más o menos como vine fraguando la idea de plasmar esos jardines secretos de una vez por todas en mi cuerpo. Me da gusto que te haya agradado el tatuaje y también aprovecho para agradecerte por esas páginas y por todo lo que vino con ellas. Por lo menos mi amigo y yo nos enamoramos de ellas y de sus letras, de sus dibujos y de sus fantasías que hicimos nuestras. Te mando un fuerte abrazo."
                                                   Carolina Sosa

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